Columna en El Mostrador: ¿Cómo estamos entendiendo la crisis desde la ciudadanía?

 (Egresado y estudiante de la Escuela de Sociología) en El Mostrador

La crisis, al menos como concepto, parece ser algo instalado actualmente en la vida cotidiana, pues se habla en los medios y se escucha en la calle. La academia lo teoriza, mientras los medios de comunicación lo instalan como muletilla en distintas conversaciones. Incluso algunos líderes de opinión le han agregado apellidos, señalando una crisis de confianza, crisis de legitimidad, crisis institucional, entre otros.

Cuando se habla de “crisis”, entendiéndola como un punto de quiebre donde lo viejo aún no termina de morir y lo nuevo aún no termina de nacer, es porque existen condiciones concretas y palpables para que una sociedad llegue a ese momento. Aquello último muchas veces cuesta ser asimilado, básicamente no solo porque la crisis es percibida como un fenómeno social lejano y distante del ciudadano de a pie, sino que también son generalmente procesos de largo aliento, en donde aquello que hemos naturalizado comienza a perder sentido y nos damos cuenta que lo que existe deja de perder vigencia. Así, progresivamente, la crisis comienza a expresarse en variados aspectos de la vida cotidiana. Ya sea porque el desempleo aumenta o porque la pensión que estoy recibiendo no me sirve para poder sobrevivir, la crisis se extiende a cada aspecto de la cotidianidad.

Al parecer, el orden sociopolítico que surgió para manejar la transición de la dictadura a la democracia, el cual consistió en un orden perfectamente bien articulado con una amplia disponibilidad de recursos financieros, intelectuales y comunicacionales, no da para más y, con el fin de esta década, veremos el consecuente colapso de un sistema que se niega a reinventarse. Más allá de lo fatalista que suena esta apreciación, la cual puede sonar en principio tendenciosa, nuestra opinión se corresponde con una serie de condiciones que se han venido gestando durante prácticamente los últimos 10 años, como la enorme debilidad del sistema político para poder responder a una sociedad crecientemente más demandante y mucho más movilizada que hace 25 años.

En este sentido, el actual Gobierno no ha logrado contrapesar las numerosas presiones de variados grupos de poder, principalmente asociados al empresariado y los sectores más conservadores de la Nueva Mayoría, quienes han estado reacios a cualquier posibilidad de cambio. Lo hemos visto con la reforma tributaria (que se aprobó con los votos de la derecha y con el aplauso de los empresarios) y actualmente el mismo fenómeno se presenta con las reformas educacional y laboral.

Al mismo tiempo, existe una creciente complejizacion de los movimientos sociales. A través de los años se ha observado cómo las demandas de las movilizaciones estudiantiles se han dinamizado desde las peticiones subsidiarias que dieron origen a las movilizaciones del año 2006, tales como TNE toda la semana y mayores recursos para colegios, hasta diez años después, donde los petitorios incluyen demandas por una educación que, además de gratuita, no sea sexista y que integre mayor creatividad a la formación académica.

A nuestro entender, hace diez años las  movilizaciones resultaban solucionables con una reforma institucional o mayor asignación de recursos, no obstante, hoy han mutado a movilizaciones como “No + AFP” que solicitan una transformación completa del sistema económico, el que hasta hace algunos años era intocable, incluso desde el discurso. Es decir, las movilizaciones comenzaron como reclamos solucionables a través de la asignación de recursos y fueron mutando progresivamente en movimientos que solicitan cambiar la visión país, ya sea manifestándose contra la centralización, la política medioambiental o la distribución de la riqueza. Así los movimientos sociales actualmente implican, en sus demandas, un cambio cultural hacia una sociedad distinta, al mismo que tiempo que la ciudadanía desconfía de sus representantes. ¿Tormenta perfecta?

Con todo, la crisis actualmente se presenta como un escenario sociopolítico de incertidumbre. En nuestro aniversario número 206 de la primera Junta Nacional de Gobierno, la debilidad del sistema político abre un espacio para el surgimiento de nuevas fuerzas políticas que se planteen no solo la renovación de la política en sí, sino de cómo construir un proyecto amplio y ciudadano que nos permita avanzar hacia un país mejor al concebido hasta hoy.

Las próximas elecciones, para bien o para mal, serán un síntoma más de la actual crisis sistémica. Seamos responsables entonces de hacer un buen diagnóstico, para que el país pueda gozar por primera vez de buena salud, pero para todos, no para unos pocos. ¿Es mucho pedir?

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