Cuándo se jodió Chile

Claudio Fuentes, Revista Qué Pasa

En ¿Cuándo se jodió Chile? (Catalonia), el autor busca relatar el momento preciso y el hito exacto que marcaría la decadencia de nuestra democracia. Con documentos, crónicas y cartas, va contando el proceso político y social chileno. Aquí, un extracto del libro presentado esta semana.

Ignacio Domeyko, un geólogo de la nobleza polaca, llegó a Chile casi por casualidad, escapando de las guerras europeas. Escuchó que en el norte se requería un experto en estudios mineros. Un hombre de 36 años que en 1838 llegaría a la región de Coquimbo. Se hospedó en la casa de don Vicente Subercaseaux.
Tal como Hernán Godoy y Alfredo Lastra lo relatarían en un libro de 1994, Domeyko sería un privilegiado testigo del período electoral de 1839-1840. Copiapó vivía el boom minero de Chañarcillo.

Así describe aquella ciudad nuestro personaje: “Se ven casas nuevas bien construidas, pero como si fueran provisionales, sin gusto y sin ostentación, tiendas, el cabildo y la casa del gobernador y dos pequeñas iglesias de la época”, una de las cuales estaba derrumbada. Una ciudad llena de polvo, con pocos niños y sin estilo, diría Domeyko.

Pero de Domeyko nos interesa lo que descubrió de las elecciones. Recordemos que en ese entonces, el municipio establecía una comisión que velaría por el registro de los votantes. Continúa Domeyko: “A las once de la mañana la campanilla del cabildo da la señal y los comisarios se sientan en la plaza delante del edificio. Se abre el libro y todo ciudadano, rico o pobre, siempre que tenga una renta anual de 200 piastras producida por el trabajo, oficio o tierras o por cualquier industria (…) se acerca a la mesa, sin ceder a nadie la prioridad”.

Con ironía, Domeyko agrega: “El forastero desconocedor de las costumbres, viendo este cuadro de la prudencia, modernidad y fraternidad republicana, se lleva una gran alegría, admirándose al parecer de esta libertad y de estos privilegios. Pero observando más atentamente lo que está sucediendo ve en torno y no lejos de las mesas conciliábulos, murmullos y grupos de gente, y ve entre ellos a individuos que parecen llevar la voz cantante, ve convites a los bares y cierto movimiento y un ir y venir, pero sin ruido, sin escándalo, porque el pueblo de aquí es de carácter calmado”.

Entonces, Domeyko señala que un forastero mejor informado “advierte que toda esa operación calificadora, en apariencia tranquila, es un campo en que se dirimen los primeros duelos de los partidos departamentales y que de ella depende la tendencia y el buen o mal resultado de las elecciones”. Pasa a contarnos que cada partido trata de incidir para tener comisarios a su favor y “de inscribir en el libro, lícita o ilícitamente, el mayor número de partidarios. Como es el cabildo el que elige, los comisarios, los esfuerzos de los partidos tienden a captarse a los miembros del concejo municipal y tener la mesa”.

Pero las mañas electorales no terminaban allí. Como Domeyko era un observador avezado, nos relata lo que viene a continuación del cierre del registro de ciudadanos habilitados para votar. “Tan pronto como queda cerrado el registro, cada parroquia ha de inscribir a sus electores y remitir el libro al cabildo, comienza el movimiento clandestino, un verdadero comercio con las calificaciones. Con algunos ciudadanos, de clase inferior, el asunto no ofrece mayor dificultad, pues en cuanto se retiran de la mesa, en virtud de un convenio precio, el que les invitó a comer y a beber, le retira, a cada uno, a cambio de una bagatela, la cédula recién firmada por la comisión y se despide para siempre del elector, embolsándose su calificación. Pero con la mayor parte de los calificados el asunto se presenta algo más difícil: hay que entrar en regateos o buscar arbitrios que ni siquiera fueron soñados por nuestros filósofos liberales”.

Curas, militares, empresarios, jueces y oficiales públicos participan de este tráfico de calificaciones que termina poco antes de la elección. Nos relata, por ejemplo, que don Vicente Subercaseaux invitó a Domeyko a un asado en el fundo del Sr. Gallo: “Allí reunieron a una gran cantidad de personas. Se ofrecieron carnes, vinos, y una gran fiesta antes de las elecciones. Cuando llegó la hora de los brindis, uno de los señores del Partido Conservador dijo: “Brindo porque en las próximas votaciones cada uno vote por aquel por el que voto yo, y no por otro alguno”. La fiesta terminó a medianoche con la mayoría de los comensales en estado de ebriedad.

El relato del día de la elección que hace Domeyko no dista de ser muy distinto. Manipulación de votos, pérdida de urnas, arreglos por parte de la comisión, etc. Pero, ademas, “todo partido tiene gente de confianza que va a votar con calificaciones ajenas y más de uno si lo consigue vota dos o tres veces, cada vez con una calificación distinta ante la misma mesa o, para mayor seguridad, en mesas de otras parroquias, cambiando cada vez la ropa para que no los reconozcan tan fácilmente. El truco consiste en que aprenda de memoria los apellidos del padre y madre, porque en este país todo quisque, por muy pobre que sea, se autodenomina con uno o dos nombres de pila y con los apellidos, paterno y materno”.

Nos cuenta Domeyko que en una ocasión llegó a votar “un simplón que apenas sabía leer y escribir”. La calificación estaba a nombre del cura párroco, presbítero don Diego Torres.
—“¿Cómo se llama?”, pregunta el presidente de mesa.
—“Diego Torres”, respondió el hombre
—“¿Qué significa eso de presbítero en su calificación?”, dijo el presidente.
—“Presbítero es mi apellido materno”, respondió el elector.
“Todo el público estalló en risas, inclusive el propio comisario y el presidente, en tanto que el elector huyó”.

Conservadores, liberales y más tarde radicales se disputaban el poder. No representaban más del 5% de la población mayor de 21 años, todos hombres, que gozaban de una propiedad y que sabían leer y escribir. Como la Comisión de Registro Electoral dependía de los municipios, y como los municipios eran controlados por el gobierno, las reformas de mediados de los años 1870 buscaron —naturalmente— eliminar la influencia del gobierno de turno sobre las elecciones. Se estableció así una Junta de Grandes Contribuyentes que ahora sería la encargada de determinar las mesas calificadoras de electores. Es decir, la reforma transfirió el poder de los municipios a quienes tenían la capacidad de pagar más impuestos en cada departamento. Los grandes contribuyentes del país definirían de aquí en adelante los nombres de las juntas calificadoras, quienes a su vez eran las encargadas de definir el padrón electoral que se colocaba a disposición los 15 primeros días del mes de noviembre.

Patricio Ibarra hace muy poco (Revista Historia, 2015) publicó un estudio que muestra quiénes fueron estos grandes contribuyentes para las elecciones de 1876, concluyendo que muchos de ellos estaban, esperablemente, vinculados con la élite política local. Además, las afinidades ideológicas se correspondían con el tipo de actividad empresarial que desarrollaban. En el norte predominarían personas vinculadas al Partido Radical y que tenían conexiones con la minería, mientras que en el sur las vinculaciones eran con el mundo agrícola y conservador. En Copiapó, por ejemplo, estaban en la lista Emigidio Ossa y Felipe Matta, este último vinculado a las familias Gallo y Goyenechea con vinculaciones con el Partido Radical y con la revolución de 1859. En La Serena destacaban Nabor Cifuentes, Pedro Pablo Muñoz y Félix Vicuña.

En Santiago destacaba Domingo Matta, empresario y con una extensa carrera parlamentaria en el Partido Nacional. Otro empresario que figuraba era José María del Solar, parlamentario en la década de 1840. Lo interesante de este estudio es que revela el estrecho vínculo que existía entre quienes participaban de esta Junta de Grandes Contribuyentes y la posterior participación en cargos de poder político. Domingo Matta, José María del Solar, Manuel Díaz Besoaín, Francisco Borja, Ladislao Larraín y varios otros terminaron en cargos de representación popular.
De este modo, dinero y política terminaron entrelazados por una mínima reforma que buscaba terminar con la injerencia del gobierno en las elecciones.

Las reformas de 1870 buscaron eliminar la influencia del gobierno de turno sobre las elecciones. Los grandes contribuyentes del país definirían de aquí en adelante los nombres de las juntas calificadoras, quienes a su vez eran las encargadas de definir el padrón electoral.

Con la llegada de los acaudalados al control de las elecciones la situación no terminó de resolverse. Así nos ilustra Ambrosio Muñoz Olave, quien se licenció en Leyes y Ciencias Políticas en 1897. Su memoria la realizó sobre el sistema electoral. A este estudiante le preocupaba la forma en que se venía desenvolviendo el proceso político y de ahí que escribiera este ensayo para sugerir cambios al proceso electoral. Sostenía que en su trabajo abordaría un tema “espinoso” dado que el sistema electoral “ha traído ciertas prácticas, entre ellas la más funesta de la compra y venta del sufragio”.

Su segundo capítulo se dedica a este tema, indicando que “el cohecho ha sido la mancha negra de las elecciones pasadas (…) En verdad, las elecciones últimas han dejado una triste impresión en el ánimo. En la mayor parte de las poblaciones y lugares de la República, ellas se han convertido en un mercado público de compra y venta del sufragio. Sumas fabulosas han deslumbrado la necesidad y la codicia de las clases bajas. Según cálculos no exagerados, el dinero invertido en tan innoble tráfico sube de un millón de pesos, cantidad que asombra si se toma en cuenta el escaso número de votantes y la postración económica por la que ha venido atravesando la fortuna particular”.

Era tal el sentido de decadencia, que al despuntar el siglo XX Enrique Mac-Iver pronunciaría su famoso discurso sobre la crisis moral de la República. Basta citar dos párrafos para darse cuenta del sentido anímico que rodeaba a las élites por ese entonces: “No hay para qué avanzar en esta somera investigación acerca del estado del país en lo que se relaciona con su progreso; importa más preguntarse ¿por qué nos detenemos? ¿Qué ataja el poderoso vuelo que había tomado la República y que había conducido a la más atrasada de las colonias españolas a la altura de la primera de las naciones hispanoamericanas?

Mac-Iver sostiene que, “en mi concepto, no son pocos los factores que han conducido al país al estado en que se encuentra; pero sobre todos me parece que predomina uno hacia el que quiero llamar la atención y que es el que menos se ve y el que más labora, el que menos escapa a la voluntad y el más difícil de suprimir. Me refiero ¿por qué no decirlo bien alto? a nuestra falta de moralidad pública; sí, la falta de moralidad pública que otros podrían llamar la inmoralidad pública.
Hacia 1912 una nueva crisis azotaba la República. Pero no se trataba ni de sables ni de obreros amotinados. El asunto era más pedestre: padrones electorales inflados. El problema era tan serio que, como nos relatan Ricardo Nazer y Jaime Rosemblit (2000) el número de inscritos superaba el potencial electoral debido a inscripciones falsas, doble inscripción y el mantener en dicho registro personas que habían muerto. Una depuración en 1914 permitió reducir un padrón que superaba los 600 mil electores a poco más de 184 mil.

Y, ¿cuándo se jodió entonces Chile? Quizás se jodió muy temprano en la República. Quizás no es que se haya jodido en algún momento preciso, sino que nacimos jodidos.

Cuando examinamos la historia política reciente y de larga data observamos rencillas mañosas, acciones violentas y maquinaciones que siempre formaron parte de nuestra vida republicana. La historia de Chile ha sido violenta, con muchísimas muertes producto de disputas políticas e ideológicas. Las elecciones en el siglo XIX se disputaban entre un grupo muy reducido de hombres que controlaban el poder económico y que estuvieron dispuestos a tomar incluso las armas para cautelar sus intereses. Se adulteraban padrones, se compraban votos, se impedía que la oposición llegase a votar, y se decretaban estados de excepción para ganar elecciones. El ejercicio de una democracia electoral transparente y libre de presiones no ha sido algo característico de la vida republicana de este país. No lo fue durante décadas del siglo XIX y del siglo XX. Sabemos además que subsisten prácticas clientelares en pleno siglo XXI. Subsisten mañosas elecciones en los partidos. Subsisten vínculos privilegiados entre hombres de negocios y grupos de interés al interior de los partidos.

Quizás, entonces, debamos revisar nuestras interpretaciones sobre la historia. Y cuestionarnos sobre la forma en que analizamos nuestro presente a partir de una equivocada observación de nuestro pasado. Glorificamos la República, colocamos en un pedestal a nuestros antepasados; cuando en realidad nuestro presente no difiere mucho de nuestro pasado. Somos hijos de una República oligárquica—que, sí es verdad—fue cediendo poder. Qué duda cabe. Pero que ejercía la conquista de votos a partir de crudas prácticas que nos han acompañado históricamente.

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