Explicando el populismo

Cristóbal Rovira, Agenda Pública

El populismo se está volviendo global. Mientras en décadas pasadas las fuerzas populistas sólo se asociaban con América Latina, a más tardar desde los años 1990 en adelante los liderazgos populistas han ido ganando terreno tanto en Europa del Este como Occidental. Si bien es cierto que los populismos rara vez acceden al poder ejecutivo en Europa, es importante notar que los partidos populistas se han establecido a nivel parlamentario a lo largo y ancho de esta región. De hecho, prácticamente todos los países del viejo continente cuentan con al menos una fuerza populista de extrema derecha, tal como el ‘Frente Nacional’ en Francia o el ‘Partido Ley y Justicia’ en Polonia. Todos estos partidos rechazan vehementemente la inmigración, los refugiados y el multiculturalismo. A su vez, recientemente han cobrado fuerza nuevos populismos de izquierda en el continente europeo, los cuales exigen poner fin a la austeridad y demandan mayor regulación del mundo financiero, siendo ‘Podemos’ en España y ‘SYRIZA’ en Grecia los más claros expositores de esta corriente. Por su parte, en Latinoamérica populistas de izquierda radical han conquistado el poder ejecutivo, siendo tres los casos más paradigmáticos: Hugo Chávez (y posteriormente Nicolás Maduro) en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador y Evo Morales en Bolivia.

¿Pueden analizarse todos estos casos como parte del mismo fenómeno? La respuesta es sí. En el último tiempo han ido creciendo las investigaciones que revelan no sólo diferencias entre los populismos alrededor del mundo, sino también una importante similitud: una misma visión de mundo. En efecto, el populismo puede ser definido como un particular discurso o ideología que tiene dos características centrales: por un lado, la noción moral de que la sociedad está dividida entre ‘una elite corrupta’ y ‘un pueblo íntegro’ y, por otro lado, el planteamiento de que la política debe antes que nada respetar el principio de la soberanía popular.

Visto así, existen dos opuestos al concepto de populismo: elitismo y pluralismo. El elitismo reafirma la existencia de una división moral entre ‘el pueblo’ y ‘la elite’, pero evalúa ambas entidades de forma completamente opuesta al populismo. Pues el elitismo desconfía del pueblo, el cual es visto como irracional y peligroso, mientras que tiene fe absoluta en la superioridad de la elite (basta pensar en la tecnocracia). En cambio, el pluralismo no cree en la división entre ‘el pueblo’ y ‘la elite’, sino que plantea que la sociedad está compuesta por un conjunto de individuos y grupos quienes mantienen una gran diversidad de pareceres. Dicha diversidad representa para el pluralismo una fortaleza, en cuanto favorece el intercambio de opiniones y refuerza la necesidad de lograr acuerdos.

Esta breve aclaración conceptual nos ayuda a comprender por qué el populismo mantiene una difícil relación con la democracia. Si bien es cierto que la defensa de la soberanía popular es intrínseca a la democracia, no podemos olvidar que los regímenes democráticos contemporáneos buscan proteger a las minorías y se basan en instituciones que son autónomas del parecer tanto del gobierno de turno como de la ciudadanía (por ejemplo, los bancos centrales, los tribunales constitucionales y un sinfín de organismos internacionales). En consecuencia, los populismos no necesariamente están en contra de la democracia propiamente tal, sino que más bien se oponen a la existencia de límites al ejercicio de la soberanía popular. No es casualidad que populistas europeos tanto de derecha como de izquierda ven con creciente escepticismo a la Comunidad Europea, ya que ésta seriamente limita la capacidad de los gobiernos para determinar sus políticas económicas y de inmigración.

¿Cómo podemos explicar la irrupción de fuerzas populistas en la esfera electoral? Esta pregunta no es del todo simple, ya que el populismo emerge en países tanto con buenos como malos indicadores económicos (por ejemplo, Suecia y Grecia) y en lugares donde la democracia muestra tanto altos como bajos índices de calidad (por ejemplo, Austria y Ecuador). A continuación elaboramos de forma muy simple una teoría que nos ayuda a comprender por qué países muy diferentes experimentan la irrupción electoral de fuerzas populistas. Como muestra el siguiente diagrama, son cuatro los elementos centrales que plantea nuestra teoría.

En primer lugar, investigaciones empíricas revelan que la gran mayoría de los individuos tienen actitudes populistas que se encuentran en un estado de latencia, vale decir, están dormidas y solo son activadas frente a ciertas situaciones contextuales. En otras palabras, casi todos tenemos un ‘pequeño Hugo Chávez’ al interior nuestro, pero éste se encuentra en un lugar oculto y, por lo tanto, no define nuestras preferencias políticas.

En segundo lugar, situaciones contextuales posibilitan que nuestras actitudes populistas despierten. Por ejemplo, la irrupción de escándalos de corrupción y la creciente convergencia programática entre los partidos políticos facilita que ciudadanos comunes y silvestres utilicemos las categorías dicotómicas y morales inherentes al populismo: ‘una elite corrupta’ versus ‘un pueblo íntegro’. Mientras menos representados nos sentimos por las opciones políticas existentes y más deslegitimadas éstas se encuentran, mayores son las posibilidades que se despierte aquel ‘pequeño Hugo Chávez’ al interior nuestro.

En tercer lugar, los liderazgos juegan un rol clave al momento de politizar el malestar existente y ofrecer una interpretación populista de los acontecimientos en curso. Así, por ejemplo, frente a la crisis económica que ha afectado a varios países de Europa del Sur, partidos como ‘Podemos’ en España, ‘SYRIZA’ en Grecia y el ‘Movimiento 5 Estrellas’ en Italia hablan sobre la existencia de ‘una casta’ que se ha enriquecido de forma deshonesta a costa de ‘un pueblo’ que ha sido defraudado y denigrado.

En cuarto y último lugar, si bien es cierto que líderes y partidos populistas irrumpen gracias a los tres factores señalados, es importante subrayar que su permanencia electoral y eventual capacidad de gobernar depende en gran medida de sus propios aciertos y desaciertos. Es bastante usual que los partidos populistas se apoyan en un líder carismático. Ahora bien, dichos líderes por lo general tienen problemas para construir organizaciones que perduran a lo largo del tiempo, las cuales son fundamentales para formar cuadros políticos y gobernar de forma eficaz. En consecuencia, los populismos muchas veces terminan siendo fenómenos transitorios, aunque sí pueden dejar importante legados económicos y políticos.

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