La soledad de la segunda vuelta

El Líbero, Patricio Navia

Porque los balotajes suponen un agotador esfuerzo adicional y porque los candidatos presidenciales en carrera para diciembre 17 enfrentarán esa campaña sin el empuje y apoyo de los aspirantes al Parlamento y a los consejos regionales, resulta perfectamente comprensible que en el entorno de Sebastián Piñera, el candidato que lidera ampliamente en las encuestas, predomine el deseo de que todo pueda resolverse el domingo 19 de noviembre.

Una poderosa razón que lleva al candidato presidencial favorito a querer ganar la elección en primera vuelta, es que los aspirantes a senadores y diputados de su coalición tienen más incentivos para desplegarse y trabajar por la campaña presidencial cuando su propia elección está en juego. Los candidatos al Parlamento y a los consejos regionales —ganadores y perdedores el 19 de noviembre— tendrán menos incentivos para trabajar por el candidato presidencial de su coalición en la campaña de segunda vuelta. Por eso, es comprensible que el entorno de Sebastián Piñera aspire a que esta elección se decida en primera vuelta.

Las campañas electorales son agotadoras. Los candidatos deben poner en marcha una compleja operación que combina trabajo en terreno, construcción de equipos multidisciplinarios, creación de un programa de gobierno, preparación de una franja televisiva, presencia en medios y redes sociales, recaudación de fondos y coordinación con los partidos aliados. Hay muchas cosas que pueden salir mal. Los candidatos deben evitar cometer errores. Cada salida de libreto puede convertirse en un incendio que aleja simpatizantes y obliga a administrar crisis, perdiendo un tiempo valioso. Los candidatos deben estar preocupados de meter goles y apagar incendios a la vez.

Afortunadamente, los candidatos de las principales coaliciones pueden descansar parcialmente en el trabajo que despliegan los aspirantes a senadores, diputados y CORES de los partidos de su coalición.  En cada comuna del país hay candidatos a parlamentarios y COREs de esa misma coalición, trabajando en terreno y motivando simpatizantes a votar. Las cartas presidenciales de las principales coaliciones deben tener presencia en todo el territorio, con un universo de voluntarios y trabajadores remunerados que se dedican a ganar y asegurar votos en los meses que dura la campaña.

Pero la campaña de segunda vuelta tiene una dinámica distinta. Además de que los candidatos y sus equipos llegan más cansados, el esfuerzo por lograr un despliegue territorial y presencia en todas las comunas del país recae exclusivamente en los candidatos que pasan a segunda vuelta. En la ardua tarea de buscar los votos que faltan para alcanzar la mayoría absoluta, los candidatos ya no cuentan con el ejército de trabajadores voluntarios y remunerados que se despliegan en primera vuelta para las contiendas parlamentarias y de COREs. Esto, porque los candidatos que ya han ganado un escaño comprensiblemente le dedican menos tiempo y energía —y ciertamente menos recursos— a trabajar por la elección del candidato presidencial de su coalición. Los candidatos perdedores están curando sus heridas, por lo que también resulta difícil reclutarlos para que sigan en campaña. Inevitablemente, el costo y el peso de la campaña de segunda vuelta termina recayendo casi exclusivamente en los candidatos y sus equipos.

Como la tarea de conquistar apoyos implica encontrar el difícil equilibrio entre asegurarse los votos del sector y salir a conquistar votantes que apoyaron candidatos presidenciales perdedores, los competidores en segunda vuelta deben ser especialmente cuidadosos en las posiciones que adoptan, las declaraciones que realizan y las señales que envían. Buena parte de su tiempo la dedican a articular un mensaje inclusivo que sume votos y no ahuyente a los simpatizantes más duros de su sector. A esa ya difícil tarea debe sumarse la necesidad de establecer una presencia nacional, supliendo la comprensible menor dedicación que tendrán los candidatos parlamentarios y a CORES de su propia coalición.

Es verdad que la cercanía al poder hace que aparezcan nuevas personas interesadas en potenciales trabajos en la administración que querrán demostrar sus méritos en la campaña. No hay mejor forma de reclutar voluntarios para una campaña que la tácita promesa de que el arduo trabajo en campaña abrirá las puertas para un posible trabajo en el gobierno a partir de marzo. Pero como los candidatos también prometen que combatirán a los operadores políticos y que lucharán contra la asignación de empleos públicos a militantes de partidos, esos potenciales (interesados) voluntarios reciben un mensaje confuso. Por un lado, los motiva la posibilidad de empleo estatal, por otro temen que los candidatos cumplan sus promesas y armen sus equipos de gobierno con personas calificadas, independientemente de si esas personas dedicaron arduas horas a trabajar en la campaña del candidato ganador.

Porque las segundas vueltas suponen un agotador esfuerzo adicional y porque los candidatos presidenciales en carrera para diciembre 17 enfrentarán esa campaña sin el empuje y apoyo de los aspirantes al Parlamento y a los consejos regionales, resulta perfectamente comprensible que en el entorno de Sebastián Piñera, el candidato que lidera ampliamente en las encuestas, predomine el deseo de que todo pueda resolverse el domingo 19 de noviembre.

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