La elección interna de la UDI

Patricio Navia, El Líbero

El escándalo de la frustrada votación online demostró que la disputa entre Jacqueline Van Rysselberghe y Javier Macaya se redujo a quién podía movilizar más votos, no quién tenía mejores ideas para reinventar a la UDI como un partido conservador en sus valores, pero moderno en su estructura, estrategia y mensaje.

Cuando los partidos tienen elecciones competitivas, las visiones contrapuestas sobre el mejor camino a seguir para aumentar el poder e influencia hace que la tensión de una elección produzca efectos positivos en la vida militante. Pero cuando la tensión se reduce a quién va a conducir el partido por la misma hoja de ruta de siempre, entonces los conflictos tienden a confirmar esa conocida ley de la política de que la intensidad del conflicto es inversamente proporcional a lo que está en juego. Mientras menos importante, más violento será el combate. La disputa por la presidencia de la UDI, que tocó fondo con la frustrada elección del domingo recién pasado, evidencia la crisis del partido que alguna vez tuvo la bancada legislativa más importante en el país.

Desde su fundación en dictadura, y en particular a partir de la férrea defensa del legado autoritario durante la transición, la UDI fue el partido más identificado con la figura del dictador Augusto Pinochet. Si bien su representación parlamentaria fue menor que la de RN en el primer periodo democrático, el liderazgo de Jaime Guzmán le permitió a la UDI posicionarse como un partido clave. La negociación secreta de Guzmán con la Concertación en marzo de 1990 le permitió al PDC alcanzar la presidencia del Senado —lo que hizo posible que el DC Gabriel Valdés le entregara la banda presidencial a su camarada Patricio Aylwin— y, formalmente, inauguró la democracia de los acuerdos.

La UDI logró frustrar las aspiraciones presidenciales de RN en 1993 y terminó imponiendo la candidatura de Joaquín Lavín en 1999. Si bien muchos en la UDI insisten en que en esa elección se produjo un empate, la derrota de Lavín en segunda vuelta mostró el límite de la estrategia de despolitización de la lógica de solucionar los problemas reales de la gente —en contraposición a la campaña de Ricardo Lagos, que buscaba también hacerse cargo de los problemas pendientes de la transición a la democracia, incluida la presencia de senadores designados y enclaves autoritarios de la dictadura.

Dando por hecho que ganaría la elección de 2005, la UDI usó en las elecciones de 2001 la burda —y por cierto imprecisa— frase de “un Parlamento para Lavín” como su lema de campaña. Pero como la política evoluciona —no queda estancada en el tiempo— para entonces las cosas habían cambiado. Intempestivamente, Piñera entró a la carrera presidencial y eso llevó a que RN remplazara a la UDI como el partido líder de la derecha.

Su cercanía con la dictadura terminó por pasarle la cuenta a la UDI. Los chilenos tienen una visión cada vez más mala del legado de Pinochet. Además, el país está más tolerante en cosas valóricas. La creciente demanda por inclusión y movilidad también ha golpeado a un partido donde los apellidos y la cercanía personal a Jaime Guzmán —líder asesinado hace 27 años— parecen constituir una prueba de pureza ideológica.

Después de ser desplazado por RN como el partido más importante de la derecha —y en el país— la UDI ahora enfrenta la irrupción de Evópoli, un partido que equivale a una especie de Frente Amplio de derecha formado por varios hijos de los fundadores de la UDI y que parece haberle robado el concepto de futuro al partido otrora líder de la derecha.

La renovación de directiva de la UDI hace cuatro años evidenció la tensión entre los que quieren modernizar al partido y los que quieren mantener la vieja línea. El periodo presidencial de Jacqueline van Rysselberghe (JVR) ha sido un espaldarazo para los tradicionalistas. Pero hoy, cuando RN es el partido líder de la derecha y Evópoli el partido emergente, la UDI necesita buscar su propio sello distintivo. Si se comporta igual que una empresa que nunca supo subirse a la nueva realidad tecnológica, la UDI solo se dedicará a administrar su decreciente capital político. Pero si vuelve a su origen, la UDI tendrá un mensaje moralmente retrógrado y pro-dictadura. Algo demasiado impopular en el Chile de hoy.

El escándalo de la frustrada votación online demostró que la disputa entre JVR y Javier Macaya se redujo a una cuestión de quién podía movilizar más votos, no de quién tenía mejores ideas para poder reinventar a la UDI como un partido conservador en sus valores, pero moderno en su estructura, estrategia y mensaje. Ni Macaya ni JVR tienen un plan para reposicionar a la UDI como el partido más grande de Chile.

Porque la UDI quiere dejar atrás a Pinochet, pero no es capaz de enterrarlo, su desafío actual no pasa por encontrar un buen sistema de votación que permita a sus militantes decidir entre Macaya o JVR. Los dos aspiran a que les caiga del cielo una candidatura presidencial atractiva. Pero, hasta ahora, no ha habido una propuesta clara de cómo la UDI puede enterrar a Pinochet para poder reinventarse como un partido que tenga algo atractivo que ofrecer en este nuevo Chile.

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