Lula en contexto

Cristián Castro, El Mostrador

La presente columna fue escrita por el académico UDP Cristián Castro y publicada en El Mostrador.

En ella el Licenciado en Historia se refiere al proceso judicial que involucra al expresidente Lula da Silva en una red de corrupción y lo compara con los casos de corrupción que han salido a la luz pública en nuestro país durante los últimos años.

El proceso judicial que involucra al expresidente Lula da Silva en una red de corrupción público-privada en Brasil, ha servido de inspiración para la prensa chilena, tratando el caso como un ejemplo más de corrupción dentro de la izquierda latinoamericana carente ya de todo relato. Algo de eso hay, pero es más complejo que la mera caricatura. Más allá de lecturas ramplonas e intencionadas, el caso de Lula debiera servir como una puerta de entrada para pensar el tema de las nuevas formas del clientelismo político latinoamericano desde una perspectiva más amplia. Con una clase política que históricamente ha tratado de diferenciarse del resto de América Latina, reproduciendo la idea de que “el problema no es Chile, es el barrio”, cabe preguntarse: ¿Somos realmente tan distintos al resto del barrio a la hora de hablar de corrupción política?

Un poco de contexto. Países como Argentina, Brasil y Chile (por nombrar tres) pasaron por procesos históricos comparables durante el siglo XX: modelos de desarrollo sustitutivo de importaciones, populismos, golpes de estado, dictaduras y redemocratización. Todos estos procesos tuvieron como telón de fondo la disyuntiva ideológica que planteaba la Guerra Fría. En la mayoría de los casos, las colonizadas elites locales se alineaban con un anticomunismo que tenía como correlato militar la articulación de la lógica del enemigo interno, difuminadas en instancias como la Escuela de las Américas. La historia es dramática pero relativamente conocida, por lo que no vale la pena detenerse más en ese macro-relato explicativo. Lo que sí me interesa relevar es el hecho de que también son comparables los periodos post-dictatoriales, y en particular, focalizarnos en dedicarle un par de líneas a la reconstrucción de las distintas “formas de hacer política”.

Después del retorno a la democracia en los distintos países de América Latina, quedó claro que las lógicas de democracia participativa existente hasta antes de los golpes no tendrían lugar en los nuevos contextos. El caso chileno refleja el paroxismo de esta argumentación. La constitución del 80 garantizó que una minoría retuviese el poder vía senadores designados, quórums calificados, etc. En pocas palabras, el capital se aseguró que las riendas del poder fuesen más cortas. Se quería evitar que alguna futura mayoría pudiese poner en riesgo la naturalizada repartición de la plusvalía que acompañaba el desarrollo del libre mercado.

En el caso de Brasil, Lula llegó al poder después de Fernando Collor de Mello y Fernando Henrique Cardoso. La administración de FHC profundizó el proceso privatizador lanzado por el destituido Collor de Mello, primer presidente elegido directamente después de la dictadura. En corto, durante el mandato de FHC se privatizaron empresas de propiedad estatal en áreas sensibles como la siderúrgica, la minería y las comunicaciones. Una historia también conocida por nosotros. Es en este contexto donde Ignacio Lula da Silva es electo en el 2003 como candidato del Partido de los Trabajadores (PT). En su primer discurso como presidente, Lula prendería las alarmas entre los asustados inversionistas, declarando abiertamente su intención de desmarcarse de sus predecesores, entendiendo que su elección reflejaba “el agotamiento de un modelo que, en vez de generar crecimiento, produjo estancamiento, desempleo y hambre; ante el fracaso de una cultura del individualismo, del egoísmo, de la indiferencia ante el prójimo, de la desintegración de las familias y de las comunidades.” Pero Lula no representaba un radical que quisiera establecer una tabla rasa, tenía meridiana claridad del contexto local y global. En la práctica, Lula, ferviente católico, acompañó el desarrollo de políticas públicas como la Bolsa Familia y Fome Cero, que buscaban erradicar la extrema pobreza y el hambre en uno de los países con mayor desigualdad en el ingreso con medidas económicas que transformarían a Brasil en la octava economía del mundo, y en donde más de 20 millones de personas salieron de la pobreza extrema. Nuevamente, un panorama similar a lo acontecido en Chile durante los gobiernos de La Concertación. El chorreo permitía redistribuir en la medida de lo posible.

Los procesos judiciales contra Lula son parte de lo que la prensa denominó la causa Lava Jato (Lavado rápido de autos), investigación sobre corrupción política que comenzó hace más de tres años inicialmente en la petrolera estatal, Petrobras. Supuestamente, parte de los dineros de esta red de corrupción fueron destinados al financiamiento de partidos políticos, destacando el PT de Lula y Dilma Rousseff. Recientemente, Lula fue condenado a 9 años y 6 meses por corrupción pasiva y lavado de dinero, en una arista de la investigación relacionada a un departamento triplex ubicado en Guarujá. La defensa tiene instancias de apelación, y el futuro del popular ex mandatario podría ser el ir a la cárcel o, en esos giros macondianos que nos caracteriza, salir electo presidente. Una situación que, digámoslo, tampoco nos es tan desconocida.

En nuestros casos de corrupción política como SQM, Penta, entre otros, reflejan un panorama con similitudes claras. En el periodo post-dictatorial, el capital buscó la forma de mantener una suerte de statu quo de las reglas del juego mediante el financiamiento de campañas políticas, o para no caer en eufemismos, en la compra de parlamentarios productores leyes, literalmente, dictada por el capital. De esta manera la ley de pesca se construyó, entre otras cosas, con el fin de velar por los intereses de las pesqueras, lo mismo con la minería, y otros sectores productivos. La corrupción se normaliza y se transforma en ley.

La frase apócrifa, atribuida a Mark Twain, “La historia no se repite, pero rima”, captura muy bien la idea de que hay ciertos procesos históricos que no se repiten exactamente igual, por razones obvias, pero que, sí poseen patrones comunes, comparables. A finales de los años 80s, el actual alcalde de Las Condes, Joaquín Lavín, en ese momento editor de Economía y Negocios de El Mercurio, publicaba un artículo titulado: “Chile: Adiós a Latinoamérica”. Frase grandilocuente que refleja(ba) la ignorancia aspiracional de nuestra mediocre clase política, describe muy bien la cosmovisión de parte importante de nuestra élite, que trato, y sigue tratando de construir realidad a partir del discurso “el problema no es Chile, es el barrio”.

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