¿El regreso del aislacionismo a Estados Unidos?

Cristián Castro, Economía y Negocios

En sus primeros días en la Casa Blanca, el nuevo Mandatario, Donald Trump, está cumpliendo promesas de campaña que parecen encaminadas a que Estados Unidos suspenda su larga vocación imperialista. Se trata de un camino casi imposible en el mundo actual, pero, como señalan historiadores, la ambivalencia es de larga data: desde sus inicios como nación, el país se ha debatido entre limitarse a sus fronteras o liderar el mundo.


En septiembre de 1987, en los diarios The New York Times y Washington Post apareció un inserto con una carta abierta al “pueblo americano” sobre la política exterior de Estados Unidos en la que, básicamente, se planteaba que los países del mundo a quien ellos apoyaban en conflictos militares debían retribuirlos: “¿Por qué estas naciones no le están pagando a Estados Unidos por las vidas humanas y los billones de dólares que estamos perdiendo al proteger sus intereses? No dejemos que se rían de nuestro país nunca más”, decía el autor de la misiva, Donald Trump. Hay quienes creen que aquel fue el primer acto de campaña del hoy Presidente estadounidense. Fue hace casi treinta años, pero ahora instalado en la Casa Blanca, Trump sigue pensando lo mismo: no quiere subsidiar al mundo.

Es más que eso: todo apunta a que Trump pretende que Estados Unidos le dé la espalda al mundo. Tras una campaña basada en frases como “Hagamos América grande otra vez” y “América primero”, desde que el nuevo Mandatario tomó el poder ha avanzado en esa dirección: el lunes firmó el decreto para retirar a su país del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), un tratado comercial que los unía a otras 11 naciones del Pacífico, y el miércoles ordenó la construcción inmediata del tan controvertido muro en la frontera con México. No han sido estas acciones, sin embargo, lo que ha llevado a que se imponga una idea: desde su campaña presidencial, aparecía con claridad que el Presidente Trump intentará que Estados Unidos regrese a una política exterior aislacionista.

Quizás optar por un aislacionismo a secas sea literalmente imposible para un país del peso internacional de Estados Unidos, pero como señalaba el analista norteamericano Thomas Wright en un artículo en Politico.com, del pensamiento de Trump se desprende que espera sacar a su país del centro mundial: “Trump cree que Estados Unidos obtiene malos réditos del orden liberal que ayudó a crear y que ha liderado desde la Segunda Guerra Mundial”, decía. Y añadía: “Está profundamente descontento con las alianzas militares del país y siente que Estados Unidos está comprometido en todo el mundo y que en la economía global está en desventaja. Y es proclive a los líderes fuertes autoritarios. Trump busca nada menos que poner fin al orden liberal dirigido por Estados Unidos y liberarlo de sus compromisos internacionales”.

La ambivalencia histórica

Wright aludía a un orden mundial organizado después de la Segunda Guerra Mundial, pero desde mucho antes Estados Unidos ha enfrentado un dilema histórico: prácticamente desde sus inicios como nación independiente, los estadounidenses han oscilado entre dos posibles caminos en su relación con el mundo: el aislacionismo o el imperialismo. Parece una dicotomía simplista, incluso conceptualmente, pero el tema es innegable: “Ningún país ha desempeñado un papel tan decisivo en la configuración del orden mundial contemporáneo como Estado Unidos, y tampoco expresado tanta ambivalencia sobre su participación en él. Se ha transformado en una superpotencia, repudiando cualquier intención de conducir una política de poder”, declaraba hace dos años el influyente Henry Kissinger.

“Estados Unidos siempre ha tenido una visión ambivalente”, asegura Fernando Wilson, profesor especializado en la historia estadounidense de la Facultad de Artes Liberales de la UAI. “Es vital recordar que de la gran inmigración del siglo XIX empiezan a surgir muchas comunidades dentro del país. Puedes llegar a tener siete Estados Unidos. Las dos costas son, en general, el Estados Unidos globalizado. Sobre todo la costa este, que tiene una mirada integrativa, globalizante muy potente. Pero al mismo tiempo, el Midwest tiene una visión bastante tradicionalista y autorreferencial, y aislacionista. Y ahí se genera una pugna”, añade.

Al poco tiempo de su independencia, en 1783, Estados Unidos inició relaciones muy de igual a igual con Europa, pero cuando Francia emprendió su revolución se retiró de escena. Según cuenta Kissinger en el libro “Orden mundial” (2014), ese movimiento va a tener una expansión en el Discurso de Despedida que dio George Washington en 1796, en el que aconsejó al país que se “apartara de alianzas permanentes con cualquier parte del mundo foráneo” y, en cambio, “confiara prudentemente en alianzas temporales para emergencias extraordinarias”. Según Kissinger, lo que planteó Washington definió una ruta: consolidarse en el plano interno. “Esta estrategia prevaleció durante un siglo y permitió que Estados Unidos lograra lo que ningún otro país estaba en posición de concebir: se transformó en una gran potencia y una nación de alcance continental mediante la simple acumulación de poder interno, con una política exterior enfocada casi por completo en la meta negativa de mantener a raya los progresos extranjeros tanto como fuera posible”.

El historiador chileno Fernando Purcell, especializado en la relación de Estados Unidos con el mundo, y que hoy estudia en la Universidad de California, cree que dicho país tuvo un afán internacionalista desde sus orígenes. Pero, como Kissinger, señala que solo a fines del siglo XIX se desató la expansión global: “El imperialismo se manifiesta con nitidez más bien en 1898, tras la guerra con España que le da el control momentáneo de Cuba, una suerte de protectorado en Puerto Rico y convierte a las islas Filipinas en colonias, lo que se prolongó hasta la Segunda Guerra Mundial”, dice. Y añade: “A Estados Unidos le ha acomodado un rol preponderante e idealmente hegemónico en la política, el comercio y la cultura. Sin embargo, las formas para alcanzar dicha hegemonía han marcado grandes diferencias en términos de cómo su sociedad lo valora. El país se siente más cómodo con el imperialismo informal, basado en el éxito del comercio o la seducción de la cultura de masas, que con formas de intervención coercitiva para lograr esa hegemonía”, añade.

El siglo XX

En 1927, el ingeniero Charles Lindberg fue el primer hombre que cruzó el océano Atlántico arriba de un avión. Viajó solo y sin escalas desde Nueva York a París. Se transformó en una figura pública, en un héroe nacional que, una década después, mostró una faceta inesperada: apoyó a Hitler y recorrió Estados Unidos como vocero del aislacionismo, pidiendo que su país no entrara en la Segunda Guerra Mundial. Muchos han creído ver en Lindberg un antecedente de Donald Trump, más allá de que el aviador no llegó a disputar siquiera una candidatura presidencial. Pero lo cierto es que Lindberg fue el fruto de una época en que la pugna entre las aspiraciones imperialistas y las aislacionistas tuvieron fuertes fricciones. Acaso el siglo XX ha sido la lucha de ambas visiones.

“No tenemos fines egoístas que servir. No deseamos la conquista ni el dominio. No buscamos indemnizaciones ni compensación material por los sacrificios que haremos gratuitamente. No somos sino uno de los defensores de los derechos de la humanidad”, le dijo el Presidente Woodrow Wilson al Senado en 1917, pidiéndole autorización para entrar en la Primera Guerra Mundial. Lo movía la creencia en que la democracia americana era un valor intransable y, a la vez, la idea de que Estados Unidos debía defenderla en cualquier parte del mundo. De alguna manera, la visión de Wilson provenía de los avances imperialistas de los presidentes William McKinley y Theodore Roosevelt, ambos convencidos de un destino de contornos mesiánicos de su país. Pero Wilson encontró fuertes resistencias entre los aislacionistas: fue a la guerra, pero una vez terminada el Congreso le rechazó el ingreso a la Sociedad de las Naciones, que él mismo había impulsado.

“¿Significa esto que Estados Unidos se aisló del mundo? No. Por el contrario”, dice Fernando Purcell, enfrentando la idea clásica de que los estadounidenses se cerraron al mundo en los 20 y 30. Y añade: “Fue en esos años, sin participar en la Liga de las Naciones, que Estados Unidos experimentó el proceso histórico más significativo para la consolidación de su imperio económico: repletó de consulados y agentes comerciales el mundo entero para conocer de primera fuente los gustos y necesidades de todo el mundo, lo que fue explotado comercialmente. Entonces los supuestos años de aislacionismo de Estados Unidos tras la Primera Guerra Mundial en materia multilateral internacional no fueron tales en materia económica”.

El mundo encadenado

Acaso el problema sea reducir el tema a aislacionismo o imperialismo, cree Fernando Wilson. “Hay un error en creer que la conducción de política exterior de Estados Unidos tiene un solo objetivo. Hay comunidades en disputa y, al mismo tiempo, estructuras burocráticas que operan haciendo un balance”, dice. Y añade: “Los estadounidenses actúan más que nada desde una perspectiva reactiva, frente a la defensa de intereses locales de carácter inmediato. Intervienen en la Segunda Guerra Mundial porque Alemania era una potencia industrial que podría ser una amenaza. Con Alemania, además, tuvieron una disputa por un liderazgo mundial que era incompatible con la visión de libertad norteamericana. Y actuaron en Europa durante la Guerra Fría para evitar que el conflicto llegara a sus tierras”.

Por lo demás, el poderío internacional de Estados Unidos no solo está amparado en asuntos económicos o militares. “Han construido una hegemonía a partir de un imperialismo, aunque no solo es militar, que es la caricatura más fácil de detestar, sino que también es un imperialismo académico, cultural”, asegura Cristián Castro, director del Magíster en Historia en América Latina del Instituto en Ciencias Sociales de la UDP. “Por ejemplo, Barack Obama encarna el fin de un proceso de derechos civiles en la narrativa de Estados Unidos, pero que no solo tiene una dimensión nacional, sino que también ha sido exportado al resto del mundo. Ahora último, han exportado la validez de los derechos de las minorías étnicas. Y, de alguna forma, Donald Trump viene a romper la idea del progreso liberal yunkie tan valorado simbólicamente en el mundo”.

Sin embargo, Castro sospecha que el discurso nacionalista e aislacionista de Donald Trump va a chocar con la realidad: “Trump está funcionando con la idea de volver a pensar en los problemas domésticos y fortalecer la industria nacional, pero eso va a tener un límite: van a tener que vender esos productos al mundo. Es discurso cortoplacista, pues a la larga Estados Unidos está amarrado a las economías del mundo y desde la Segunda Guerra Mundial es el líder en esa área. Es complicado que se revierta ese proceso en el mundo actual”. Y a ello, Purcell agrega: “Que Trump priorice lo nacional discursivamente se relaciona más con el liderazgo que busca construir en su país, pero está lejos de implicar que Estados Unidos vaya a abandonar su afán hegemónico en el orden global. Es muy cuestionable que el retractarse de pactos como el TTP pueda ser una estrategia adecuada para mantener su peso global o que la industria automotriz sea competitiva con los mayores costos de mano de obra en Estados Unidos, pero estas son estrategias que no buscan aislar al país necesariamente, sino protegerlo de la amenaza de otras naciones”.

Para Fernando Wilson, si lo de Trump es aislacionismo, es uno “burdo, tosco, violento y no meditado”. Y, agrega, no lo ha ejercido dialogando con las diferentes almas de las comunidades estadounidenses. Según él, Bill Clinton operó con una estrategia ambivalente de sustracción militar y ampliación económica: “Gran parte del financiamiento del boom económico de sus 8 años está directamente amarrado al retiro norteamericano de ultramar: el cierre de bases en Filipinas, la reducción del compromiso con la OTAN, etc. Es cierto, él participó de una globalización comercial, pero al mismo tiempo se retiró”, dice, y añade: “Lo de Trump es de una tosquedad extrema. Y es lamentable que pretenda alejarse del mundo porque una sociedad como la estadounidense, que se presenta a sí misma como el gran experimento liberal exitoso, más que la Revolución Francesa, tiene en el buen sentido del término una vocación universalista. Desde la perspectiva de la invitación, no de la imposición”.

”Que Trump priorice lo nacional se relaciona más con el liderazgo que busca construir en su país, pero está lejos de implicar que Estados Unidos vaya a abandonar su afán hegemónico en el orden global”.
FERNANDO PURCELL, HISTORIADOR.

”Han construido una hegemonía a partir de un imperialismo, aunque no solo es militar, que es la caricatura más fácil de detestar, sino que también es un imperialismo académico, cultural”. CRISTIÁN CASTRO, HISTORIADOR.

”Puedes llegar a tener siete Estados Unidos. Las costas tienen una mirada globalizante muy potente. Pero en el Midwest la visión es bastante tradicionalista y aislacionista. Se genera una pugna”.
FERNANDO WILSON, HISTORIADOR. 

 ”Ningún país ha desempeñado un papel tan decisivo en la configuración del orden mundial como Estado Unidos, y tampoco expresado tanta ambivalencia sobre su participación en él”. HENRY KISSINGER, ASESOR INTERNACIONAL.

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