Violencia machista en la Historia: Todo fue distinto después de Valdivia

El Desconcierto, Hillary Hiner

En los años 80 la gran feminista chilena Julieta Kirkwood dijo que para ella y muchas otras feministas “todo fue distinto después de Lima”, refiriéndose al 2º Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe de 1983 en esa ciudad.  Me inspiro en esto para decir que para nosotras, las historiadoras feministas en Chile, esto será: “todo fue distinto después de Valdivia”.

Las Jornadas de Historia de Chile tuvieron lugar en esa ciudad la semana pasada. Generalmente, esta actividad se caracteriza por ser muy disciplinaria, organizada en torno a charlas magistrales dadas por hombres “ilustres” y paneles compuestos, mayoritariamente, por hombres. En sesión tras sesión todavía se pueden encontrar paneles sin una sola mujer o, si presente, sólo en la forma de la “ayudante de” o la “tesista de” algún profe todopoderoso. Por lo mismo, por ser un evento dominado por hombres historiadores, sus temáticas androcéntricas y heterosexistas, no nos debe sorprender que no hay mucha presencia de Historia feminista.

Yo empecé a participar en las Jornadas en el año 2009.  Desde esa fecha en adelante, y más allá de lo estrictamente social o uno que otro panel, nunca nos habíamos reunido entre historiadoras feministas. Ahora sí lo hicimos, en una reunión maravillosa entre historiadoras jóvenes y no tan jóvenes que aconteció la noche del miércoles 25 de octubre en la Casa de la Memoria y los Derechos Humanos en Valdivia.  ¿Por qué ahora nos reunimos y antes no? ¿Por qué estoy con la esperanza de que todo sea distinto después de Valdivia?

En abril del año pasado, Ana López y yo, dos historiadoras feministas, hicimos una carta abierta, titulada, “¡Nunca más solas! Hablan las historiadoras”. En esta carta quisimos mostrar nuestro apoyo irrestricto hacia las mujeres estudiantes que estaban denunciando casos de acoso sexual en las universidades, como también quisimos hablar del ambiente machista y misógino de nuestra disciplina. Cuando circulamos la carta, pensábamos que íbamos a recibir diez o quince firmas, por lo difícil que era hablar de este tema entre académicas. Con bastante temor frente las posibles represalias, pero también mucha alegría por romper el silencio y hablar del tema, se fueron plegando las historiadoras desde dentro y fuera de Chile. Al final, recibimos casi cien firmas, reconociendo la veracidad y la urgencia de nuestros reclamos. En muchos mails que recibí, hubo una pregunta: ¿qué más podemos hacer, como para no dejar de lado esta importante iniciativa?

En paralelo, los casos de acoso sexual en diferentes departamentos de Historia en todo Chile se fueron sumando.  Ya varios se volvieron noticias nacionales, los casos de Ramírez y León de la Universidad de Chile, en particular, ganaron mucha atención mediática.  Esto se debía a dos factores: Por un lado, porque fueron dos profesores que fueron forzados a retirarse. En el caso de Ramírez, el resultado de su sumario es que fue desvinculado de la universidad y se le prohibió ejercer la docencia en instituciones públicas durante cinco años. León, después de tirar licencias durante un buen tiempo, al final renunció, siendo director de la carrera de Historia, al sentirse cerrar el cerco. Ya no se hablaba sólo de casos de acoso en la Universidad de Chile, sino también del sumario por acoso sexual que había tenido en la Universidad de Valparaíso en 1998.

Estos casos también se mantuvieron en los medios por cosas relevantes que ocurrieron después de sus salidas de la universidad.  En el caso de Ramírez, me refiero a las querellas por injurias que este profesor puso en tribunales en contra de las estudiantes que lo denunciaron. Mientras en el caso de León, la razón fue aún más nefasta, ya que su propia hija lo denunció por abuso sexual infantil en enero 2017. Posterior a estos casos, en abril de este año surgieron nuevas acusaciones de acoso sexual, al ser denunciados públicamente por la Asamblea de Estudiantes de Pedagogía y Licenciatura en Historialos profesores Luis Ortega y Augusto Samaniego de la USACH.  Recordemos un minuto que los fundadores de la revista “Nueva Historia”, de historiadores chilenos exiliados en Europa a principios de los años 80, fueron justamente Leonardo León, Luis Ortega y Gabriel Salazar.

Cuando empieza a caer León, ya las estudiantes tal vez se sentían con más confianza como para denunciar a otro profesor “sagrado” de la Historia Social. No obstante, en el caso de estas últimas denuncias, y justamente por las querellas puestas por Ramírez por las denuncias contra él en la Chile y la falta de un protocolo de acoso sexual en ese momento en la USACH, las decidieron hacer de forma anónima. Aunque hubo 11 denuncias recopiladas formalmente en el sumario y hubo presiones constantes por parte de lxs estudiantes – que han ocupado marchas y paros desde abril en adelante como forma de mostrar su descontento – hace poco, el 10 de octubre, y a un año del inicio del sumario,Ortega y Samaniego fueron absueltos. Al saber el resultado del sumario, lxs estudiantes entraron, de nuevo, en paro.

Los sumarios que se extienden durante muchos meses o hasta años tienen la finalidad de cansar, disuadir, y amedrentar a las afectadas en pos de encubrir a aquellos profesores acusados de acoso sexual. Similar a otros casos de violencia sexual el mensaje es: si no te creo y te trato mal, eventualmente desistirás y yo ganaré.  Así se sigue replicando la cultura de la violación y estos crímenes se quedan impunes. Además, todavía siguen habiendo demasiados académicos y académicas que prefieren mirar para el otro lado o fingir como si no pasara nada, porque es conveniente y mejor para sus carreras.  Algunxs no quieren “hacer olas” o ser tachadxs de “conflictivxs”, en pos de blindarse profesionalmente; otrxs encubren porque tácitamente apoyan las acciones y los dichos de sus compañeros acosadores o han incurrido en prácticas similares con colegas o estudiantes.

Ya es cada vez más común escuchar, dentro de las conversaciones y discusiones sobre el acoso sexual en nuestras universidades, de una supuesta “caza de brujas” que podría estar ocurriendo. “Pero, ¿cómo es posible?  Si yo nunca vi nada y si es tan buen profesor, ¿será verdad?”, “Si yo conozco su pareja/su familia y es tan buen marido/padre, igual las mujeres mienten”, “Es que es un tipo muy lacho pero no creo que forzó a nadie a hacer nada”, “Ella igual se vestía de forma muy provocativa, ¿no será que ocupaba el sexo como para mejorar su situación?”, etc, etc. Este tipo de comentario es tan, pero tan común, que estoy 100% segura que en los comentarios a este mismo texto habrá variaciones de éstos. Y es terrible porque lo que están diciendo, en el fondo, es “mujeres: no les creemos”.

Como si todo lo que es el patrón de la violencia machista no se supiera, que es que generalmente los acosadores o violentos por razones machistas o misóginas pueden ser perfectamente “normales” y hasta cordiales con otros hombres “como ellos”. Es el femicida que mata a su esposa de forma brutal y la vecina que dice, “él siempre era tan callado y amoroso conmigo”, el periodista que habla de un crimen “pasional” o los celos, como si se pudiera justificar. Esa es la violencia machista.

Hasta cierto punto me da risa este re-posicionamiento tan absurdo, como si ahora estos hombres acosadores fuesen las víctimas o posibles víctimas. ¡No voy a llorar por estos señores que al final están puro cosechando lo que sembraron con sus muchos años de machismo y violencia! Y qué coincidencia que nos asocian con las brujas, porque así somos, y lo decimos con orgullo recordando nuestras antepasadas perseguidas, torturadas y asesinadas durante la Inquisición. Como decimos las feministas, somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar, las brujas feministas confabulando para ponerle fin al patriarcado dentro de nuestros espacios de trabajo y estudio.

Y si seguimos con la metáfora de la brujería, podríamos decir que se produjo un poderoso aquelarre en las Jornadas de Valdivia. El primer día y desde temprano ya se empezaba a percibir que esto no iba a ser un congreso más.  A las 10.40 de la mañana del martes mientras cuatro historiadoras feministas – yo, Gina Inostroza, Ximena Goecke y Javiera Robles – presentábamos ponencias en nuestra mesa de “Mujeres revolucionarias”, hubo una funa en contra de Luis Ortega en el auditorio del lado, organizada por el Círculo de Mujeres Historia de la Universidad Austral. “No + acosadores generando conocimiento”, decía su lienzo.

El repudio de las estudiantes y el impacto del caso en los medios nos llevaron a muchas de nosotras a cuestionar las razones por las cuales el comité organizador de las Jornadas hubiera decidido incluir su panel. Aunque, sin duda, una situación medio complicada por la absolución reciente, al momento de las postulaciones a las Jornadas Ortega todavía estaba en proceso de sumario y ya se había efectuado un paro largo por parte de lxs estudiantes de su departamento en la USACH. Lo que no cabe duda es que la inclusión de Ortega o era una abierta provocación a nosotras, las historiadoras que hemos estado luchando en contra del acoso sexual, o el resultado de un machismo tan normalizado y cegador en nuestra disciplina que ni siquiera se podía imaginar rechazar un panel de este historiador.  Como si sus posibles “méritos académicos” pudiesen blanquear o borrar las numerosas denuncias de acoso sexual (en ese momento, todavía pendientes).

Por lo impactante de lo que estaba ocurriendo, al abrir la mesa “Mujeres revolucionarias” yo aludí a lo que estaba pasando – ¡si como lo iba a poder dejar pasar! – recordándole al público que estos casos han sido parte de nuestra realidad como historiadoras feministas y también resaltando el trabajo feminista por parte de las estudiantes y sus esfuerzos para ponerle fin a estas prácticas.  Ese mismo día en la tarde, por ejemplo, hubo la “Concentración por un Chile sin Acoso ni Discriminación”, con el hashtag “#YODENUNCIO”, en la Plaza Italia de Santiago, organizada por la Coordinadora Feminista Universitaria, COFEU. Al momento de hacer estos comentarios, que considero una parte importante de mi quehacer cotidiano de ser historiadora feminista, que denuncia el acoso sexual y la violencia machista adonde sea, sentí el apoyo de mis compañeras del panel como también vi a muchas personas en el público del auditorio asentando con sus cabezas. O sea, no estaba diciendo nada que la gran mayoría de las personas ahí no sabían; ya todxs habíamos estado hablando de este caso durante meses.

Pocos meses después de la circulación de la carta el año pasado, empecé a comunicarme con Karen Alfaro, otra mujer historiadora feminista que trabaja en la Universidad Austral de Valdivia y que, además, estaba dentro del comité organizador de las Jornadas. Nuestra idea era bien simple: tratar de reunirnos como historiadoras feministas en Valdivia, aunque sólo fuese por un par de horas y aunque fuésemos pocas.  Al principio, de hecho, pensábamos que íbamos a ser bien pocas. En el mes anterior a las Jornadas varias amigas que invitamos nos terminaron excusándose, no porque no les interesaba, sino porque no habían conseguido financiamiento para llegar a las Jornadas – un problema muy común para las historiadoras, debido a nuestra extrema precarización laboral y poca representación dentro del selecto grupo de investigadores con financiamiento para viajar – o porque sus responsabilidades laborales o familiares – los eternos “cuidados” de que somos las principales responsables tantas historiadoras mamás – les imposibilitaban venir o quedarse para la reunión.

A la misma vez, Karen y yo empezamos a invitar a las estudiantes, viendo su participación como necesaria e importante, lo cual también fue reforzado por el hecho que tanto Karen como yo hemos trabajado con diferentes organizaciones estudiantiles feministas en nuestras universidades. En mi caso, por ejemplo, he trabajo muy de cerca con la Vocalía de Género y Sexualidades de la UDP, como también con muchas mujeres estudiantes de diversas universidades en la Coordinadora Feministas en Lucha, al momento de organizar la marcha por el aborto libre, seguro y gratuito todos los 25 de julio. Karen, por su lado, invitó al colectivo “Círculo de Mujeres” de la UACH, que justo había participado en la funa contra Ortega y había circulado un flyer, “No más machitos escribiendo la Historia” en toda la universidad. Yo también invité por mail a varias jóvenes investigadoras y estudiantes feministas, pensando que les podía interesar, tal vez, nuestra reunión.

Así, el 25 de octubre de 2017, tuvimos nuestra primera reunión como historiadoras feministas, con la participación de más de 25 mujeres. Mujeres de Iquique, Concepción, Arica, La Serena, Talca, Osorno, Chiloé, Santiago, Valdivia, y muchos otros lugares más; mujeres lesbianas, mujeres campesinas, mujeres indígenas, mujeres feministas de trayectorias activistas muy largas y otras no tanto, mujeres historiadoras todas.  Nos presentamos y nos conocimos; nos enrabiamos y nos reímos. Nos maravillamos frente el hecho de poder, al fin, vernos y hacer algo colectivo. Hablamos de redes de confianza y apoyo y de nuestras realidades compartidas en los diferentes espacios académicos, como profes y como estudiantes. Hubo muchas denuncias de los desafíos y problemas que enfrentamos por ser historiadoras mujeres: la falta de reconocimiento de nuestras producciones y nuestros conocimientos, el extremo machismo que enfrentamos todos los días, tanto en la universidad como en las calles y en nuestros hogares, nuestra impotencia y rabia frente a los acosos y la violencia que vivimos en nuestras universidades, la frustración y la precariedad de nuestras escasas opciones laborales e investigativas; la sensación de que durante mucho tiempo la Historia sólo ha sido una disciplina hecha por y para los hombres.

Hace poco en una charla magistral sobre historiografía y feminismo que di en la UDP, invitada por estudiantes de Historia de diversas universidades santiaguinas, hubo una pregunta, bien intencionada, sin duda, pero que parecía cuestionar, en algo, la validez de organizarnos como mujeres dentro de nuestra disciplina. Como si ese tipo de “cuoteo” por género, una vieja estrategia, no cabe duda, estaba destinado al fracaso, justo porque no ahondaba en las diferencias políticas- o de otro tipo – entre mujeres. Y estoy de acuerdo, evidentemente, pueden existir mujeres historiadoras machistas, heterosexistas, racistas, clasistas y, hasta, violentas. Ninguna feminista disputa eso, pero eso no es el punto. En áreas adonde las mujeres hemos sido históricamente poco representadas y sistemáticamente discriminadas, todavía es del todo relevante organizarnos justamente en torno a ser mujeres. Al momento de que no enfrentar barreras como mujeres, y surgen otras demandas, ya no habrá razón para organizarnos así, pero esa no es nuestra realidad actual en Chile. Esta organización “estratégica” en torno a ser historiadoras no disputa, tampoco, que la categoría de “historiadoras” es un grupo muy diverso entre sí, como decía antes, estamos hablando de mujeres muy diferentes entre sí, en términos de edades, regiones, etnicidades/razas, orientaciones sexuales e identidades de género. Pero sí mujeres.  ¿Por qué?

Porque nunca ha habido hasta ahora una mujer Premio Nacional de Historia pero sí hay premios nacionales de la Historia que nos denigran con su machismo y su lesbo-transfobia, dudando de nuestras denuncias, como Gabriel Salazar hace tan poco.  Porque no hay un área de Estudios de Género y Feminismo dentro de Conicyt, pero sí nuestros acosadores pueden seguir siendo miembros del grupo de estudios de Historia que califica nuestras postulaciones a proyectos y becas. Porque el número de mujeres que logramos publicar libros y artículos sobre la Historia sigue siendo ridículamente pequeño en comparación con los hombres. Porque la cantidad de mujeres historiadoras que llegan a ser profesoras asociadas y tituladas es abrumadoramente minoritaria en comparación con las mujeres atrapadas en los rangos inferiores de la jerarquización o que ni siquiera son jerarquizadas porque son eternas profesoras taxi, dando clases como profes part-time en múltiples universidades y de forma mal remunerada. Porque todavía hay muchos programas de estudio en cursos de Historia que no incluyen ni una sola mujer en sus bibliografías, ni tampoco mujeres como sujetas históricas en sus contenidos. Porque todavía tenemos que explicar una y otra vez, que no estamos siendo ni dramáticas ni histéricas, que son otras formas de ridiculizar y violentarnos; que no seremos mujeres sumisas y calladas sólo para quedar bien en nuestras facultades y esperar las migajas de la Historia patriarcal. Porque no nos creen y no nos valoran. Háblame después de cambiar todo esto y ahí veremos si todavía sigue siendo necesario o no hablar desde ser mujeres historiadoras y organizarnos como tal.

Después de finalizar nuestra primera reunión de la Red de Historiadoras Feministas, me di cuenta que tenía pendientes varios mensajes de amigas que me querían contactar urgentemente. Una me llamó por teléfono y me contó que de alguna forma – que no vale la pena explicar en detalle – Luis Ortega se había enterado de lo que yo había dicho sobre ser historiadoras feministas y la lucha contra el acoso en nuestra mesa del día anterior. Según esta amiga – y haciendo eco también de otro mensaje que una amiga historiadora me había enviado desde Santiago el día anterior – Ortega me quería contactar, básicamente con la intención de amenazarme, de amedrentarme, insinuando que me podía llevar a tribunales por injurias. Lo que le dije a mi amiga por teléfono, y que después repetí a muchas más que estaban ahí mismo saliendo de la reunión (y después a muchas muchas más por redes sociales), es que él me puede amenazar todo lo que quiera, pero de ninguna forma me va a poder callar. No NOS va a hacer callar.  ¿Cómo no? Si no pudo silenciar tampoco a las propias estudiantes, que tienen tanto más que perder que yo. Y si me quiere ver en tribunales, que así sea, pero yo no estaré allí sola. Sino que tendrá que lidiar también con todas las historiadoras, las feministas y las acosadas, que ya nos hemos levantado y hemos dicho con total claridad: nunca más solas.

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