Uso de redes sociales y represión política

El Mostrador, Modesto Gayo

Hoy que hacemos uso cotidiano de las redes sociales, en las que el acceso a internet va camino de universalizarse, igual como antes sucediera con la radio y la televisión, que estamos migrando de forma acelerada de la vida offline a la online, y nuestras identidades personales se han registrado en millones de individualidades digitales, disfrutamos de las vacas gordas de la novedad tecnológica, con sus infinitas y siempre renovadas posibilidades, de la intensificación del consumo dentro del régimen democrático existente, en una tensa calma, todavía con gestos de militares resistentes al poder civil.

Pero esto último no es lo más grave por el momento. La policía usa ya con total asiduidad la red para identificar a sospechosos, resolver crímenes y hacer inteligencia, la que a menudo no ha podido hacer en la calle. Los amigos observan a sus compadres, y son observados por ellos, pudiendo obtener valiosa información de personas con las que nunca volvimos a tratar desde la adolescencia, lo que significa que cualquier hijo de vecino con malas intenciones puede también hacer lo mismo. Este panóptico global hizo posible la vigilancia con nuestra total colaboración, sin el uso de violencia o represión alguna, al menos evidente.

Facebook cada vez con más adherentes, y las empresas y los gobiernos dando por supuesta esta situación, y de hecho colaborando decididamente con este predominio de los productos norteamericanos, ayudando a volcar nuestras vidas, quizás con un rostro más feliz de lo debido, en las caricaturescas, pero igualmente válidas, identidades virtuales.
Mientras ello sucede, nos sorprendemos con la llegada de mensajes publicitarios justo para nosotros. En algún momento buscamos una casa en Algarrobo, un vuelo a Sao Paulo, una comida peruana gourmet, y todo llega a nosotros como por arte de magia, como si existiese una preocupación oculta, un dios ahora sí verdadero que nos cuida, tratando de hacernos la vida más sencilla. Sólo mira aquí, no gastes más tiempo: la solución es para ti y ahora. Abre la chequera y complácete.Twitter cuenta por millones de seres humanos; Instagram interpela a los jóvenes a escala planetaria; metemos la cabeza, consumiendo horas perdidas, en el Candy Crush; llamamos a Uber, aunque no pague impuestos y concentre la riqueza en una pocas manos en el mismo país de siempre, detrayendo renta nacional para otras causas, también nuestra propia opresión; y suma y sigue con miles de aplicaciones para el tráfico en la ciudad, los hogares digitales, manejados con una mano mientras ascendemos al Kilimanjaro a miles de kilómetros, sintiéndonos en la cima del mundo, moviéndolo todo con un dedo.

La vida es simple y corta. Y por lo visto también es egocéntrica. La red envuelve nuestro egocentrismo en una trama que está ahí para servirnos, para alegrarnos la vida, haciendo fácil lo que antes llevaba generaciones conseguir. Y todo por unos llamados algoritmos que consiguen perfilarnos hasta saber quiénes somos, dónde y cuándo buscarnos. Muchas respuestas construidas sobre miguitas que vamos dejando y que a diferencias del cuento de Hansel y Gretel, nadie se come, sino que se acumulan como información definitiva en grandes servidores a los que cebamos ingenuamente sin cesar, como en la apocalíptica Matrix.

No parecemos ver el peligro. ¡Qué importa que sepan el tipo de pan que me gusta! ¡Qué más da que arribe justo a mi ventana virtual información de mi lugar ideal para las vacaciones del próximo año! Y otras mil sugerencias acertadas. Pero mientras hablamos, mientras alimentamos esas grandes bases de datos, también vamos mostrando nuestros perfiles ideológicos, nuestras posiciones políticas, nuestro encanto o desencanto con el capitalismo, nuestra valoración del anarquismo, nuestra crítica a los gobiernos de turno, nuestro voto, nuestro comportamiento movilizados por una causa quizás no del gusto de los jefes militares de un eventual gobierno futuro, cuando la fiesta de la democracia se acabe.

Y en algún momento se acabará, como siempre ha sucedido, y nosotros habremos mostrado todas nuestras armas, todas nuestras ideas, todo nuestro comportamiento. Ese día no habrá bombardeo de La Moneda, ni quema de un palacio de invierno. Operado por un algoritmo diabólico, ese día recibiremos un mensaje personalizado en nuestra ventana mágica, diciéndonos si definitivamente hemos perdido el control y adónde nos llevará esta vez la historia.

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