Iglesia Católica: Reflexión racional

Ana María Stuven, El Mercurio

Señor Director:

En su columna del domingo 23 de septiembre, Carlos Peña desafía a los intelectuales católicos a una reflexión racional sobre la praxis eclesial a la luz de la fe. Tiene razón en afirmar que las disculpas públicas por los abusos, necesarias por cierto, no agotan el problema de la crisis de la Iglesia Católica. Mucho menos la justificación por el misterio, que sería, efectivamente, como dice, una “argucia argumental”.

Sin embargo, desconoce el rector Peña que sí existen grupos significativos de personas, quienes, sin arrogarse condiciones excepcionales, asumen lo propio del intelectual, que es la reflexión racional para pensar, en este caso, el problema de la Iglesia Católica. Se debaten las hipótesis que sugiere Peña y otras en la búsqueda de interpretaciones y propuestas, no solamente sobre la crisis reciente, sino sobre los procesos históricos de larga data que explican lo que afecta tanto a la Iglesia como a la religión. Asumen que desde el Vaticano I, en el siglo XIX, los católicos están obligados a relacionar fe y razón y dar razón pública de su fe y de las crisis que la han afectado.

Desgraciadamente, no han sabido utilizar adecuadamente los medios de la publicidad, para dar a conocer sus posturas diversas, plurales y críticas, las que han permanecido recluidas en debates académicos que no alcanzan a proyectar comunicacionalmente la intensidad y los alcances de una reflexión que tiene una obra importante no solo en Chile, sino también fuera. Las teorías de la secularización, los debates sobre la recomposición de lo religioso o el papel de la religión y las iglesias en la esfera pública, incluso las nuevas aproximaciones desde la historia crítica hacia la vida y mensaje de Jesús, confirman la existencia de un interés vivo y actual en aquello que afecta la religión y las iglesias.

A modo de ejemplo, los debates que se libran en el Centro Teológico Manuel Larraín, que reúne a teólogos, sociólogos, psiquiatras, historiadores, psicólogos, filósofos y otros intelectuales de diversas universidades, son un espacio que demuestra la pervivencia del pensamiento crítico al interior del catolicismo.

Tiene razón Peña en que estas instancias debieran constituirse en foros públicos donde los católicos enfrenten no solo la crítica interna, sino también las interpelaciones y retos de distintos ámbitos. Si no se amparan en el fideísmo para justificar el misterio, pueden evitar que las iglesias se conviertan, citando de nuevo a Nietzsche, en las “tumbas y monumentos fúnebres de Dios”.

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