Cuando las encuestas no saben ni responden

La Tercera, Alfredo Joignant

Esta semana hubo una conclusión que se repitió una y otra vez en los medios, los espacios políticos y las conversaciones: que la credibilidad de las encuestas quedó en el suelo. Lo que ya había pasado en otros países cuando los pronósticos de los sondeos se equivocaron con los resultados del Brexit en Gran Bretaña o los de la última elección de Estados Unidos, donde sorpresivamente ganó Donald Trump, ahora también ocurrió en estas tierras. Las más respetadas o las más citadas encuestas locales sobreestimaron los resultados de Sebastián Piñera y subestimaron los de Beatriz Sánchez.

‘Si esas encuestas hubieran dicho la verdad, a lo mejor sí estaríamos en segunda vuelta’, dijo la candidata del Frente Amplio Beatriz Sánchez, a quien el sondeo de septiembre-octubre del Centro de Estudios Públicos (CEP) le dio apenas un 8,5 por ciento de las preferencias, muy lejos del 20,34 por ciento que obtuvo. José Antonio Kast, por su parte, luego de quedar en cuarto lugar con el 7,93 por ciento de los votos, recriminó a la encuesta Cadem que semanas antes de la elección lo dejaba cercano al 4 por ciento. ‘¿Ya salió el señor de la Cadem a presentar su renuncia? Insólito que sigamos aceptando esa herramienta de manipulación de la opinión pública’, dijo en su cuenta de Twitter.

Un asunto que no es poco relevante ya que hay investigaciones que postulan (y otros que lo niegan) que este tipo de sondeos influencian el comportamiento electoral de las personas, y producen, por ejemplo, un efecto arrastre (bandwagon effect): cuando un conjunto de encuestas muestran consistentemente que hay un favorito, cierta franja de electores de volumen variable se sube a ese carro (¿ha escuchado a alguien justificar su preferencia diciendo ‘no quiero perder mi voto’?). Otros hablan del underdog effect para referirse a los que salen al rescate del candidato perdedor.

No es primera vez, en todo caso, que los pronósticos electorales encienden el ánimo de los políticos. ‘Esa encuesta nunca ha tenido buen poder predictivo’, se quejaba hace cuatro años la entonces candidata presidencial de la Alianza, Evelyn Matthei, de la encuesta CEP, que 19 días antes de la primera vuelta presidencial le daba un 14 por ciento en la intención de voto. Luego en la elección sacó 25 por ciento. Y si se quiere buscar más atrás, varios analistas mencionan el episodio ocurrido la tarde del 11 diciembre de 1993 cuando un canal de televisión golpeó la puerta de la casa del senador por la V Región Costa Beltrán Urenda para comunicarle que, según el sistema exit poll (encuesta a boca de urna), había perdido frente a Laura Soto. Él, en bata de levantarse, no lo podía creer. Finalmente, terminó ganando.

Pese a eso, para varios comentaristas el de este domingo fue el más electrizante caso de desacierto a nivel local hasta ahora porque tres factores se conjugaron para crear una tormenta perfecta: la subestimación de la votación de Sánchez y de Kast, y la sobreestimación de la de Piñera. ‘Perdónenme, pero acá hay que hacerse cargo. Hace una semana algunos hablaban de que Piñera ganaba en primera vuelta; hace un mes le daban un 45 por ciento y terminó con 36 por ciento. ¡Son nueve puntos! Ahí es donde yo me enojo’, dice Alfredo Joignant, cientista político y académico de la UDP.

Un mundo de por qués

En los expertos existe el consenso de que el escenario de inscripción automática y voto voluntario que se instaló en el país en 2012 ha generado una atmósfera de incerteza para los encuestadores que tienen que estimar cuánta gente va a participar. ‘Ahora que votar es opcional, necesitan descifrar cómo predecir quién irá y quién no. Este es un blanco en movimiento que cambia en cada elección’, explica a Tendencias el cientista político Matt Towery, fundador de la empresa de sondeos estadounidense Opinion Savvy.

Un reputado economista chileno dice que lo más sensato por estos días sería crear una comisión de expertos independientes, al alero de la sociedad científica, que elabore un informe sobre qué pasó con las encuestas. Mientras eso no ocurra, sólo hay hipótesis. ‘La que más me hace sentido es que se calculó mal la composición del votante probable. No estamos entendiendo bien quiénes están yendo a votar’, dice Daniel Brieba, académico de la Escuela de Gobierno de la UAI. La misma conclusión de Roberto Méndez, quien trabajó en Adimark por más de 40 años y hoy es parte de la Escuela de Gobierno de la UC: ‘Creo que un problema que hubo aquí en las muestras fue que los jóvenes y los sectores socioeconómicos más bajos estuvieron subrepresentados’, explicó en entrevista con La Tercera.

La tesis de Joignant es que, por una parte, cada vez resulta más difícil entrevistar al segmento ABC1 porque sencillamente no abre las puertas de su casa, pero también que las personas no están necesariamente diciendo la verdad. Cita la teoría de la espiral del silencio, de Elisabeth Noelle-Neumann. ‘Hay ciertos electores que no expresan la verdad porque hay algo socialmente vergonzoso en decir ‘voy a votar por Kast’ o políticamente incorrecto en declarar que va a inclinarse por Bea Sánchez. Es probable que haya habido algo de eso’, explica.

Por su parte, el CEP explicó en una declaración que el trabajo de campo de su encuesta terminó un mes antes de la elección y no alcanzó a capturar la parte más intensa de la campaña que incluyó, por ejemplo, la franja televisiva, y en ese lapso las preferencias de los votantes pueden haber cambiado. También dijo que el orden de los candidatos principales en las elecciones del domingo fue acertado (Piñera, Guillier y Sánchez) y que eso es distinto a lo que pasó con las encuestas en el resto del mundo que sí erraron en el orden: dieron por ganadora a Hillary Clinton en Estados Unidos, quedarse en la Unión Europea en el caso del Brexit, o que ganaba el SÍ en el caso de la consulta en Colombia sobre los acuerdos de paz con las FARC.

Roberto Izikson, gerente de Asuntos Públicos de Cadem, defendió en distintos medios los resultados de esa encuesta: dijo que acertaron en que habría segunda vuelta, que esta sería entre Piñera y Guillier, que Beatriz Sánchez sería tercera y que Kast, Carolina Goic y Marco Enríquez-Ominami se disputarían el cuarto lugar. ‘Y eso fue lo que ocurrió’, explicó en CNN y agregó que ‘hay mucha gente con muchas ganas de criticar a las encuestas’. Sin embargo, a mitad de semana bajó un poco la guardia: ‘Cometimos un error y si tengo que pedirle disculpas a (Beatriz Sánchez), sí, me disculparía con ella’, dijo en el programa Cadena Nacional, de Vía X.

En varias partes del mundo, Chile incluido, hay medios de comunicación que han hecho un mea culpa por haberles dado demasiada importancia a los sondeos predictivos y algunos incluso han tomado medidas al respecto (ver recuadro). ‘Los medios estadounidenses son famosos por interpretar los resultados de una encuesta como predictores del voto final, lo cual a menudo no es apropiado. Creo que es obligatorio y beneficioso para el periodismo y las organizaciones encuestadoras el no sobreestimar los resultados de las encuestas’, insiste Matt Towery.

Lo mismo ocurre entre los políticos: gobiernos, partidos y candidatos trazan su hoja de ruta usando, y muchas veces sobreinterpretando, los datos de las encuestas preelectorales y, dice Joignant, ‘de alguna manera te vuelves más cínico, más estratégico, calculador y poco genuino’.

Alfredo, ¿cree que Alejandro Guillier habría sido candidato sin las encuestas?

No, sin ninguna duda. Eso es categórico. Es muy simple: ¿por qué tendrá que haberlo sido si no es por las encuestas? Es una muestra de que las encuestas alimentan el pragmatismo. Lo mismo la Beatriz Sánchez. Y no estoy ofendiendo a nadie con esto.

Cuestión de fe

¿Qué pasaría si hoy salimos a la calle y le preguntamos a la gente si le cree a las encuestas? ‘Sería interesante hacer una encuesta sobre la credibilidad de las encuestas… No conozco estudios sobre eso, fíjate’, dice Joignant.

Para Daniel Brieba, a pesar de sus errores le seguimos creyendo a este instrumento porque no hay otro mejor. ‘Hay veces que le achuntan con mucha precisión y por eso nos sorprendemos tanto cuando fallan: porque les tenemos mucha fe. Si hay tanta indignación por un error de seis puntos es porque les tenemos mucha fe’, dice, y agrega que sin encuestas nos queda más que el boca a boca o lo que escuchamos en nuestros propios círculos, ‘que son muy estrechos y son malos predictores. Las encuestas te dan esa mira sistemática y global’.

En 2013, cuando el entonces director nacional del Instituto Nacional de Estadísticas, Francisco Labbé, dejó su cargo en medio de los cuestionamientos a su gestión por los errores en los resultados del Censo 2012 y la metodología utilizada para el cálculo del IPC, una nube de incertidumbre se instaló en la sociedad. Es lo que genera la ausencia de datos confiables y la falta de instrumentos para buscarlos. Los expertos coinciden: cuando la gente desconfía de sus datos no tiene claro qué terreno está pisando, reina la incertidumbre y hay terreno fértil para la posverdad, es decir, comienzan a pesar los llamados emocionales que los hechos y cada uno termina creyendo lo que quiere.

Peter Woolley, profesor de política comparada en la U. Fairleigh Dickinson (Estados Unidos), explica a Tendencias que en ese plano las encuestas tienen mucho que ofrecerle a la sociedad porque ‘son un control o una verificación de las aseveraciones exageradas que hacen los partidos y los políticos. También pueden ser una medición de la efectividad de las ‘noticias falsas’. Pero si no capturan la opinión pública, el proceso democrático es vulnerable a la manipulación’.

En este punto, Joignant, que también es investigador del Centro de Estudios de Conflicto y Cohesión Social (COES), y trabaja con estudios de opinión, plantea que es necesario hacer una distinción: ‘En su componente analítico, no predictivo, la encuesta es una extraordinaria fuente de información y muy precisa. Hoy sabemos muchas cosas acerca de las personas gracias a las encuestas’. Él, en todo caso, no es tan dramático y cree que la incertidumbre electoral, al contrario de lo que ocurre en otros ámbitos, como los mercados, puede tener efectos positivos. Luego de analizar la última votación municipal, el analista y dos de sus pares concluyeron que en una elección apretada tiene un efecto en la participación. ‘Si bien hay una fuerte determinación socioeconómica del abstencionismo -los pobres votan menos que los ricos- eso se va perdiendo a medida que la elección se vuelve más disputada. Me puedo equivocar, pero no me sorprendería que vote más gente en la segunda vuelta que en la primera, por la incertidumbre’.

Muchos creen que la luz al final de este túnel de perplejidad está en la tecnología. Antonio Díaz, gerente general de Unholster, empresa de ingeniería de datos, aclara que herramientas como el big data no van a reemplazar a las encuestas pero sí pueden aportar para mejorar la puntería. ‘Si el big data te está trayendo un mayor perfil del usuario al que estás encuestando, claramente vas a poder hacer mejores proyecciones’, dice, porque hay mucha información públicamente disponible. ‘Si eres un retailer, ¿sólo confiarías en una encuesta o en un focus group para definir tus campañas o también confiarías en la data transaccional de los clientes en las compras de tu local? Yo creo que la combinación de ambas’.

Las búsquedas en Google están ganando terreno a la hora de predecir, por ejemplo. De eso habla Seth Stephens-Davidowitz, columnista del New York Times y experto en análisis de datos, en su libro Todos mienten: Big Data, New Data y lo que internet puede decirnos de nosotros mismos, donde plantea que esa empresa tiene grandes volúmenes de información que son pasados por alto por las encuestas y que pueden ayudar a entender una elección. ‘Más de la mitad de los ciudadanos que no votan dicen en las encuestas inmediatamente previas a una elección que sí irán a sufragar, lo que arruina totalmente las estimaciones sobre el número de votantes’, cuenta Stephens-Davidowitz. En cambio, Google incluso puede ayudar a determinar por quién se inclinarán los electores.

En estudios realizados en conjunto con Stuart Gabriel, profesor de finanzas de la Universidad de California, el autor descubrió una sorprendente pista sobre las preferencias en las búsquedas tipo ‘Encuestas Trump Clinton’ o ‘Debate Clinton Trump’. ‘Nuestros análisis muestran que una persona es significativamente más propensa a colocar al candidato que apoya en primer lugar cuando hace una búsqueda con dos postulantes. En las tres elecciones previas, la persona que aparecía primero en la mayoría de las búsquedas recibió el mayor número de votos’, cuenta y luego agrega: ‘Ciertamente no digo que estemos en un punto donde podamos desechar las encuestas como una herramienta predictiva, pero definitivamente hubo muchas señales en internet de que a Trump le iba a ir mejor de lo que anticipaban los sondeos’.

Dame luz

Cristóbal Huneeus, economista y data officer de DecideChile, trabaja con datos todo el tiempo. La Encuesta Nacional de Empleo (ENE) es como su biblia, pero la va testeando con los registros administrativos de las personas contratadas. ‘Hay formas de ir calibrando si está en la tendencia correcta’, dice. Ante esta crisis de los estudios electorales, cree que la pregunta no es si hay que reemplazarlas. ‘En los países desarrollados cuando algo no funciona lo primero que quieren saber es por qué no funcionó y qué se aprende de ese error. Acá deberíamos saber qué aprendemos de éste para ver cómo mejoramos el instrumento en vez de desecharlo’, explica y pone un ejemplo: ‘¿Qué aprendimos del error de 1993 con Urenda? Parece que no mucho, porque nunca más alguien se atrevió a hacer un exit poll. Una sociedad así no aprende de sus errores. Imagínate que Steve Jobs no hubiera seguido intentando después de su primer fracaso… No tendríamos los celulares que tenemos hoy’.

A pesar de que la caída de las predicciones electorales fue brutal, Joignant asegura que esta ‘trizadura’ va a pasar y en la próxima campaña municipal todos los candidatos y partidos van a contratar encuestas. ‘Te apuesto que será así. En las sociedades modernas de hoy, que son de alta incertidumbre, de alguna forma hay una demanda de certeza a través de la predicción y eso lo proporcionan las encuestas. Es un círculo vicioso’.

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