La letra chica de los candidatos

Diario Concepción, Claudio Fuentes

‘Vote informado’. Eso vienen repitiendo algunos medios hace semanas. Al pie de la letra, significa que un ciudadano debería leer unas 1.500 páginas para saber qué están proponiendo los ocho candidatos a La Moneda.

Marcar preferencia después de eso tiene sentido, más todavía si se hace con la convicción de que ésas promesas se van a cumplir.

Pero hoy ni una de esas dos cosas pasan.

Para conocer los niveles de cumplimiento basta buscar en la web, porque desde los años 90, tanto el Ministerio Secretaria General de la presidencia como algunas ONG lo evalúan sobre la marcha.

Para conocer todas las propuestas no hay disposición: pueden ser más de mil como ahora (el programa de Sebastián Piñera contiene 745 y el de Carolina Goic unas 500).

Lo concreto: vamos a las presidenciales sin enterarnos más que de tres, cuatro o cinco cosas que trazarían la ruta. ‘El elector tiene un mínimo conocimiento sobre qué representa cada candidato’, afirma Claudio Fuentes, académico de la Escuela de Ciencia Política de la U. Diego Portales. Esto, a pesar de que en la política chilena los comandos preparan programas más extensos cada vez. Entendible. Un programa tiene dos objetivos: uno es político interno; el otro deja por escrito algo que se puede evaluar.

El primero -y más importante- se debe a que detrás de un presidenciable hay una coalición que, generalmente, tiene a varios grupos o partidos, todos interesados en meter ideas. Cada cual trae su agenda y luego se negocia el texto final. Es así como, por ejemplo, vemos que un presidenciable compromete algo que después no aparece en ninguna parte… O que muchos asuntos se presenten con una redacción más laxa, porque los autores saben que requieren negociación dura.

Esto no siempre fue así. Eduardo Saffirio, coordinador programático de la candidatura de Goic, dice que los ‘programas serios’ empezaron en 1958, con Eduardo Frei Montalva y que es una tradición de su partido, la DC. Hoy, sostiene, ‘es lo mínimo para hacer buena política frente a la amenaza mundial del populismo: programas serios y financiables’.

Carlos Ominami marca otro momento: el 89, para la elección del primer gobierno post dictadura, el de Patricio Aylwin, cuando muchas miradas seguían atentas lo que podría pasar con un gobierno de centroizquierda. ‘Teníamos un problema de credibilidad económica en particular y estábamos obligados a ser muy rigurosos, porque principalmente sobre la izquierda existe siempre la sospecha de que somos ineficaces, demagogos, populistas’.

Hoy, comenta Fuentes, con una ciudadanía y medios de comunicación más demandantes, se habla más de los programas y de su financiamiento. También se polemiza, como ha sucedido con el de Alejandro Guillier que empezó costando US$21 mil millones, bajó luego a US$14 mil millones y, finalmente, explicaciones más, explicaciones menos, se ajustó a casi US$10 mil millones, lo mismo que el Goic.

O como el de Piñera que, para financiar los US$14 mil millones que necesita, recurrirá a ahorro y reasignación de US$7 mil millones, asunto inviable a ojo de buen economista. Peor aún, presionado por la prensa, dijo que sacaría ‘grasa’ de la administración pública, 20 mil personas, rotuladas como ‘los operadores’. En su primer gobierno despidió a 10 mil. Al cierre de la semana, el candidato escribía una carta a los empleados públicos explicando que no tocaría a los trabajadores eficientes.

De ayer a hoy
De todo pasa en la recta final de las campañas. También, a la hora de armar los programas donde se trabaja duro, como recuerda Ominami, quien hizo equipo con Alejandro Foxley -uno en Economía, el otro en Hacienda- en el primer gobierno después de la dictadura:

-No trabajamos un año sino ¡varios! Mientras éramos oposición -pero sabíamos que en algún momento íbamos a ganar- nos dedicamos a estudiar cómo recuperar Chile. Cuando hicimos el programa, unos nos decían `no se metan en la cosa tributaria, digan una cosa general´. Nosotros, `no, no´. Debíamos ser muy precisos’.

Agrega:
-En el 88-89 se exigía mucho porque el clima de desconfianza era gigantesco. Existía incertidumbre, todo lo que se decía podía ser muy significativo. Hoy, en cambio, parece primar lo contrario: un cierto sentimiento de que todo da lo mismo porque las cosas están tan estructuradas, que no es mucho lo que puedes cambiar. Si a eso se suma la altísima abstención, como que todo pierde dramatismo. Y es algo equivocado, porque en esta elección se está jugando harto. Quizá vamos camino a ocho años de derecha’. (Ver nota aparte).

De harto esmero hablan también en el comando de Beatriz Sánchez. Su propuesta -que supera los US$50 mil millones- es producto de más de siete meses de trabajo y muchas consultas. El jefe de campaña, Sebastián Depolo, ha dicho que todas las corrientes del conglomerado -desde las ideologías liberales, humanistas hasta anarquistas y libertarias- están presentes. ‘Fueron meses de conversaciones en todo Chile, no solo con militantes de partidos del Frente Amplio, sino abierto a la ciudadanía’, declaró convencido de que la gente tiene diagnósticos y, también, respuestas.

Ricardo Israel, el abogado y ex candidato, participó ahora en el trabajo del comando de Sebastián Piñera, ‘que duró mucho tiempo, con cientos de personas repartidas por el país, quienes redactaron sus documentos sectoriales’ que alimentaron la redacción final.

Efecto cero
Israel está consciente de que el ciudadano común no lee los programas y recuerda que, en el pasado reciente, hubo políticos de importancia (‘que respeto intelectualmente’) que tampoco lo vieron. ‘Personas hoy críticas de las reformas, en ese momento no dijeron nada; tampoco los medios’, agrega mencionando lo que sucedió con el ex presidente de la DC, Ignacio Walker. ‘Parece que yo fui el único que leyó’, dice medio en broma, porque en esa campaña ‘no hubo escrutinio alguno sobre el programa de Bachelet’.

Haciendo un poco de historia, dice que el programa de Aylwin, el de Frei y el de Lagos tuvieron un elemento de continuidad, ‘apelaron a grandes principios –democracia, equidad, justicia social- y todo el mundo lo entendió así’. No prestaron mayor atención al detalle. Esto se quebró con la primera campaña de Bachelet cuando planteó un ‘gobierno ciudadano’ que al final tampoco fue. ‘Ahora estamos en al otro extremo. Existe preocupación y se exige a un candidato -un generalista por definición- que se sepa todo y las cifras exactas’.

Esto, siempre teniendo claro que se trata de una cosa política-mediática, no ciudadana. ‘Creo que los periodistas y comunicadores que en 2013 no hicieron ningún tipo de escrutinio, ahora exageraron’, señala.

Pero, ¿a la gente le importa el programa?

‘No tanto’, dice Fuentes, aunque, si no existieran programas, ‘el ciudadano diría ‘éste no tiene ni una idea’. Ya está instalado en la clase política nacional desde los años 40 o 50: el postulante tiene que llegar con algo, ideas matrices. Eso esperan, lineamientos básicos’.

-¿El programa de Gobierno puede cambiar un voto o provocar a un votante remolón?

-No. En Chile sufragan entre 6.5 y 7 millones de personas. Eso es lo histórico. De esos, quizá el 90% ya tiene decidido donde marcará porque eso es anterior al candidato. Te sientes de izquierda, de derecha, de centro… ahí están tus ideas afines. Y, finalmente, las elecciones se definen en un segmento chiquito, 200 mil o 300 mil personas, las indecisas.

-Y debates como el del lunes pasado, ¿pueden provocar cambios?

-Los debates televisivos, salvo una situación de tragedia mayor, una metida de pata muy grande o algo impactante (como fue el dedo de Ricardo Lagos apuntando a Pinochet desde set de canal 13), tienen efecto cero. En Chile no existen estudios, pero los de Estados Unidos demuestran que solo consiguen afirmar tu percepción. O sea, ves lo que quieres ver.

Israel cree que los debates sirvan hay que seguir la huella de otros países, como Estados Unidos o España: llevar a los candidatos que tienen posibilidades reales, ponerlos frente a frente para que debatan lo medular de sus programas, con todas las interrupciones que quieran y tiempo para desarrollar las ideas. Ahí la gente puede formarse opinión de las diferencias.

Añade Fuentes:
-Acá, la novedad del año es el énfasis en campañas confrontacionales como la de MEO, aunque esto partió en el debate de primarias, con Manuel José Ossandón.

De lo bueno, ¿poco?

En TV, el candidato Guillier explicó su estrategia de campaña: no entregar todo el programa, sino ir lanzando temas cada semana. Si daban a conocer todo, poco o nada iba a quedar en la memoria colectiva, pensaba. Luego debió admitir que sus temas no tuvieron cobertura mediática. Al cerrar esta semana, la candidata Beatriz Sánchez remató: ‘No sé cuál es la alternativa de gobierno que presenta’.

Para que esto no suceda, dice Israel, lo clave es que el candidato logre posicionar temas y mientras antes mejor. Menciona la campaña de Salvador Allende, en 1970, ‘donde se estableció algo que todavía se recuerda: las 40 primeras medidas. Y lo otro que permaneció: el medio litro de leche para cada niño’.

Comenta:
-El denominador común, más allá del programa, es poner el tema. La gente se forma una imagen y lo más probable es que el debate legislativo gire en torno a eso. En las campañas de Frei y Allende lo que vimos fue el cambio social-cultural-político-económico, y así se explica la aprobación unánime de la nacionalización del cobre. Hasta hoy Codelco es intocable.

‘Definir los ejes es súper importante’, dice Ominami. ‘Queda clarísimo en esta presidencial. Piñera es `crecimiento y empleo´. Frente a eso no hay nada, nada, nada, suficientemente importante para enfrentarlo. Él tiene las dos cosas que a la gente le preocupa. Y agarró bien lo de protección a la clase media, siendo una obviedad, una cosa muy simple’.

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