Lecciones de Oslo 25 años después

Pablo Álvarez, El Dínamo

Hace 25 años se firmó en Washington lo que se conoce desde entonces como acuerdos de Oslo. En la capital noruega se habían reunido representantes de la Organización de Liberación Palestina (OLP) y del estado de Israel para negociar la paz, el resultado fue un acuerdo marco, es decir, una base de discusiones. Este acuerdo llevó al proceso de paz, que finamente terminó abortado por el peso de las circunstancias y el recrudecimiento de las hostilidades. El sentido común israelí y norteamericano culpa del fracaso a la supuesta intransigencia palestina, intransigencia en el tema del retorno de los refugiados, del estatus final de Jerusalén, pero sobretodo de la falta de voluntad para controlar a los grupos más radicales de Palestina: Hamas y Yihad Islámica.

Si bien es plausible esa tesis, resulta evidente que quienes tenían mayor poder negociador era Israel, un Estado plenamente constituido, con unas Fuerzas Armadas poderosas y una economía en forma. Los palestinos habían sido flexibles en cuestiones claves de la negociación, como las líneas fronterizas (no se construiría el futuro estado palestino sobre la línea trazada en 1947 en el Plan de Partición de la ONU) también habían aceptado que el futuro estado palestino no dispusiera de Fuerzas Armadas, la defensa de Palestina la haría Israel. La tesis de Edward Said, el eminente intelectual palestino-estadounidense, que trabajó para la OLP, señaló que el proceso de paz nació muerto, un Estado palestino en esas circunstancias no era un estado viable, iba a ser un estado muy dependiente en lo económico y militar de su vecino Israel. En cambio, Said valoraba la posibilidad de un estado para ambos pueblos, lo que significaría que Israel no podría ser un estado solo para judíos, sino un estado multinacional.

El asesinato de Isaac Rabin a manos de un radical de extrema derecha israelí y la llegada al poder de Benjamín Netanyahu (1996-1999 fue su primer mandato, pero que retomó desde el 2009 hasta la actualidad), el que comenzó una lenta pero eficiente hegemonía política de la extrema derecha en Israel, ha significado que cualquier posibilidad de retomar el procesos de paz se vea como ilusorio. Sectores radicales de derecha que participan en el actual gobierno de Netanyahu, consideran que toda la tierra palestina debería pertenecer a Israel, además el estado israelí financia escuelas talmúdicas (yeshiva) que permiten a los que entran en ella evadir el servicio militar (muy estricto en Israel) además viven de las subvenciones del estado. Esos sectores, entre otros, pueblan la extrema derecha israelí, que no está dispuesta a ninguna base de negociación con los palestinos. Además en julio de esta 2018 el parlamento israelí, la Knesset, aprobó la ley que establece que el estado de Israel es un estado judío, lo que deja fuera a la población árabe musulmana que viven dentro desde la fundación del Estado de Israel en 1948, además destruye cualquier posibilidad de una solución de un estado binacional, como la soñó Said.

Los palestinos, por su parte, confiaron en los acuerdos de paz hasta la muerte de Arafat en 2004, las disputas internas en la Autoridad Nacional Palestina, creada por los acuerdos de Oslo, sumado a la llegada al poder en Gaza de Hamas han debilitado la posibilidad de retomar las negociaciones. Sin embargo, los negociadores palestinos Saeb Erekat entre ellos, no han dejado de trabajar por una solución negociada. Ciertamente las perspectivas hoy son negativas, pero lo que dejó Oslo, al menos, es la base de entendimiento mutuo, el reconocimiento de ambas partes y la posibilidad de tratar los asuntos en igualdad (aunque sea bastante relativa) de condiciones. Esa es sin duda una lección, que hoy se ha olvidado.

En Chile, podríamos pensar que este episodio de la historia del Medio Oriente no tiene nada que ver con nosotros, pero creo que eso sería un error. Primero por cuestiones obvias: la llegada de refugiados palestinos a nuestro país, además en Chile hay una colonia palestina y otra judía importantes. Pero por otra parte, las lecciones que nos puede dejar la historia, si tenemos la osadía de leerla, son múltiples, en este caso considero que Chile tiene una tarea pendiente: un conflicto histórico parte por resolverse cuando hay una base racional y prudente de negociación y eso parte por reconocerse mutuamente. El Estado chileno tiene una deuda histórica con sus pueblos originales, en la medida que no esté dispuesto a reconocerlos con legitimidad y darles la posibilidad de una negociación racimal, no hay posibilidad de resolver el conflicto. Como vemos las lecciones que nos dejan los Acuerdos de Oslo 25 años después de su firma son múltiples, ciertamente tenemos que saber aprender de ello.

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