Militancias generacionales: de morir luchando a la era de la comunicación política

El Mostrador, Gemita Oyarzo

“Morir luchando, de hambre ni cagando”, gritaban las juventudes políticas en las recordadas y, al mismo tiempo, ya olvidadas Jornadas de Protesta Nacional (1983-1986).El proceso de desideologización de las izquierdas que vino con el fin del socialismo (1989) y que, en Chile, coincidió con el estreno la democracia “en la medida de lo posible” (1990), nos hizo olvidar el sentido de una consigna que resume el contenido ético más profundo de la identidad política de la militancia antidictatorial en la década de los ‘80. Este sentido heroico y sacrificial de la lucha, marcó a toda una generación de militantes, cuya experiencia política debe entenderse más allá de la edad y de su relación formal con los partidos.  Dicho lo anterior, bien vale aclarar que la militancia antidictatorial no consistió solo en “patear” o “tirar” piedras,  como lo señaló un lírico y elocuente Gabriel Boric (The Clinic, 10 de mayo 2017), al advertir la necesidad de producir un diálogo con la generación de los ‘80. El compromiso militante abarcó mucho más que el espacio de la protesta o la barricada. En aquella época, no lo olvidemos nunca, el límite de la acción política y el costo de movilizarse en contra de una dictadura que no dejó nunca de reprimir, era la vida misma. La propia y la de todos los cercanos.

En el contexto de la transición (o transacción) a la democracia, se desvincularon muchos militantes juveniles que, aunque estuvieron dispuestos a apostar la vida por derrocar la dictadura, no llegaron a asimilar del todo las disciplinas partidarias de las izquierdas que, en ese entonces, saborearon la amargura de la crisis política y el desplome de sus organizaciones de base. Otros que se quedaron en las organizaciones, se convirtieron en funcionarios públicos u operadores político electorales, pagando el costo del distanciamiento de los partidos con las bases sociales que habían configurado el espectro cultural que definió el clivaje autoritarismo-democracia. Pasaron del heroísmo a la integración, para decirlo con los términos de Bernard Pudal (2011). O bien, quedaron en posiciones marginales al interior de partidos que eran grandes coaliciones electorales y, cuyas decisiones internas no controlaban.

Hoy, una supuestamente nueva generación de políticos, aspira a devolverle su sentido ético a la democracia y a hacer las transformaciones sociales que no hicieron las generaciones anteriores. Si entendemos la militancia como una forma particular de vinculación con organizaciones políticas y al militante, como un mediador privilegiado entre éstas y la movilización social y que, en el mejor de los casos, construye los puentes que traspasan las demandas sociales a las instituciones políticas para transformarlas, es preciso preguntarse de qué tipo de militancias es posible hablar en la era de la comunicación política. Si es que es adecuado usar el término militante, se trataría entonces de militancias testimoniales de individuos con historia personal, pero sin historia colectiva. Sin una orgánica articulada que respalde y sancione, por mecanismos democráticos internos, la carrera por el poder. En este contexto de desprestigio de la política y de candidaturas mediáticas, es necesario preguntarse de manera seria por el límite de la acción política de una nueva generación. Ese límite está dado por lo que están dispuestos a perder, en definitiva, por los costos que están dispuestos a pagar por la lucha política: ¿una entrevista más, una entrevista menos?; ¿el repudio en las redes sociales?; ¿la sobreexposición mediática y el deterioro de la imagen pública?; ¿la derrota electoral?; ¿un puesto de trabajo, una asesoría más, una asesoría menos en alguna fundación, en universidades o para el Estado?;  ¿los impuestos a la renta de los sueldos millonarios de esas asesorías y que no se ajustan a la realidad de un profesional recién egresado?; ¿Un escaño más, un escaño menos en el Parlamento?; ¿la velocidad del ascenso de la carrera política? . Porque para restituir el sentido ético de la política, no basta con condenar el orden social imperante (El neoliberalismo). Si algo hay que aprender de los militantes antidictatoriales, es que el sentido ético de una lucha no solo sanciona la conducta de un adversario social y político, sino que define las formas de acción individual y colectiva de quienes se reconocen en una misma lucha.Así, la consigna “Morir luchando” (…) no refiere la construcción del socialismo como horizonte de lo posible (Aunque no la excluye). Sintetiza un sentido ético y político difícil de traducir a los términos de hoy. Más difícil, cuando no imposible, es reproducirlo si consideramos las profundas transformaciones sociales que vivió Chile en el concierto del capitalismo globalizado, definido en la revolución tecnológica y en el uso de los medios de comunicación. Aun cuando nuestro país figura entre los más desiguales del mundo, el hambre ya no es un problema como lo era en los años 80.

Y no se trata de pedirle a la generación actual que se disponga a morir por las transformaciones sociales que Chile necesita. Nadie quiere volver a ver a los jóvenes masacrados, sacrificando la vida por un proyecto colectivo, como lo hicieron los hermanos Vergara Toledo (1985); los 12 jóvenes del FPMR, asesinados en la Operación Albania (1987); como Jécar Neghme, cobardemente acribillado por la CNI cuando salía de una reunión, en 1989.  Como tantos otros en esos años violentos. Se trata de sincerar cuál es el límite de la propia acción política en aras de conseguir los cambios deseados: ¿lucha o carrera?; ¿movilización social o control de audiencia?; ¿organización social o electorado?  Estos son los matices que definen las formas y el sentido de la acción que distingue a una generación política de otra. No la pertenencia a una determinada cohorte etaria. Sin duda, hace falta un diálogo intergeneracional profundo que, sin recriminaciones, extraiga lo mejor de cada una; sin olvidar jamás que, en el intento por recuperar la democracia, muchos ya no pueden contar la historia de su lucha.  Tal vez así, podamos volver a hablar de militancias políticas (de izquierda) o resignarnos a cambiar el término por otro, más adecuado a los tiempos que corren.

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