Microtráfico y género

Ana María Stuven, El Mercurio

La sentencia que dice que la droga busca liberar para esclavizar representa bien el drama que vincula consumo, microtráfico y cárcel. Afirmar que es un flagelo que golpea a hombres y mujeres, a ricos y pobres, sería un lugar común si no hubiera razones para recorrer los intersticios que determinan que afecte a unos más que a otros. Como dice la propaganda contra el cigarrillo, a todos mata, pero no a todos por igual. Unos mueren por sobredosis, otros no mueren pero destruyen familias y proyectos. Muchos, especialmente mujeres, pueblan las cárceles de Chile.

En 2017, aproximadamente el 15% de los hombres, contra el 47% de las mujeres, cumplía condena por delitos en torno a la ley de drogas. No es casualidad que el aumento de la prisionización femenina sea cercano al 90% en los últimos años, especialmente después de la promulgación de la ley de drogas.

El microtráfico es un delito típicamente femenino. Es un problema de género asociado a problemas sociales y familiares que afectan a las mujeres de forma diferente que a los hombres. No es menor que aproximadamente el 45% de ellas sean jefas de hogar. Tampoco que el 90% sean madres con un promedio de tres hijos, que asocian su identidad personal a ese rol. La mayoría tiene muy baja escolaridad, y proviene de sectores marginales; muchas cuentan con historias largas de abuso, maltrato y abandono.

Estas condiciones son terreno fértil no solo para el consumo, sino también para el involucramiento con la droga. No es políticamente correcto afirmar que para muchas la delincuencia no es una elección, sino un “trabajo”, asociado con la feminización e incluso sectorización de la pobreza. Muchas mujeres viven en un entorno donde el Estado parece ausente o encubierto por bandas organizadas que operan -vaya paradoja- como benefactoras en su reemplazo. Es común escuchar que han caído en sus manos por situación de pobreza y luego quedan atrapadas en una red que no abandona tampoco a sus hijos. Los protege en ausencia de la madre, ¡incluso evita que vayan al Sename!, y luego los utiliza para que ella no pueda desvincularse. La recibe cuando sale en libertad aún más pobre que cuando entró a la cárcel, y le regala “un kilito para empezar”.

El círculo vicioso del microtráfico es un problema de género que explica que las mujeres reincidan más que los hombres en el delito. En primer lugar, deben fortalecerse los programas de prevención de drogas. También el sistema penal debe adecuar la asignación de condenas a la realidad más compleja que afecta a la mujer, de manera de no causar un daño social mayor que el que evita. Lo cual no es sinónimo de eximirlas de responsabilidad. Es imperativo enfocarse en los elementos sociales asociados al microtráfico femenino, para atacar las consideraciones que las depositan en manos de redes que solo a ellas llevan a la cárcel. Incluso en el mercado del tráfico se reproducen las condiciones de género: la mujer es discriminada y corre mayores riesgos.

No es raro que los “capos”, tomados de la mano de sus hijos, las miren desde lejos cuando ingresan al penal.

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