Los otros Quintero-Puchuncaví ¿Zonas de Sacrificio?

Antonia Zambra, El Dínamo

A propósito de la creciente incorporación del término “Zonas de Sacrificio” en nuestro vocabulario cotidiano para denunciar los recientes episodios de intoxicación por contaminación atmosférica y presencia de metales pesados en la bahía de Quintero y Puchuncaví, es que me detuve a pensar en la utilización de esta denominación en tanto pudiese hacernos creer que se trata de una categoría excepcional dentro de la realidad socioambiental y territorial de nuestro país.

“Zonas de Sacrificio” hay muchas. Hay tantas, proliferando a lo largo y ancho de Chile, que más de alguno se habrá preguntado por la pertinencia del término para explicar lo que efectivamente está ocurriendo aquí y en otras regiones del continente. Zonas tan conocidas como el caso de Quintero y Puchuncaví, tales como Tocopilla, Mejillones, Huasco o Coronel, que también se encuentran enfrentando graves problemas de contaminación o escasez de recursos. Existen otras Zonas también, más invisibilizadas y/o marginadas del debate y la opinión pública y que, al igual que las antes mencionadas, han estado obligadas a responder, en mayor o menor medida, al modelo económico basado en la extracción y explotación intensiva de los recursos naturales, así como también, a asumir los costos ambientales que esto conlleva.

Y con esto me gustaría detenerme en el caso de la Región Metropolitana donde, según el último censo 2017, habita alrededor del 40,5% del total de población del país. Basta tan solo desplazarnos unos kilómetros del Gran Santiago para evidenciar lo que está ocurriendo en comunas rurales de la región tales como Tiltil, Alhué, San Pedro de Melipilla o María Pinto. Lugares menos conocidos en el ámbito mediático y que son también potenciales “Zonas de Sacrificio”.

Alhué, por ejemplo; comuna que hace 50 años ha venido desarrollando una intensa actividad minera y que el día de hoy tiene al estero del mismo nombre completamente seco. Los relaves mineros, además, han provocado una fuerte presencia de polvo en suspensión, así como contaminación del suelo y de las aguas que han influido en los actuales problemas de salud que enfrenta la localidad del El Asiento, con casos cada vez más frecuentes de silicosis y cáncer.

O San Pedro de Melipilla, cuya pérdida sistemática en la disponibilidad de agua – como resultado del sobre otorgamiento de derechos de aprovechamiento de las aguas del acuífero El Yali Alto a empresas de la agroindustria – tiene actualmente a la comuna enfrentando una grave situación de escasez hídrica. Además de falta de agua para beber y cubrir necesidades básicas de la población (especialmente en las localidades de Santa Rosa, Culenes y el Prado), la comuna ha debido hacer frente a la gradual desaparición de la actividad agrícola producto de la disminución de agua en pozos y norias.

María Pinto, por otro lado, donde la instalación de empresas productoras de pollo a partir de la década de 1990, y posteriormente la plantación de monocultivos de paltos, nogales, almendros en la década del 2000, han influido de manera gradual contaminación de las aguas del Estero Puangue, utilizada para bebida y regadío y que ha traído como consecuencia escasez de agua, contaminación de las napas subterráneas, problemas a la piel, animales muertos, entre otros.

En base a lo recién expuesto, y retomando la idea inicial acerca de la validación del término “Zonas de Sacrificio”, la Real Academia Española provee una definición que me parece relevante de exponer con el fin de movilizar ésta y posteriores reflexiones: “Poner a alguien o algo en algún riesgo o trabajo, o abandonarlo a muerte, destrucción o daño, en provecho de un fin o interés que se estima de mayor importancia”.

Si tomamos esta explicación del concepto y la aplicamos a la idea de las “Zonas de Sacrificio”, surgen varias interrogantes ¿Poner en riesgo a qué/quien(es) en provecho de qué/quien(es)? ¿Se trata de sacrificar un territorio para salvaguardar otros? Y si a esto le agregamos que las “Zonas de Sacrificio” no constituyen una excepción sino más bien una generalidad ¿Se trata entonces de normalizar la existencia de territorios sacrificados? ¿Para qué? ¿Para sostener un modelo? ¿Un estilo de vida?

Las “Zonas de Sacrificio” no son espacios excepcionales, al contrario, son los lugares de nuestra vida cotidiana. Lugares donde crecemos y forjamos arraigo e identidad. Lugares donde el aire, los ríos, el mar, la tierra, la biodiversidad no son necesarios, sino que indispensables para existir, habitar y permanecer. Lugares que, en este caso, no estamos dispuestos a sacrificar.

Leer en El Dínamo