Transiciones post-extractivistas

El Mercurio Regionales, Eduardo Gudynas

Si bien hay cierto optimismo en algunos sectores extractivistas, en especial por la mejora en algunos precios, una mirada atenta obliga a cierta mesura. En efecto, hay mucha evidencia científica del creciente costo en energía y agua de los extractivismos y, que a pesar de las promesas, las tecnologías disponibles no anulan sus impactos y se repiten accidentes. Esto alimenta los conflictos ciudadanos en todos los países de América Latina. Nuevos estudios económicos que ponderan los flujos de capital, energía y materia o reordenan las cuentas nacionales, muestran que en muchos casos los países terminan subsidiando a los extractivismos.

En algunos países sudamericanos, en el pasado reciente se buscó una alternativa a algunos de esos problemas cambiando los regímenes de acceso y gestión en los extractivismos. El mayor experimento fue el progresista, donde algunos emprendimientos privados pasaron a empresas estatales. Pero de todos modos se repitieron los impactos ambientales y sociales, se coló la corrupción y se inhibieron otros sectores económicos.

Es que a pesar de los repetidos llamados a la diversificación productiva y la industrialización, los extractivismos tienen por un lado efectos adictivos, que llevan a profundizarlos y, por otro lado, generan derrames económicos que impiden esa diversificación y contribuyen a la desindustrialización. Un ejemplo trágico es el retroceso industrial brasileño, al tiempo de convertirse en el mayor exportador minero del continente. No es un caso aislado: todos los planes de industrialización y diversificación que se ensayaron en América del Sur en las dos últimas décadas, privados, públicos o mixtos, por una u otra razón, no fructificaron.

Esta evidencia ha llevado a que en varios países ahora se reflexione en las llamadas “transiciones post-extractivistas”. Son transiciones, al reconocer que serán paulatinas, y apuntan a cambios tanto en el estado como en los entendidos culturales sobre los recursos naturales y el consumo.

No es, por ejemplo, una postura “anti-minera”, ya que a diferencia entre minería y extractivismo, busca reducir la dependencia en exportar commodities por medio de fuertes apuestas en la agropecuaria e industria, lo que requerirá de reformas en tributos y el gasto público, y uso intenso de nuevas tecnologías. Alienta inversiones, privadas o públicas, pero genera además retornos ecológicos. Producirá bienes y servicios, para un consumo más austero pero de mejor calidad.

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