Las caras del Chile que no irá a votar

El Mercurio, Claudio Fuentes

Ni la más pesimista de las encuestas lo predijo. En 2016, a cuatro años de la entrada en vigencia de la inscripción automática y el voto voluntario, Chile batió un récord histórico: apenas el 34 por ciento de los electores participó en las elecciones municipales.

En palabras simples: de tres personas habilitadas para votar, dos se quedaron en casa, y finalmente la abstención alcanzó al 65 por ciento.

Un año más tarde, mientras el padrón para la próxima elección presidencial, parlamentaria y de consejeros regionales es de 14.308.151 electores -según del Servicio Electoral de Chile-, las encuestas Cadem y CEP anticipan que la participación volverá a ser baja; aunque el fenómeno, según el coordinador de opinión pública del CEP, Ricardo González, no es una sorpresa:

-La primera razón es un mayoritario desinterés en la política, el que no ha variado en, al menos, la última década. Antes de la entrada en vigencia de la inscripción automática y el voto voluntario, la participación electoral caía porque los jóvenes no se inscribían -explica González-.

 Aunque ahora existe una diferencia importante: a medida que tenemos más elecciones con voto voluntario, existe menos incertidumbre respecto sobre quiénes votarán y quiénes no.


Más allá de eso, ¿qué se sabe sobre quienes dicen que no irán a votar el próximo 19 de noviembre? Gracias a los datos de la encuesta Cadem, se pueden inferir ciertas características:

 en su mayoría son personas de entre 18 y 34 años, de nivel socioeconómico bajo, principalmente de Santiago, sin una posición política definida. Pero ¿qué es lo que hay detrás? ¿cuáles son los motivos y argumentos de este grupo para no votar? Están los que dicen no creer en los políticos hasta los que no creen en nada, pasando por quienes piensan que su voto vale poco y los que, simplemente, no irán a votar porque les da flojera.

 Los free-riders de Piñera

En ellos prima lo práctico y son quienes dicen “mi voto no va a hacer la diferencia”. Es un grupo que cree que si va o no a votar da lo mismo, porque eso no influirá en el resultado final de la elección. En otras palabras, son los que a la luz de las encuestas creen que la carrera ya está ganada por un candidato en particular. En este caso, Sebastián Piñera.


A los free-riders, término acuñado por el cientista político y académico de la Universidad Adolfo Ibáñez Cristóbal Bellolio, les encantaría que el candidato de la derecha ganara, pero les da “lata” hacer la fila. Dicho de otro modo, personas que si alguien les llevara el voto a la casa, votarían.

-Esta es la típica persona que dice “hay un día exquisito, prefiero irme a la playa, ojalá que gane Piñera, pero obvio que va a ganar poh” -explica Bellolio.


La única manera de conquistar a este grupo es explicarle que la victoria en primera vuelta está muy cerca. Tan cerca que cada voto cuenta.
Mirando los resultados de la encuesta Cadem de septiembre, Roberto Izikson, gerente de asuntos públicos y comunicaciones de Cadem, explica que, efectivamente, hay personas que dicen “votaría por Piñera”, pero que no irán a votar.

-Hoy hay un 11 por ciento de piñeristas que no están yendo a votar, ese es el personaje que a Piñera le importa hoy. Porque tiene que hacer un solo paso, convencerlo de que vaya -dice Izikson-. Entre los electores, estos son los más interesantes, los que no votan, pero que declaran una manifestación de voto. Al final siete de cada 10 independientes declara que no va a ir a votar a estas elecciones. Ahí está todo.

Pero para Mauricio Morales -director del Centro de Análisis Político de la Universidad de Talca- el escenario de voto voluntario hace que transformar una predisposición política en una conducta electoral cueste mucho más. Además, dice, el nivel de competitividad de la elección estimula la abstención.

 “Más del 70 por ciento cree que el próximo Presidente será Piñera. Por tanto, en un contexto de esta naturaleza la gente percibe que su voto es irrelevante.

Es como ir a un partido de fútbol donde juega el puntero y el colista. Va menos gente en comparación con un clásico donde se percibe un mayor grado de incertidumbre respecto al ganador.

En consecuencia, es razonable que existan electores que marcan una preferencia electoral pero que no estén dispuestos a votar dada la escasa competitividad de la elección. Esto podría traer como resultado la elección presidencial con la cifra más baja de votantes desde el retorno de la democracia”, explica Morales.

 Los desafectados


El concepto de desafectados fue acuñado por Claudio Fuentes, académico de la Escuela de Ciencia Política de la Universidad Diego Portales, en el marco del “Proyecto Milenio, desafíos a la representación”, de la Escuela de Ciencia Política UDP, que busca conocer las razones de quiénes no votan. De acuerdo a ese estudio, uno de los grupos es el de los “desafectados”.

Son los hijos de la generación de los 80.

 Estaban comprometidos con algo, usualmente porque su familia estaba muy politizada y tuvieron una experiencia vital importante, como vivir en una toma o ser parte del  movimiento social que se opuso a la dictadura. Participaron de procesos políticos, pero se “desafectaron”.

-Son los hijos “de”, que tienen un discurso político y se sienten identificados por la izquierda o por la derecha, pero que se desilusionaron por la corrupción o porque “los políticos trabajan para ellos mismos” -explica Fuentes.

Este grupo, según el académico de la UDP, es uno de los que el Frente Amplio trata de capturar.
-El problema es que han cometido errores de la vieja política, con todo el lío y la pelea por los cupos. Decían “somos la nueva política”, pero, en realidad, hacen ese tipo de prácticas. Ese fue un golpe fuerte para el Frente Amplio. El otro problema es que no están apuntando al segmento más grande de los desafectados, que son los que quieren acceso a cosas, quieren que la política los beneficie y no un discurso tan ideológico -dice Fuentes.

 Los utilitaristas

Es el grupo más individualista. Para ellos el valor del voto se reduce y el costo que implica la acción de ir a votar es mucho mayor que el beneficio obtenido. En una frase, piensan: “Yo no gano nada con esto”.

La gran diferencia con el grupo de los desafectados, explica Claudio Fuentes, es que aun cuando los utilitaristas pueden tener una posición ya sea de izquierda o de derecha, no se sienten apegados a la política porque su voto “vale menos”.

-Eso tiene mucho que ver con el sistema binominal, en el cual tú elegías gente y después las cosas más o menos seguían igual: no había mucha diferencia ideológica entre las distintas posiciones políticas. Porque lo que hizo el binominal, con la democracia de los acuerdos, fue polarizar menos -dice Fuentes.
Cristóbal Bellolio hace una reflexión sobre la principal premisa de este grupo. Hoy, dice, con el nuevo sistema electoral, el voto vale más de lo que valía con el sistema binominal.


-El binominal estaba hecho para arreglar empates y cuando alguien decía “mi voto vale un poco lo mismo”, era cierto. Pero con el sistema más proporcional que tenemos ahora, creo yo, tu voto vale más, en la medida que hay ganadores con menos votos. Entonces, tus votos son más relevantes para que alguien salga.

 Los viudos

Son los progresistas, los liberales. Los que quieren libertades en lo valórico, en lo político y que, al mismo tiempo, quieren crecimiento económico. Son los que tienen una posición política definida y un candidato favorito. O tenían, porque su candidato quedó en el camino. Votarían felices si en la papeleta estuvieran los nombres de Andrés Velasco, Felipe Kast o Ricardo Lagos.

En el fondo, como dice Cristóbal Bellolio, son los huérfanos de los candidatos que no llegaron a las elecciones. No son los resignados o los que creen que su voto no importa, sino quienes sienten que ningún candidato los representa y votar por lo menos malo no es opción.

-Y entre ir a votar blanco o nulo, y no ir, ¿para qué? Mi candidato ya no está en carrera y con eso te puedes quedar relativamente sin cargo de conciencia -dice Bellolio, quien explica que para este grupo ni José Antonio Kast, Alejandro Navarro o Eduardo Artés son opciones-.

 Quedan tres y piensan “Piñera, no, por la UDI. Guillier y la Nueva Mayoría, el mismo gobierno. Beatriz Sánchez es muy radical, comunista”.

 Al final, es ese mundo moderado que quedó huérfano en el centro. Al que le apesta que Piñera se haya derechizado, que habría votado por un Piñera versión 2009, pero a esta versión no le va a prestar el voto. Mira para el lado, ve a Guillier y dice: “¿Cómo nos perdimos a Lagos?”.

 Los frustrados
Una manera fácil de identificarlos es por la frase más típica que acuña este grupo: “La alegría nunca llegó”. Según Cristóbal Bellolio, la gran mayoría de los frustrados -afines a la ex Concertación, hoy Nueva Mayoría- son los que se inscribieron para votar en el plebiscito de 1988 y creyeron en una democracia joven.

La desconfianza es tal que las razones para estar frustrado, según Bellolio, son varias. Algunas frases grafican bien la situación de este grupo: “Todos los políticos son unos ladrones” o “¿de qué sirve ir a votar si igual hay que ir a trabajar mañana?”.

El economista Cristóbal Huneeus explica que este tipo de votantes apoyó a Michelle Bachelet y su coalición, pero que ahora no necesariamente votará por Alejandro Guillier o Beatriz Sánchez. “Está desencantado con la coalición. Y él se va a quedar, probablemente, en mayor medida en la casa que alguien de derecha”, dice Huneeus.

Los resignados estructurales
Otro de los hallazgos en el estudio Desafíos de la representación, de la UDP, fue uno de los grupos más radicales dentro de los que no votan. En democracia hay dos ideales de representación: el primero, en el que se elige a alguien que va a luchar por los intereses del votante, y el segundo, en que se delega el poder a alguien. Este último es cómo generalmente funciona la representación. Sin embargo, hay un grupo que busca una representación espejo: personas que dicen “quiero a alguien que sea como yo”.

Para este tipo de votantes la brecha entre la política y la sociedad es tan amplia que decide no votar porque no hay nadie que tenga sus mismas particularidades y, de ese modo, pueda representarlo bien.


-Estos resignados quieren que un vendedor de la esquina esté representado en el Congreso y así uno diga “él me representa” -explica Claudio Fuentes- y finalmente cuando llega alguien como uno, se corrompe o cambia. Eso lleva a este grupo a una resignación absoluta, que es mucho más decepcionante.

Además, nunca vas a poder lograr esa representación espejo: es absurdo en un sistema democrático.
Bellolio lo grafica así: Si eres un mapuche, quieres que un mapuche llegue al Congreso; si eres gay, quieres que un gay llegue al Congreso:

-Finalmente hay gente que está cansada de que el país sea gobernado por blancos, católicos, heterosexuales, que viven en tres comunas -dice Bellolio, quien cree que son los partidos los incapaces de incluir personas parecidas a ciertos grupos-.

Pero esas personas parecidas a ti no pueden ser necesariamente el candidato presidencial. La gracia es que los partidos puedan llevar diputados, senadores, alcaldes, que sean gay, que sean mapuches, que tengan todas esas condiciones. Pero tú no le puedes pedir todas esas particularidades a un candidato presidencial, no puede ser todas las cosas al mismo tiempo.

 Los activistas

¿En simple? Los activistas son los que quieren cambios radicales y que creen que pueden cambiar el mundo. Creen que una causa, su causa, es la que debiera determinar las prioridades del gobierno, y debiera ser la bandera de batalla de un candidato. Pero si su causa es muy específica y el compromiso ideológico es muy intenso, todos los candidatos les parecerán “aguados”. De ese modo, el compromiso de este grupo con su voto es de orden ético.

Cristóbal Bellolio lo grafica así:

-El ultraconservador encuentra que Piñera es muy aguado, encuentra que incluso Kast es suave. Los activistas están tan sobre politizados, tan comprometidos con sus causas, que pierden la perspectiva de las otras causas. Creen que su voto vale tanto, que si tú no llevas su causa en el cartel no mereces apoyo.

 Los a-sistémicos

Según datos de la encuesta Cadem, el perfil más definido de quienes no votarán se concentra en los jóvenes de nivel socioeconómico más bajo. Para Mauricio Morales es en este grupo donde está el mayor problema.

-Al mirar los datos de 2013, un joven de Vitacura vota en un 70 por ciento, cifra idéntica a la de un adulto mayor que también vota en esa comuna. Es decir, en Vitacura la edad no es factor. Sin embargo, en comunas como La Pintana y San Ramón, un joven vota en no más de 20 por ciento, mientras que un adulto mayor lo hace en cerca de 60 por ciento.

Ese es el gran asunto detrás de la abstención -explica.
El fenómeno se relaciona con que este grupo ve en la política un mundo ajeno, en el cual los políticos juegan su propio juego. Este no-votante, no cree en nada.

-Ni siquiera es antisistema, es a-sistema. Está fuera porque vive en la marginalidad. Ellos no están pensando en votar, están pensando en cómo llevar lucas a la casa. Estoy hablando de alguien de 17 años que ya tiene dos hijos. Ni siquiera puedo describir bien ese mundo, y ese es justamente el problema: ningún político los entiende y menos los representa -explica Bellolio.

Los a-sistémicos son el grupo más difícil -por no decir imposible- de conquistar por los políticos. Votar no es parte de sus vidas. A la hora de movilizar el electorado a las urnas, y en condiciones de inscripción automática y voto voluntario, el candidato que gana es el que moviliza a su electorado. Por eso, este grupo es tierra de nadie.

-Ir a hablarle es ir a perder tiempo en alguien que no te quiere escuchar. Ese cabro no está ni ahí -dice Bellolio.

En la última encuesta Auditoría a la democracia, realizada en 2016 por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el 40 por ciento de los que no fueron a votar en las elecciones de 2013 eligió la opción “porque la política no me interesa”. Le siguió, con un 12 por ciento, la alternativa “porque mi voto no cambiaría en nada las cosas”.

Leer nota en El Mercurio