¿Museo de la Memoria vs. Museo de la Democracia?

Gabriel Cid, La Tercera

SEÑOR DIRECTOR
Ya que el Museo de la Memoria cumpliría una función ético-testimonial y no historiográfica, como si eso le restase mérito, han surgido voces que llaman a la formación de un Museo de la Democracia -idea sugerida por el Presidente en 2017-, a modo de contrarrestar la narrativa parcial que tendría el guión del primero, al decir del fugaz ministro Rojas.
Más allá de la reprochable creencia de que una mayor contextualización permitiría justificar lo injustificable -la violación de los DD.HH.-, me gustaría llamar la atención sobre los inevitables problemas que la alternativa “museística” proyectada supondría.
El más evidente de todos es obviar los diversos significados del concepto de democracia, así como las disímiles valoraciones de las que ha sido objeto. La premisa latente en quienes defienden esta postura es creer en una definición ahistórica de la democracia que la homologa a su versión liberal-representativa. Esto implicaría incurrir en el mismo ejercicio de parcialidad histórica que se le reprocha a sus antagonistas, haciéndole un flaco favor a la comprensión y valoración de la democracia, al despojarla de sus nudos controversiales.
El riesgo es construir una visión edulcorada de la democracia, que minimice su historial de exclusiones, maquille sus eventuales rechazos en la trayectoria de los grupos que devienen ahora en sus paladines -de lado y lado-, y, finalmente que omita que incluso la “ejemplar” transición a la democracia se logró a costa de la impunidad y la neutralización del principio de la soberanía popular ante el poder fáctico de los militares. Ironías de la historia.

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