Cristián Castro - Ciper
12 / 03 / 2021
Cada cierto tiempo nuestro país nos recuerda que el pasado convive con el presente. La reciente quema del monumento a Manuel Baquedano es una muestra irredargüible de aquello. Ubicado en el centro simbólico de la capital, Baquedano no solo se ha transformado en una suerte de trofeo en la relación entre manifestantes y carabineros; sino que también se ha constituido en un símbolo dentro de la batalla por la hegemonía en la construcción de la memoria/historia nacional. En tiempos en que los monumentos colonialistas son derrumbados en todo el mundo por su directa relación con la esclavitud, como institución social que originó la acumulación primaria que permitiría el crecimiento y desarrollo de muchos de los grandes capitales de Europa y EE.UU., el monumento en cuestión representa algo mucho más grande que la mezcla de cemento, bronce, y pintura que homenajea al triunfante Chile decimonónico de la Guerra del Pacífico y de la Pacificación de la Araucanía.
Pareciera que el monumento hubiese sido resignificado hacia ser leído como una cristalización de una forma de concebir la construcción de la nación que se basa(ba) en la propagación de un nacionalismo funcional a los intereses de las elites, y no así del roto chileno. La Guerra del Pacífico necesitó de la construcción de esas narrativas que con el tiempo fueron monumentalizadas. Lo que vendría después de la expansión territorial sería la explotación de los territorios por parte de los que la permitieron, y la instalación de la violencia en el sur.
Si algo tiene en común el derrumbe de los monumentos esclavistas con lo que pareciera simbolizar Baquedano, es un rechazo a la coerción y a la histórica explotación de una parte de la población basada en una supuesta superioridad racial, étnica o de clase. En un país que está viviendo el proceso de repensarse como nación plurinacional, y que se ha transformado en un destino apetecible para migrantes del continente, el monumento de Baquedano nos recuerda la importancia que han tenido, y siguen teniendo, las elites en la construcción del espacio público. Ciertamente la centralidad del monumento es clave en este caso. Su ubicación pareciera querer subrayar el deseo de la elite por evitar un despertar de este racializado peso de la noche chileno. En un país tan desigual, ese recuerdo, esa historia, genera violencia.
