Definiciones presidenciales y la erosión de los partidos

Claudio Fuentes, El Mostrador

De un tiempo a esta parte se ha consolidado la idea que los partidos y sus dirigentes políticos no han estado a la altura de las circunstancias. Mientras la ciudadanía clama por espacios de participación, los partidos insisten en tomar decisiones cupulares; mientras la ciudadanía desea discutir temas sustantivos de la vida democrática (redistribución, igualdad, libertad), los actores políticos se esmeran por evitar la discusión, el debate, la deliberación.

Predomina en los actores políticos el cálculo estratégico, el cortoplacismo, la ambición de maximizar su poder a todo costo. Un sistema político que abandona el debate de los principios y de ideas. Unos partidos que se concentran en la forma de mantener o acumular poder.

Existen variadas manifestaciones de este modo de hacer política:

Hace pocos años se aprobó una norma que establecía primarias voluntarias y vinculantes para la designación de candidaturas. La decisión de hacerlas voluntarias se funda en el interés de los actores por controlar el proceso político y explica la incertidumbre que vivimos hoy. Si fuesen obligatorias, no existiría incertidumbre y los actores políticos se dedicarían a buscar votos, a ganar adeptos y promover sus ideas para convertirse en candidatos. Pero como son voluntarias, los partidos en realidad están atentos el desarrollo de las encuestas, analizan las estrategias de los oponentes, calculan sus posibilidades, y toman decisiones de ir o no ir a primarias como parte de una frenética disputa de poder.

Su carácter voluntario las convierte en un instrumento de las cúpulas de los partidos para movilizar unas decenas de adeptos en un Comité Central a favor de una u otra opción. Así, la voluntariedad de las primarias es la manifestación institucional del cortoplacismo, del cálculo estratégico de quienes controlan los partidos. Incluso, estos dirigentes podrían tomar la decisión de no realizar primarias si las condiciones políticas lo ameritan. Y llegamos a la paradoja de observar cómo los encargados de administrar la democracia, no la practican dentro de sus propios espacios de decisión.

Una segunda manifestación de esta perversión, es la forma en que los partidos internalizan a las encuestas como el mecanismo por excelencia para tomar decisiones. Candidaturas presidenciales se han bajado porque van mal en las encuestas (Alvear, por ejemplo). Candidaturas parlamentarias y de alcaldes se han definido a partir de encuestas. Ahora, en la elección de Guillier en el Partido Socialista predominó la misma lógica del apoyo de la opinión pública. Si una candidatura no marca, mejor bajarla (ejemplos hay demasiados, pero basta con citar a Insulza y Atria).

Lo anterior es la antítesis de la democracia. La democracia, en su sentido originario implica la reunión del pueblo, la deliberación, el debate de opiniones contrarias, y la decisión. Nada de eso ocurre en las actuales circunstancias. Los partidos renuncian a la deliberación, al debate de ideas, a tomar decisiones basadas en una polémica fundada en la razón y la argumentación. Se opta por la percepción, por la imagen, por las siluetas y sombras que se dibujan a partir de difusos instrumentos de opinión. A nadie se le ocurrió invitar a Lagos y Guillier a un foro a deliberar antes de tomar una decisión en el Partido Socialista. Nadie demandó sus programas.

Incluso las definiciones programáticas responden a la ilusión óptica de las encuestas. El ya definido candidato Sebastián Piñera señalaba con orgullo en su lanzamiento que las prioridades de su gobierno serían las de la ciudadanía. Se renuncia a generar y promover ideas y se insiste en responder a los intereses de esta opinión pública que en una frase dice que le preocupa la delincuencia, la salud, la educación, y el empleo. La política se convierte en un instrumento para canalizar preocupaciones ciudadanas capturas por encuestas realizadas—en algunos casos—a la salida del metro.

Y aunque en la palestra pública se producen intensos debates sobre redistribución, igualdad, libertades, diversidad y reconocimiento, nada de ello es capturado por los partidos. Los partidos renuncian a debatir sus proyectos ideológicos; renuncian a la deliberación, a la socialización política. Se aferran a la esperanza que un arreglo político desde arriba o una encuesta de opinión les permitirán mantenerse en el poder. Lo que observamos en los últimos años es la renuncia de los partidos a su rol como articuladores de demandas sociales. Los partidos dejan de representar a grupos o intereses y pasan, sin pena ni gloria, a representar imágenes que les permitirán aferrarse al poder.

Entiéndase bien. El problema no es que los partidos quieran o busquen el poder. Aquello es lo esperable y deseable. Aquello es parte esencial a su función en tanto partidos. Lo problemático se refiere a las formas, a los instrumentos utilizados para retenerlo o alcanzarlo. Llegamos a la paradójica situación de partidos que renuncian al ejercicio democrático de la deliberación y la confrontación de ideas en pos de su sobrevivencia.

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