Un debate castrado

Fernando García Naddaf, La Tercera

El debate que organizó un grupo de radios para candidatos de Chile Vamos y la carta de Beatriz Sánchez para pedir iguales condiciones para el Frente Amplio, dan pie para cuestionar el rol de los medios de comunicación en nuestras elecciones y en el sistema político en general. Si éstos son más determinantes de lo que queremos asumir, debemos enfrentarlo y acondicionar normas para hacerlas afines con el proyecto democrático.

El que no se garantice un debate en radio y TV para todos los actores legalmente reconocidos como participantes de las primarias del 2 de julio, es signo de que como sociedad no nos hemos hecho cargo del efecto político de los medios en las prácticas políticas. Es muestra que no consideramos tan relevante que quienes tienen el control del espacio público mediático, dispongan de él a su arbitrio, ya sea por razones económicas, políticas o cualquier otra.

Lo más claro del efecto medial en elecciones: no se vota por un candidato que no se conoce; no se vota por un candidato con el que no nos identificamos; no se vota por un candidato en el que no creemos. Y hoy el único lugar importante que tenemos para conocer un candidato, para identificarnos con él o discernir si es creíble o no, es el espacio que configuran los medios de comunicación. Se podrá argumentar que existe la “calle” o hasta las redes sociales (no son medios de comunicación de masas), pero su penetración es tan baja que no es posible comparar con los que ofrecen los medios tradicionales.

La relación de medios y política es tal que hay quienes han llegado a afirmar que la política de hoy si no es medial, no lo es. La relación contemporánea entre medios y democracia es indisociable.

Siempre hubo una relación entre proyecto democrático y espacio de visibilidad pública, como es el que ofrecen los medios. En ese sentido, nada nuevo bajo este sol de invierno. Efectivamente, antes no había medios de comunicación de masa pero habían “lugares” donde “caían” las ideas de los ciudadanos cuando estaban en relación al bien común y al interés general. Ahí las ideas se debatían, y producto del choque de ideas, surgía la mejor idea para el colectivo. Es este el ideal de la modernidad que nos salvaría de todo abuso se hacía carne sin vino ni pan divino. Solo con la razón contrastada.

Así fue el ágora ateniense y los town meetings de la revolución americana, o las asambleas de la revolución francesa. Hoy es el espacio que proporcionan los medios. Ahí es donde debería darse el conocimiento de lo político, el debate y la deliberación.

Pero si un sistema de medios deja al arbitrio de sus controladores la emisión o publicación de contenidos políticos, y privilegia, por ejemplo, contenidos de entretención (en búsqueda de mayores audiencias y por lo tanto de financiación) condenará a los ciudadanos a reflexiones de baja calidad crítica, con pocas exigencias cognitivas y débiles identidades. Sociedades de ese tipo sólo podrá dejar espacio a ciudadanos apáticos de lo político, ignorantes de sus entornos, y susceptibles de cualquier manipulación advenediza. A masas de abstencionistas que dejan a la deriva el sistema político en cada elección.

Si es tan importante este espacio, ¿por qué como sociedad no nos escandaliza que el grupo de radios disponga arbitrariamente de él? No nos escandaliza porque la concepción de la democracia que hemos construido en nuestras cabezas, es esencialmente de resorte privado y minimiza el rol de espacios públicos, como por ejemplo, los son la calle (el valor de las manifestaciones) o el de los medios. Hemos construido una idea de democracia que se reduce y justifica en lo privado y en el individuo: la opinión es privada, el voto es privado, la decisión es privada. Lo público casi no se toca a menos que sea como “institución pública”. Muy en línea con el espíritu de los años 80 y 90, es un modelo de democracia que reduce lo “público” a lo institucional, pero éste por su propia naturaleza, excluye de él, al debate, al disenso, al conflicto propio del espacio público auténtico y original de las democracias. La calle y el espacio medial son los únicos que pueden jugar en pleno el rol crítico necesario para un sistema republicano acorde con el sueño de la maltraída modernidad.

O los medios generan las condiciones para facilitar y promover el debate de todos los sectores sociales y políticos de manera justa y equitativa, o llegará el momento que la comunidad política tendrá que se hacerse cargo para enfrentar un problema que es de todos, no sólo de interés de los dueños de los medios. La franja gratuita es un buen comienzo. Estaría bien profundizar en ese sentido y evaluar la obligatoriedad de debates en radio y TV, así como hacerse cargo de una oportuna discusión sobre políticas comunicacionales en el país. En sentido amplio, este fue un debate castrado desde hace mucho, desde los primeros años de la transición.