El fantasma de la abstención

El Mercurio Regionales, Claudio Fuentes

Probablemente, un significativo porcentaje de la ciudadanía no asistirá a votar este hoy en las elecciones presidenciales. En los comicios de 2013 el abstencionismo alcanzó un 51% en la primera vuelta y un 58% en la segunda. Mientras que en las municipales de 2016 llegó a un 65%. Hoy las encuestas cifran la abstención en un 50-55%.

Existen dos interrogantes al respecto. La primera es: ¿por qué la gente no asiste a votar? Los estudios de opinión indican que es por el desinterés en la política. Otros estudios muestran que son los jóvenes y sectores sociales más bajos en centros urbanos quienes no asisten a votar.

Un estudio que realizamos en UDP-Subjetiva muestra que no existe solo una explicación. Algunos muestran un fuerte desencanto con la oferta política; otros piensan que ir a votar no implica un cambio en la vida de la gente; otros estiman que todos los mecanismos de “escucha” no tienen carácter vinculante y son poco relevantes; y otros simplemente son abstencionistas crónicos.

Ya podemos hablar de una generación perdida que, por más campañas que se hagan, no se levantarán hoy domingo a votar.

Si a ello agregamos que la principal fuente del interés de votar se asocia con la “socialización familiar temprana”, es evidente que la democracia chilena observa una falla estructural crónica. Los partidos perdieron vínculos con los territorios y organizaciones sociales, en la ciudadanía primaron estrategias de sobrevivencia individuales y no colectivas, otras instituciones capaces de movilizar temas sociales entraron en crisis (Iglesia Católica), y la educación formal dejó de entregar la instrucción básica sobre la relevancia de la participación en la esfera pública.

La segunda interrogante es si este hecho (abstencionismo crónico) debiese importarnos. ¿Afecta la legitimidad democrática que exista una “otra mitad” que no participa? Sostengo que un sistema democrático sin ciudadanía provocará un aumento en el descontento social. Pero la solución no pasa solo por incentivar cada dos años el voto. El asunto es más profundo y tiene que ver con la calidad de la representación. Se requiere promover un nuevo tipo de vínculo entre la ciudadanía, el Estado y los partidos, donde los primeros sean agentes con poder de decisión. Lo anterior implica revisar los mecanismos de consulta ciudadana para hacerlos más decisivos a la hora de legitimar ciertas decisiones. El problema no es que la gente ya no vote, el problema es que a la gente ya no le importe votar.

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