Los hombres que no querían ser padres

El Mercurio, Florencia Herrera

Durante muchos años, quizá demasiados, mi generación ha escuchado que la paternidad prematura podía arruinarnos la vida. Las historias de compañeros que tuvieron hijos antes de terminar el colegio o la universidad eran como advertencias que nos recordaban que había un momento, alrededor de los 30 años, en que uno estaba preparado y ya debía dejar de tenerle miedo a la descendencia. Pero esa señal nunca llegó a muchos de nosotros. Pienso ahora en la vida que llevo y en la de mis amigos: todas entran sin problemas en departamentos de 40, 50 o 60 metros cuadrados en Providencia, Ñuñoa y Santiago centro, y por eso no ambicionamos más. Porque con esas vidas individuales en espacios de un baño, cocina americana y dormitorios, donde apenas entra la cama, podemos viajar todos los años en temporada baja si ahorramos o nos endeudamos, y eso es lo más cerca que podemos estar de la ilusión de la libertad. Las vidas sin hijos, en el fondo, nos permiten arrendar una donde solo tenemos que pensar en nosotros mismos.

Mientras hablamos del tema en mi departamento, Felipe recuerda una imagen: el momento, si se quiere, en que se dio cuenta de que quería una vida individual y sin hijos. En esa historia él tiene 11 años y fue, junto a sus padres y cuatro hermanas, a visitar a un tío que vivía solo, en un pequeño departamento de Vicuña Mackenna.

-Me quedó muy grabada esa visita, porque me dio esa sensación de refugio, de espacio propio, donde no había que darle explicaciones a nadie. Hoy, por algún motivo, me sigue pareciendo deseable lo que vi ahí.

Para Felipe, periodista, 38 años, un hombre solo era también un hombre libre, porque podía tener control sobre su vida. Y esa idea, dice, más que un arranque de egoísmo, puede explicarse por las cosas que creció viendo.

-No recuerdo un momento en mi vida en que mi papá no haya estado apretado de plata.

Eso es supermarcador. Hace un tiempo le pregunté por qué se postergaron tanto, por qué no tuvieron menos hijos. Y él, pero sobre todo mi mamá, me contestó que para ellos era importante tener una familia grande.

A veces, me dice Felipe, cuando va a almorzar donde su familia los fines de semana y le cuenta a su padre sobre los lugares que ha podido conocer en sus viajes, se da cuenta de lo distintas que han sido sus vidas.

 Y que sentía que cuando su padre lo escuchaba, lo hacía con una mezcla de satisfacción y envidia, porque todos esos eran lugares que, a pesar de que le habrían gustado, él nunca pudo ver porque antes estaban las responsabilidades con su familia. Para Felipe -que por lo personal del tema pidió que no saliera su apellido en este reportaje-, los hijos podían hacer eso: detener tus propias ambiciones para concentrarte en las de ellos.
-Y yo no quiero eso.
-¿Por qué?
-Porque yo creo que vivo la vida que a mi papá le habría gustado tener.

Somos consumidores

No es fácil encontrar información en línea sobre hombres que no quieren tener hijos. Busco en Google, pero la mayoría de los resultados derivan a sitios femeninos que entregan guías a las mujeres sobre qué hacer cuando se encuentran con uno de ellos. Sin embargo, el mercado ya los identificó:

según un estudio de Adimark de este año, 33 por ciento de los hombres mayores de 15 años declara que no tienen hijos y que no quiere tenerlos. La mayoría de ellos está concentrado en el grupo socioeconómico C1 y tiene una edad promedio de 41 años.

En ese lote, 8 por ciento está casado y 19 por ciento soltero, pero con pareja estable. También tienen una serie de características asociadas: más liberales, más consumidores de bebidas alcohólicas y marihuana, más proclives a echarse cremas o ir al gimnasio para mejorar la apariencia física.

 Y, quizá por eso mismo, según el estudio, ellos consideran que tienen menos sobrepeso que los que tienen hijos.

-Este es un grupo bien difícil, porque es un hombre que no está pensando en comprarse una casa o un auto. No está pensando en esos valores o bienes tradicionales que antes representaban el paso a la adultez -explica Catalina Correia, directora de comunicaciones de Adimark.

-¿En qué pensamos, entonces?

-En experiencias, como viajar. Es muy el estereotipo del millennial que refleja la publicidad. Es un tipo que quiere sentirse libre.

Cristóbal, ingeniero comercial,
37 años, tiene la vida que quiere en su departamento de un dormitorio, en Ñuñoa, decorado con fotos de sus viajes, que comparte con su novia veterinaria.


-Siempre quise casarme, tener polola -me dice-. Pero nunca me planteé ser papá. Nosotros salimos harto. Vamos al cine, a comer, a andar en bicicleta. Viajamos harto, hacemos trekking juntos y salimos a acampar. Nos gusta la libertad de poder salir y disfrutar nuestra relación sin la necesidad de enfocarse en alguien más.

Hace 10 años, ambos se fueron a Australia a hacer un posgrado. Cuando regresaron, pensaron en hijos. Pero vieron que los números no daban.

-Las razones fueron económicas. Estaba todavía la situación muy precaria. Porque, en el fondo, no costaba nada tener hijos. Pero por todos los sacrificios que implicaba la paternidad, no sabía si valía la pena traer a alguien al mundo para privarlo de muchas cosas que yo sí tuve.


Cristóbal habla de la casa en la que creció, del colegio en el que estudió. Las oportunidades que tuvo. Todas esas certezas financieras que, dice, él no sería capaz de reproducir en un hijo y que lo llevaron a tomar la decisión y a decirles a sus padres que “no esperen nietos”.

-Ellos lo entendieron, pero lo entendieron con pena.

Ahí, quizá, estaba el quiebre entre el mundo de Cristóbal y el de sus padres. Para ellos, tener un nieto, incluso con menos recursos disponibles para darle una posibilidad de competir en la vida, seguía siendo mejor que no tener un nieto. Para alguien de nuestra generación, en cambio, que crecimos escuchando que teníamos que ser mejores que nuestros padres, la posibilidad de criar a un hijo sin las herramientas para superarnos, parecía una falla evolutiva.


-Los hijos han pasado a ser más costosos, podría decirse, pero no solo económicamente, sino también en términos emocionales, de energía y de tiempo. Y por eso mismo, más importantes en la vida de las personas -dice Florencia Herrera, socióloga y académica de la Universidad Diego Portales-.

 La mayoría de las tasas de natalidad reflejan que las personas deciden tener menos hijos para darles mejores oportunidades a los que tienen. Y si no se las das, eres tildado de irresponsable porque hay ideas mucho más fuertes ahora de que uno tiene que estar encima de ellos y al tanto de las cuestiones que les pasan. La gente que conozco no pasa de dos hijos, porque no da para más por cómo está establecido que uno tiene que ser, para que lo consideren un buen padre.

Sin deseo
Si hay un tercio de hombres que no quiere tener hijos, entonces más mujeres que sí quieren ser madres han empezado a enfrentarse a esto.

Carolina Pardo, ingeniera civil, 38 años, quería lo que ella describe como una “vida feliz de comercial”: una casa grande para una familia grande de tres hijos. Pero, dice, con su expareja de hace cinco años, un tipo separado y mayor que ella, eso no era posible.

-Él ni siquiera quería tener uno. A veces teníamos conversaciones de qué nombre le pondríamos a un hijo, pero quedaban en eso y me volvía a decepcionar. Él me decía que un hijo salía muy caro, pero teníamos los recursos. No nos iba a bajar el nivel de vida. Pero él insistía en que un hijo era un gasto y un compromiso a veinte años o más que él, en ese momento, no quería tomar. Él lo que quería era un pololeo eterno.

Carolina Pardo fue a terapia con su pareja. Ahí se dio cuenta de que lo de él no era una pataleta, sino que una decisión definitiva.

-Yo lo quería mucho, pero me estaba quitando la oportunidad de ser mamá y de tener a mi familia. Me di cuenta de que no era feliz. No me bastaba solo él, porque sentía un vacío en mi vida. Necesitaba un hijo.

Después de eso, Carolina terminó. Fue hace dos años. Hoy, cuenta, es madre. Dice que es feliz.
¿Qué hace, entonces, que un hombre quiera ser padre?
-El deseo de paternidad no es algo espontáneo en un varón. Cuando la idea le aparece, solo se representa en pérdidas de tiempo, de libertad, de dinero.

Es decir, interpreta la paternidad a partir de la angustia de castración. Por eso es que la paternidad en un varón depende del deseo de una mujer. Es decir, de querer darle un hijo a una mujer. Porque en base a este es que un varón puede dar un hijo y no verlo como una pérdida, sino un crecimiento en la filiación y en otorgar un linaje -explica el argentino Luciano Lutereau, psicoanalista, académico de la Universidad de Buenos Aires y autor de Ya no hay hombres: ensayos sobre la destitución masculina.

Si todo eso fuese cierto, ¿por qué justo ahora, en esta precisa generación, los hombres ya no conectan con los deseos de las mujeres?

Lutereau, por correo, responde: “Si hay una disminución en el interés de los varones por tener hijos, se debe a que las mujeres están menos interesadas también en la maternidad”.

Para Cristián, ingeniero comercial en Temuco, 35 años, fue así. Él y su pareja, una parvularia con la que convive desde hace una década, deseaban otras cosas. Como una casa, un auto y una carrera profesional, por ejemplo. En eso estaban ambos, cuando él quedó cesante durante todo un año y sumó una deuda de 20 millones que espera poder saldar en cuatro años.

-Pensando fríamente, dijimos que la plata no daba como para tener un hijo. Además, yo volví a trabajar ahora en una institución que es para niños y ella, por su profesión, siempre se ha desempeñado en una. Entonces nos gustan, pero puertas afuera.

Trabajamos todo el día con niños y llegar a la casa a seguir educando no está en nuestros planes.
Esa decisión, dice Cristián, tiene sus costos.
-Cuando hay cumpleaños de un hijo de un amigo, obviamente no nos invitan a nosotros como pareja. Pero no es algo que se diga, sino más bien algo que se da automáticamente de aislarse del mundo de los que sí tienen hijos.

Felipe, el periodista, también pasó por eso. Aunque antes recuerda tener 30 años, haberse comprado un departamento en Ñuñoa y sentir que estaba en el mejor momento de su vida porque sus amigos vivían cerca y siempre parecían estar disponibles. Pero eso cambió pronto, porque se fueron yendo.

 Primero uno y después todos en un plazo de uno o dos años, dejaron ese barrio de solteros por otros en Las Condes, Providencia y Huechuraba en los que pudieran ser familia. Los cumpleaños de ellos, al tiempo, empezaron a llenarse de niños.


-Yo llegaba mucho después del horario de inicio y mis amigos me decían si estaba durmiendo hasta esta hora.

 Había una suerte de sorna, pero al mismo tiempo de envidia. Eso me confirmó que el pasto del vecino siempre es mejor que el de uno. Porque yo podría lamentarme de que mis amigos han formado una familia, que tienen un propósito, que lo hacen todo por sus hijos. Y sería verdad. Pero al mismo tiempo veo que lo que ellos idealizan es mi libertad. Entonces, es como que ninguna de las dos opciones es suficientemente satisfactoria.


Con eso recuerdo lo que un amigo que fue padre hace poco me dijo, después de un par de tragos, una noche en un bar: “Los hijos son lo mejor que a uno le puede pasar en la vida. Pero no le recomiendo a nadie ser papá”.

Nuestros detectives

Aquí es donde los hombres llegan para nunca volver a ser padres.

-La vasectomía es cortar el conducto que lleva los espermatozoides desde el testículo a la próstata. Se llama deferente, que es como una cañería. La operación es ambulatoria y la efectividad se controla a los tres meses porque hay que limpiar este conducto.

El que habla es el doctor Cristián Palma, un urólogo especializado en vasectomías de la Clínica Las Condes que, cuando vivía en España, hace más de seis años, hacía unas 25 de estas operaciones por semana que, dentro de un plazo de 10 años, puede ser reversible.

-El deferente es como esta vena que está aquí -dice Palma, mostrando el revés de su muñeca-. Es superficial. Haces una incisión pequeña…
Palma hace un corte imaginario con un leve movimiento de su índice.
-Y listo.

Había algo que me inquietaba sobre ese gesto: cómo una acción casi imperceptible podía transformar las posibilidades de tu vida.
-Ahora, el que viene no es
como tú. Es el que tiene 40, sigue casado, y ya tuvo todos los hijos que quería o el de 50, que está recién separado, y ya no quiere volver a ser padre.

Le pregunté si venían hombres sin hijos. Hombres como yo.
-Llegan, pero hay que conversarlo muy bien con el paciente.

 Según las guías de anticoncepción, él tiene la libertad de poder realizarse una vasectomía aunque no tenga hijos. Pero ese tipo es un caso bien raro.

¿Qué perdía un hombre si no quería ser padre? ¿Qué había debajo de todas esas nociones de castración, de pérdida de control y libertad, que el solo hecho de que te arrancaran la posibilidad de tenerlos arrojaba una sensación de vacío?

Según David Abuhadba, creador de Amor de Papá, una agrupación que ayuda a padres que enfrentan problemas con sus parejas para poder ver a sus hijos, la respuesta era espiritual:
-La mejor manera que tenemos para seguir vivos en este planeta es a través de los hijos. Yo creo que al no ser padre se pierde la inmortalidad.

Hay una novela del argentino Patricio Pron que habla sobre eso. Se llama El espíritu de mis padres sigue subiendo por la lluvia, y dice: “Los hijos son los detectives de los padres, que los arrojan al mundo para que un día regresen a ellos para contarles su historia y, de esa manera, puedan comprenderla.

No son sus jueces, puesto que no pueden juzgar con verdadera imparcialidad a padres a quienes se lo deben todo, incluida la vida, pero sí pueden intentar poner orden en su historia, restituir el sentido que los acontecimientos más o menos pueriles de la vida y su acumulación parecen haberle arrebatado, y luego proteger esa historia y perpetuarla en la memoria”.


No sé si quiero que alguien investigue lo que fui.

 Alguien que en muchos años más interrogue mi vida y vea las cosas y los lugares y las personas con las que me equivoqué para ver si con la distancia todo eso cobra algún sentido. No es eso, pienso. Tiene que haber algo más. Algo como lo que me explicó Catalina Correia, de Adimark.

-En nuestro estudio vimos que las personas que tenían hijos, y principalmente cuando esos niños eran chicos, tenían niveles de estrés mucho mayores a los que tenía el resto de la población. Pero sus niveles de felicidad también eran mayores.

Un hijo efectivamente te hace la vida más difícil, sobre todo cuando llega porque necesitas adaptarte a ese nuevo escenario.

Pero al mismo tiempo los peaks de felicidad son mucho más altos. Eso te muestra que el estrés no está relacionado con el nivel de felicidad.

La socióloga Florencia Herrera tiene una teoría al respecto.

-Ahora todo es mucho más inestable, mucho más frágil. Todos vivimos en situaciones en que te pueden echar de la pega por una crisis económica.
Con la pareja es lo mismo. Ya no es que te cases y sepas que vas a estar con esa persona para siempre.


La relación con los hijos, en cambio, sigue siendo significativa porque sigue siendo para siempre.

 Eso hace que le dé mucho sentido a la vida de las personas.

Regresé a mi departamento pensando en esa felicidad que me estaba perdiendo. Cuando llegué, caminé hasta el segundo dormitorio: la única pieza que podría ofrecerle a un hijo. Vi mi bolso y mis raquetas tiradas en el suelo, vi un tendedero con ropa húmeda colgando, un escritorio de madera barata, una repisa llena de libros y una ventana que da hacia los edificios de uno y dos dormitorios que se construyen sobre Irarrázaval.

Traté de imaginar a un niño siendo feliz ahí.
Y no pude.

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