Municipales: la paradoja de la autodestrucción de los descontentos

Claudio Fuentes, El Mostrador

Vivimos en una sociedad desigual.  Una abrumadora mayoría percibe que los gobiernos favorecen a los poderosos y que las autoridades no gobiernan para el interés general de la ciudadanía, del pueblo. A lo anterior se ha sumado una percepción altamente crítica respecto del conjunto de las instituciones de representación. Se desconfía de partidos, Congreso, y de la acción del Poder Ejecutivo.

En un escenario como el descrito, la pregunta básica a responder es ¿por qué no emerge una alternativa política o social que capitalice tal descontento? ¿Por qué en Chile no surge un equivalente al Frente Amplio de Uruguay, un Podemos o Ciudadanos de España, o un Partido de los Trabajadores que fue en su momento una alternativa de poder en Brasil?

Si aceptamos que en una sociedad desigual es esperable que los actores políticos respondan a los intereses de los poderosos, la pregunta es por qué aquel descontento, aquella rabia y molestia no se traduce en una alternativa política que obtenga posiciones de poder. Observe usted las opciones políticas para las elecciones de 2017. Siguen siendo exactamente las mismas desde hace 20 o 30 años. Entonces, en Chile el problema no es explicar la persistencia de alternativas políticas—que es lo natural—,sino más bien, explicar la ausencia de opciones nuevas que efectivamente desafíen y conquisten espacios de poder formal.

Una explicación la encontramos en lo que se denomina el problema de la acción colectiva y que ha sido ampliamente documentado.  Sabemos que “los muchos” enfrentan enormes problemas para coordinar sus acciones. Los “descontentos” pueden ser una mayoría, pero ellos tienen intereses diversos, poco tiempo, y carecen de los recursos para coordinar sus acciones.  La tentación de estos “muchos” siempre ha sido aprovechar los beneficios de las transformaciones en el statu quo y evitar los costos de organizarse.   Es de muy bajo “costo” salir a la calle a protestar, pero es extraordinariamente costoso organizar partidos, asistir a reuniones eternas, formar listas, hacer campañas, conquistar votos, y ganar.

En cambio, “los pocos” poseen ventajas comparativas para organizar sus acciones. Ellos invierten en influencia y poseen capacidades para actuar coordinadamente. Piense usted en las dificultades que en Chile enfrentan los trabajadores (profesionales, no profesionales, sindicalizados, no sindicalizados, etc.) para organizar un frente común y los empresarios que desde hace muchísimas décadas coordinan sus acciones a través de un frente unificado (La Confederación de la Producción y del Comercio). Fundada hace 81 años, reúne a los grupos empresariales de 6 rubros en el país (agricultura, comercio, minería, industria, construcción y bancos).

La competencia municipal muestra con particular nitidez el problema de acción colectiva que enfrentan los diferentes movimientos políticos y sociales del país. Frente a una crítica descarnada respecto de la vigencia del duopolio—levantado por izquierdas y derechas—la respuesta no ha sido de unidad o coordinación. Muy por el contrario, la respuesta política ha sido de fragmentación y desunión. En vez de establecer un frente común para “desafiar” políticamente a quienes detentan el poder, la respuesta política ha sido competir unos con otros en forma separada.

Los datos extraoficiales advierten de una treintena de fuerzas políticas que competirán en octubre.  De ellas, 12 partidos están fuera de la Nueva Mayoría y podrían ubicarse a la izquierda del eje ideológico.  Pero estos 12 partidos compiten en 5 listas distintas.  A lo anterior debemos sumar 3 partidos que representan fuerzas regionalistas que también compiten en forma separada.  En la competencia para Concejales aumenta la dispersión toda vez que incluso las fuerzas de la Nueva Mayoría y de Chile Vamos compiten en listas separadas.

Y en un escenario de alta fragmentación, la probabilidad que el escenario político se modifique es bajísima.  La paradoja para estas elecciones municipales es que aumentará exponencialmente la oferta política (cerca de 30 partidos en competencia), pero como aquella oferta está fragmentada o dividida, no podrá obtener un número suficiente de votos para transformar el actual balance de poder.  Habrá más competencia, pero menor posibilidad de cambio.

Y aquí volvemos a nuestra interrogante: si los actores políticos saben que competir divididos no les ayuda a ganar espacios de poder, ¿Por qué seguir haciéndolo?¿Qué explica este impulso de pensar que corriendo solo conquistarás más votos que actuando colectivamente? ¿Qué explica este curiosa patología de autodestrucción? Las respuestas a estas preguntas parecen encontrarse, más que en el campo de la politología, en las disciplinas de la psicología y de la psiquiatría.

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