Líderes astutos: el viejo truco del populismo

Cristóbal Rovira, El Comercio

El populismo tiene viejos trucos. Este es el  que mejor funciona, en realidad es su esencia (según el libro que Rovira, junto a su colega holandés Cas Mudde, escribió para la editorial de Oxford): dividir el mundo entre el pueblo engañado y la élite corrupta.

Basta que un líder carismático establezca convincentemente esa polarización y, ¡zas!, tendrá un capital político explosivo. Se reclamará la voz del ‘sentido común’, de la ‘voluntad general’, de la ‘mayoría silenciosa’, de los excluidos, de la nación originaria, de cualquier otra categoría de pureza popular; y se opondrá a los avances institucionales que protegen a minorías, que toleran a migrantes, que  crean instituciones autónomas y respetan a la tecnocracia internacional de la ONU o la Unión Europea. O sea, el populismo “is at odds [se lleva de perros]with liberal democracy”, concluyen Rovira y Mudde.

¡Cuán cierto es esto en un Donald Trump o en una Marine Le Pen! Pero también, me ataja inmediatamente, Cristóbal (que lo tengo en persona, pues vino invitado al congreso del Latin American Studies Association en la PUCP), de líderes  o partidos de izquierda: el Podemos  del español Pablo Iglesias,  el Syriza del griego Tsipras y de varios latinos que veremos más adelante.

A Cristóbal le apasiona su tema. Por eso me advierte que ha entrado a él despojándose de los prejuicios académicos que suelen despertar los campechanos populistas: “Si pensara ‘estos son unos idiotas’, no voy a comprender nada. Y a mí me gusta estudiarlos, aunque a ellos no les gusta que los estudien”.

El encandilamiento de Cristóbal me lo demuestra cuando le pregunto: ¿cómo así un magnate multimillonario como Berlusconi o Trump puede ser un populista que enganche con la mayoría? “Esas cosas son las que me hacen enamorarme del tema. Es la genialidad de esos liderazgos que espantan a la élite porque son campechanos, porque enganchan con lo popular y hacen gala de ello. Donald Trump dice, ‘todos pueden ser como yo’ ”. ¿Si fuera parte de la élite tradicional no funcionaría? “O hubiera tenido que dar  una gran vuelta para llegar. Al revés, mira a Hugo Chávez. Viene de abajo pero está años en el poder, genera la ‘boliburguesía’ , que es lo más corrupto que existe, pero sigue diciendo que la élite corrupta es otra”. ¡Un genio!, me provoca decir con ironía. En lugar de eso, pregunto, ¿o sea, el populista tiene la capacidad de generar relatos convincentes? “Sí, mira cómo Trump le pega a los medios y los acusa de ser parte de la élite corrupta. Y el pueblo ama las teorías de la conspiración; por eso se les dice que los tecnócratas de los organismos internacionales conspiran contra la nación”.  Es el caso de Marine Le Pen en Francia, ¿no? “Sí, ataca a la UE [Unión Europea] y se remite a un momento original ficticio, ‘la grand nation’. Trump dice ‘make America great again’”.

Pero mucho antes que ellos estuvo en Argentina Domingo Perón, y si bien  muchos fascismos, comunismos  y regímenes variopintos tenían elementos populistas, lo que Perón bautizó como ‘justicialismo’ en la mitad del siglo pasado tenía mucho carisma (complementado por su esposa Evita) y hablaba de un pueblo sin  categorías sociales: ‘descamisados’ y ‘cabecitas negras’ en lugar del ‘proletariado’ de las izquierdas de aquel entonces. En lugar de revolución, justicia. Y tal fue la primera ola del populismo en la región.

Para populistas, nosotros

La segunda ola americana Rovira y Mudde la fechan en 1990, con el triunfo del ‘outsider’ Alberto Fujimori en el Perú. Y lo toman de paradigma de lo bueno y lo terrible del populismo.  En primer lugar, se cumple el requisito de que los populismos surgen tras crisis económicas, amenazas, escándalos de corrupción  (¡ojo a lo que se nos viene!) o el simple deterioro de regímenes democráticos que excluyen o no responden a demandas fundamentales de la población.

La primera y la última condición se dieron en el caso del ‘Chino’. El populismo, según la teoría de estos autores, suele cumplir en un primer momento un rol democratizador, pues incluye nuevos sectores y responde a demandas que el sistema tradicional de partidos no cubre. En el caso del fujimorismo, por ejemplo, apareció un nuevo actor (las iglesias evangélicas) y hubo cierta empatía con el sector informal y subempleado que no era o no se sentía representado.

Sin embargo, estos populismos suelen usar el gran respaldo que acarrean para,  luego, estrechar el juego democrático. En el caso de Fujimori, empezó a fustigar la autonomía de otros poderes  y el 5 de abril de 1992 quebró el sistema democrático.

Alberto Fujimori no estuvo solo en esta segunda ola. Rovira y Mudde, en el libro, lo asocian a Menem en Argentina y Collor de Mello en Brasil. Cuando pregunto a Cristóbal por Keiko, responde: “Su padre no construyó partido, a diferencia de los [populistas]europeos. Fundó y desechó varios. Ella trata de reconstruir esta identidad de manera difícil, tensionada por la herencia  paterna. Aun así, para el estándar peruano, [Fuerza Popular] es de los partidos que mejor funciona”.

La tercera ola populista latina la inaugura Hugo Chávez. En su caso y en el de Evo Morales en Bolivia y Correa en Ecuador, sus populismos se han alojado en variantes del socialismo. Pero  la ideología  no es lo esencial para Rovira y Mudde, es prestada. Chávez, perpetuado en Maduro, ha proyectado un machismo de tinte más autoritario afín a su origen militar; mientras que Evo se ha consolidado como líder étnico, dándole a su populismo un halo reivindicador de razas excluidas.

Todos ellos, incluyendo Alberto Fujimori luego del golpe, han buscado legitimarse con mecanismos de democracia directa, como plebiscitos y convocatoria a asambleas constituyentes; conscientes de que su caudal electoral puede ser  mantenido con esos  llamados a votar sí o no a la reelección, o a refundar la base legal del país, como si ello nos regresara una pureza original. He ahí el encanto y el cuento de una ideología moral que, subraya nuevamente Rovira, tiene la virtud de responder a demandas  populares que la democracia liberal descuida en su obsesión por la tecnocracia y la corrección política; pero luego tiende  a cerrar el puño ante todos.

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