Pelearse con el borracho del bar

Patricio Navia, El Líbero

Aunque los ricos también lloren, cuando los pobres creen que su propio sufrimiento es causado por los ricos, hay poco espacio para que los pobres sientan solidaridad con la injusticia de ser caricaturizado como un delincuente.

La sorpresiva decisión de Andrónico Luksic, el líder del grupo empresarial más poderoso de Chile, de salir públicamente a defenderse de las destempladas acusaciones del diputado Gaspar Rivas, electo en la lista de la derecha, le hace más daño que bien a la imagen del empresario. Porque genera una oportunidad para que Rivas escale y expanda sus acusaciones, la declaración de Luksic, subida a Youtube, equivale a trenzarse en una riña de bar con un borracho. Porque el borracho no actúa racional ni razonablemente, el sobrio que entra a esa pelea no tiene cómo ganar. Incluso ante los observadores, el borracho podrá usar después, como atenuante, la explicación de que estaba ebrio. Pero el sobrio, a lo más, se habrá ganado una reputación que atraerá a más borrachos a pelearse con él.

Las acusaciones de Rivas deben ser entendidas en un contexto de creciente desconfianza popular ante todo lo que huela a poderoso. Si en el mundo hay una preocupación creciente por la alta concentración del ingreso y de la riqueza, el discurso público reciente en Chile ha convertido a la desigualdad en la principal amenaza a la estabilidad democrática. La seguidilla de escándalos de colusión ha alimentado la percepción de que los ricos tienen dinero porque abusan de los pobres. Como los escándalos de financiamiento de campaña muestran la cercanía del poder económico y el poder político, se ha profundizado la desconfianza natural que tiene la gente hacia los poderosos.

Ya en la campaña de 2013, varios candidatos lograron atraer la atención al hacer campaña contra los poderosos. Franco Parisi, que obtuvo el cuarto lugar, convirtió a los grupos Luksic y Agelini en sus punching bags favoritos para demostrar que él era el candidato que se pelearía con los poderosos. En 2014, cuando impulsó la primera versión de la reforma tributaria, el gobierno de Michelle Bachelet elaboró un spot publicitario que hablaba contra los poderosos de siempre. Ahora mismo en Estados Unidos, las campañas de Donald Trump y Bernie Sanders se basan en un discurso anti-establishment. Hacer campaña contra los poderosos suma votos.

Porque los poderosos son sospechosos de abusar, coludirse y corromperse, cualquier acusación que se haga contra ellos encuentra un terreno fértil de credibilidad en la opinión pública. La misma lógica de discriminación del control preventivo de identidad que afecta a los jóvenes de bajos ingresos aplica también cuando se acusa a los poderosos. Ante la opinión pública, los poderosos son culpables a menos que demuestren fehacientemente lo contrario.

Por eso cuando el diputado Rivas aprovechó la tribuna de la Cámara de Diputados para acusar a Luksic de delincuente y tildarlo, literalmente, de hijo de puta, la extemporánea acusación caló hondo en una ciudadanía desconfiada. Como las redes sociales amplifican las acusaciones y los escándalos —y buena parte de la prensa sigue la pauta de las redes en vez de generar su propia pauta—, el video con la acusación de Rivas se viralizó.

La trayectoria política errática de Rivas debiera inducir a la audiencia a no tomar en serio sus declaraciones. Después de haber sido electo por RN en 2009, Rivas renunció al partido en 2012, pero volvió para ser candidato en 2013. El diputado —que también se hizo conocido por informar a los medios que encontró una novia de Europa del Este por Internet (affaire que no prosperó cuando ella decidió quedarse en su país)—, ha ganado fama por sus intervenciones verbalmente agresivas en la Cámara. Si el hemiciclo fuera un bar, Rivas sería lo más cercano a ser el borracho del lugar.

Pese a ese historial, Luksic optó por responder los insultos del diputado. Después de haber resistido entrar al ruedo ante las acusaciones que lo vinculaban con el escándalo Caval (por su reunión con Sebastián Dávalos y Natalia Compagnon, en su calidad de vicepresidente del Banco de Chile, y por sus reuniones posteriores con Compagnon), Luksic no se aguantó y respondió el insulto histriónico del diputado derechista.

Si bien las declaraciones de Luksic son razonables (incluso hace un mea culpa por reunirse con Dávalos y Compagnon), la oportunidad que ahora da Luksic a que Rivas lo interpele y amplifique sus acusaciones hacen que los costos de romper el silencio superen con creces los beneficios de salir a dar explicaciones.

Ser poderoso da muchas ventajas. Pero también implica algunas desventajas. Cuando te insultan públicamente, aunque sea de manera injusta, no tiene sentido victimizarse. Para los no poderosos que continuamente son víctimas de abuso y observan los privilegios a los que acceden los poderosos, resulta muy difícil simpatizar con el sufrimiento de alguien tan poderoso como Luksic. Aunque los ricos también lloren, cuando los pobres creen que su propio sufrimiento es causado por los ricos, hay poco espacio para que los pobres sientan solidaridad con la injusticia de ser caricaturizado como un delincuente.

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