La identidad chilena

Ana María Stuven, El Mercurio

Puede parecer una agresión decir hoy, 18 de septiembre, que no es el aniversario de la independencia de Chile. Cuando celebramos esta fiesta, en que contactamos con las fuentes de nuestra identidad como nación, recordar que el momento fundacional del Estado de Chile fue el 12 de febrero de 1818 es una afirmación de rigor histórico, pero innecesaria.

Ajeno a su contenido de verdad, el sentir de los chilenos recuerda hoy la independencia y la asocia con la instauración en 1810 de la 1ª Junta de Gobierno, una decisión enmarcada en un espacio temporal definido por el regreso del monarca cautivo. Un gesto de autonomía que abrió el cauce para la gesta revolucionaria y la introducción de un lenguaje donde conceptos como pueblo, soberanía, ciudadanía, adquirirían su sentido abstracto y moderno.

Remitiendo a un pasado distante, simbólicamente la fiesta vehicula la expresión de sentimientos identitarios con contenido de presente. Aunque suspende los conflictos, se vive con un cierto vértigo, que da curso a la esperanza contenida en la celebración ritual, pero también al “síndrome del día siguiente”, cuando el encanto se esfuma y amanece una realidad cansada, exacerbada en las expectativas y emociones.

En nuestro presente ha aflorado con fuerza el debate sobre el carácter selectivo del Museo de la Memoria. Conmemorar el día de la patria hoy, también fue un acto selectivo de un momento al que se asignó un contenido ejemplar y fundacional de la identidad chilena, asociado con el sentido moral de la libertad y la igualdad como principios. Defender la autonomía en ausencia de la autoridad legítima y su igualdad a la de los demás territorios de la monarquía fue un acto que desde lo político inició el proceso de conformación del Chile moderno.

Pero, como sostuvo Renan, así como la nación necesita de principios de unidad, también requiere de una dosis de amnesia; del olvido que le permita no vivir en permanente roce con sus traumas, sino con sus afirmaciones vitales. Requiere tomar conciencia de su historia y nutrirla de la memoria para iluminar un recorrido que es siempre tránsito hacia el futuro, pero también expurgarse de aquello que la remece con violencia y que esconde el sentido del recorrido. Asumir esta postura implica lanzarse hacia un aparente vacío que la historia nos ha enseñado a asociar con la falta de consensos y el temor a las fuerzas disolventes.

La invitación es a confiar en que la identidad chilena puede asumir múltiples formas al interior de una cultura de libertad que da lugar a experiencias plurales. También, a rescatar lo político e institucional como espacio de diálogo y recuperación de credibilidad pública para evitar el repliegue completo hacia el mundo de lo privado. La convivencia democrática exige incorporar el conflicto y la diversidad, sin miedo a alterar el relato común que va más allá de la eficiencia gubernamental. Requiere también fortalecer el espacio de la opinión pública que no solo dialoga entre sí, sino con lo político, revitalizando ese “público” que incluye desde los temas éticos hasta los medioambientales, confiando en que la democracia participativa facilita los cambios que una sociedad desencantada deja en manos de la riqueza o en lo privado.

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