Los de arriba y los de abajo

Claudio Fuentes, Radio Cooperativa

A veces, una declaración espontánea refleja con prístina claridad los dilemas que enfrenta la sociedad. Refiriéndose al procedimiento para establecer una nueva Constitución, José Miguel Insulza sostuvo en un foro universitario que “(…) realmente creo que un buen proyecto o una buena propuesta, con alternativas y  todo, podría haber sido puesta a disposición de las fuerzas políticas, y de ahí hacia abajo.”

Así es. Un importante segmento de la élite política y económica de este país sinceramente cree que es posible construir una democracia desde arriba. Bastaría una buena propuesta de un grupo selecto de iluminados para conseguir el objetivo de contar con reglas del juego adecuadas para una República.  ¿Podría ser de otra forma? Piensan ellos. Así se construyó Chile.

Primero fueron los hacendados, luego le correspondió a esa intelectualidad que emergió desde la riqueza de la minería. Un selecto grupo de políticos, empresarios e intelectuales (bien intencionados, piensan ellos) que dieron orden y estabilidad a la patria. Repitamos la historia de 1833, de 1925 o de 1989.

Se trata de un modelo elitista que se refuerza una y otra vez. ¿Cómo es posible que la gente común participe de la elaboración de algo tan complejo como un texto constitucional?

¿Cómo es posible que menores de edad puedan opinar si ni siquiera saben donde están parados?

¿Por qué no mejor ahorrarse esto de la participación y escribir un texto y someterlo a un plebiscito?

Se argumenta que este proceso desde arriba sería mejor pensado, más eficiente, y aseguraría orden y estabilidad a un proceso plagado de incertidumbres. Abrir la democracia a la consulta ciudadana—piensan sus detractores—provoca serias limitaciones porque poca gente participará; lo harán aquellos más organizados y sus ideas probablemente serán tomadas poco en cuenta. Pero, lo más importante, en ese proceso no estarían los actores relevantes, aquellos que importan.

Insulza agregaba con su usual sentido realista: “dejémonos de cuentos: o sea, van a participar -yo espero que participe mucha gente-, pero van a ser más los míos que van a participar que los otros, y eso ya le quita precisamente el consenso que dice que estamos buscando”.  Es decir, al abrir la democracia, muy probablemente se expresarían las fuerzas sociales y políticas de la centro-izquierda. El consenso, en cambio, habría que buscarlo en otro lado, en la élite, porque es allí donde ocurre la política. La negociación debe ocurrir en las cumbres del poder, y una vez que eso ocurra, debe bajar hacia el pueblo.

La otra posición favorece una decisión desde abajo. Esto porque si las reglas las colocan los de arriba, se produciría una repartición de poder favorable a quienes lo detentan. Entonces, le corresponde a la ciudadanía determinar el tipo de reglas que desea tener. Pero como la realidad política e institucional imposibilita aquella opción, la Presidenta de la República buscó provocar mecanismos de participación para abrir el juego democrático.

Se impulsa un mecanismo de participación no vinculante buscando señalar que en este proceso la gente tiene algo que decir. La propuesta del gobierno, en este sentido, va en contra de más de 200 años de vida republicana. Rompe la tradición de, primero, negociar en las cumbres, e ir hacia abajo, como precisamente lo sostuvo Insulza.

Ahora bien, como la propuesta es contra-intuitiva, genera malestar en las élites económicas y políticas. Incomoda que la gente se pronuncie sobre temas vedados como la propiedad, los derechos colectivos, el reconocimiento de pueblos indígenas, los derechos sociales o las formas de gobierno. ¿Por qué o para qué generar una expectativa de participación si nunca lo hemos permitido?

Probablemente Insulza tenga razón en su crudo diagnóstico sobre el resultado.Probablemente las élites terminarán negociando algo en los pasillos del Congreso Nacional. Es lo que debiésemos esperar entre 2017 y 2018.

Sin embargo, si este proceso de participación ciudadana alcanza cierto momentum, para quienes negocien la nueva Constitución resultará cada vez más difícil encerrarse en una cocina y negociar las reglas que ellos desean. La participación ciudadana incidente, podría traducirse en una presión social por sentarse en aquella cocina.

En un contexto de crisis de representatividad y de mayor observación ciudadana ¿se atreverán los congresistas de 2018 a señalar que serán ellos solos—en una comisión bicameral—los encargados de escribir un nuevo texto?

¿O tendrán que abrirse a considerar una fórmula mixta o un llamado a plebiscito o de una asamblea?  La decisión que tomen los de arriba dependerá de cuán organizados lleguen a estar los de abajo para presionar por sentarse en aquella mesa. Los de arriba vs. los de abajo se llama esta película.  

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