¡No queremos volver a 1931, queremos aborto libre ahora!

Hillary Hiner, The Clinic

Mientras se sigue debatiendo la letra chica de esta ley de tres causales que sólo nos devolvería los derechos ya ganados hace más de setenta años, nosotras seguiremos abortando. Abortando porque se rompió el condón, porque nunca hubo ningún condón, porque no se quiere tener (ahora o nunca), pero abortando al fin y al cabo.

El sábado, 30 de mayo de 1931 apareció en el primer plano del diario La Nación un pequeño cuadrado con el título: “Hoy será promulgado”. Lo que se estaba informando era la publicación en el Diario Oficial del nuevo Código Sanitario, que incluyó, entre muchas otras cosas, la aprobación del aborto terapéutico. Sobre esto el diario señala: “El nuevo Código contiene reformas fundamentales especialmente en lo que se refiere al antiguo Título IV y a la protección de la madre”. Noten que no hubo cambios al Código Penal de 1874; por ende, el aborto seguía siendo un crimen. Pero lo que se estaba proponiendo, fundamentalmente, con este nuevo código, era la idea que existían situaciones médicas – vinculadas en su gran mayoría con la salud física de la embarazada y la viabilidad del embarazo – que podían justificar ciertos casos de aborto (previamente aprobado por un equipo de tres médicos), aun siendo este criminalizado. Y, más encima, se estaba promulgando este nuevo código para “proteger” a las madres; esto seguramente iba con la idea de que la mayoría de las mujeres de esa época que abortaban ya tenían otros hijos/as (y no querían que ella muriera por un aborto mal hecho) y/o por la posibilidad de que los abortos poco higiénicos podían provocar la esterilidad. Los abortos terapéuticos eran “excepciones a la regla”, pero excepciones que, siendo planteadas desde la medicina social, la higiene y el progreso, eran del todo entendibles para toda la sociedad.

Ahora, en el año 2017, al escuchar los debates sobre la Ley de Despenalización de la Interrupción del Embarazo en Tres Causales en el Senado y la Cámara de Diputados durante los últimos días, me pregunto, ¿qué ha pasado como para que la clase política en Chile, al parecer, tiene menos “sentido común” y menos sensibilidad que sus antepasados homólogos de 1931? ¿Cómo es posible que existan partidos y activistas que están dando la pelea sólo para devolvernos al estatus quo de principios del siglo XX? ¿Si ya hemos avanzado en tanto más desde los años 30 no será tiempo también para confiar plenamente en las mujeres, en sus capacidades para decidir sobre sus propios cuerpos? ¿No será ya tiempo para empezar a hablar de “aborto libre” y dejar atrás esta noción anticuada de lo “terapéutico”?

Desde una perspectiva histórica, otro detalle no menor del Código Sanitario de 1931 es que empezó a regular con mucha más atención el trabajo de las matronas, quienes, hasta ese momento, habían sido durante siglos, las principales expertas en todo lo que era la salud reproductiva de las mujeres y el parto. Desde este código en adelante, ya se ve claramente que el trabajo de las matronas iba a ser cada vez más “supervisado” por un doctor (generalmente un hombre), y, así, los partos de las mujeres eran cada vez más “medicalizados” y masculinizados.

¿Por qué menciono esto? Por dos razones, primero, creo que tenemos que empezar a pensar todo lo relacionado con la salud reproductiva de las mujeres, incluyendo el parto y el aborto, como dentro de una sola línea holística, dentro de la cual debemos involucrar mucho más el acompañamiento feminista. Está en boga hoy en día hablar de la “violencia obstétrica” y los partos como experiencias adonde las mujeres debemos tener más injerencia (hasta el punto de poder parir de forma desmedicalizada, en la casa y con una doula). Estoy totalmente de acuerdo con estas luchas y son bien necesarias, pero también tenemos que reconocer que no hay violencia más grande que forzar una mujer a parir en primera instancia. Eso es tortura, y si esa mujer está pariendo como resultado de violación o incesto, si no es una mujer, sino una niña, es tal vez aún más grave esa tortura psicológica. No obstante, la mera idea de forzar una mujer a gestar durante nueve largos e incómodos meses una criatura que ella no quiere tener – que sólo “presta el cuerpo” para ocupar una frase de la derecha – es, de por sí, totalmente abominable y espeluznante.

También sabemos que muchas mujeres que abortan ya son madres y que deciden por el aborto porque no cuentan con los recursos económicos, sociales o, incluso, emocionales, como para tener otro hijo/a. Ahora, al igual que la mujer sin hijos/as, si esa mujer tiene recursos, tiene opciones: puede viajar fuera del país o ir a una clínica privada. Mujeres como la diputada UDI Claudia Nogueira, quien habló de su propio “aborto retenido” –seguramente muy bien atendida en una de las clínicas más exclusivas del país-, pero que niegan, tajantemente, este derecho para otras mujeres. La mujer pobre en Chile NO tiene opciones. Esto no se debería entender como un problema moral, sino un problema netamente de salud y de clase. Que ella decida; las madres también abortamos.

Segundo, tenemos que reconocer lo que es nuestra realidad: las mujeres sí abortamos en Chile y lo seguiremos haciendo, con o sin permisos. Esto es particularmente el caso por el uso, ya muy generalizado y del todo conocido, de las pastillas para abortar. Aunque desde los años 90 se dice que en Chile hay 150.000 abortos al año, la realidad es que probablemente son mucho más y un gran porcentaje de éstos son abortos “médicos”, esto es abortos que se hacen principalmente a través del uso de misoprostol (o sólo o en conjunto con mifepristona). Se consiguen estas pastillas en el mercado negro, lo cual aumenta su precio y los riesgos para la salud.

Una vez conseguidas las pastillas, existen condiciones muy diversas entre sí a la hora de ocuparlas, pero sabemos que existen muchos casos de acompañamiento feminista en ese proceso. Esto tampoco es nuevo; si nosotras las feministas, como las brujas, siempre hemos acompañado a las mujeres y hemos sido demonizadas por lo mismo, pero tal vez lo que sí ha ocurrido es una cierta “democratización” de este acompañamiento. Son cada vez más las mujeres jóvenes que mueven pastillas a bajo costo y hacen acompañamientos feministas. Tal vez no es lo mejor, porque todavía hay muchos riesgos para todas las involucradas, pero es lo que hay. Insisto: esto es algo que ya está pasando todos los días, a pesar de las políticas draconianas criminalizadoras del Estado.

Entonces, mientras se sigue debatiendo la letra chica de esta ley de tres causales que sólo nos devolvería los derechos ya ganados hace más de setenta años, nosotras seguiremos abortando. Abortando porque se rompió el condón, porque nunca hubo ningún condón, porque no se quiere tener (ahora o nunca), pero abortando al fin y al cabo. Y nosotras seguiremos marchando, marchando todos los 25 de julio, día de la Marcha por el Aborto Libre, Seguro y Gratuito, organizada por la Coordinadora Feministas en Lucha, hasta que tengamos el derecho de decidir por sobre nuestros propios cuerpos. Si tú también crees que las mujeres debemos tener ese derecho o si estás muy frustrado/a con cómo los partidos se han burlado de las mujeres últimamente, ni siquiera devolviéndonos ese derecho que ya conseguimos en 1931, entonces, ¡nos vemos en la calle! ¡Todxs a Plaza Italia este martes, 25 de julio a las 18.00 hrs!

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