¿Fin de la tregua en la Araucanía?

Patricio Navia, El Líbero

La oposición debiera resistir a la tentación de salir a pegarle al gobierno y echar leña al fuego que ya amenaza con descarrilar los esfuerzos de paz en la región. Es tentador ponerlo a la defensiva, sumarle pasivos al capital político del ministro Alfredo Moreno o polarizar las posturas, pero esa estrategia es, además de peligrosa, dañina para el país.

La muerte de Camilo Catrillanca amenaza con descarrilar los esfuerzos por construir una paz duradera y un desarrollo sustentable en la Araucanía. Por eso, abandonar ahora la voluntad por restablecer el estado de derecho y el normal funcionamiento de una sociedad democrática en la zona será más costoso para todos, especialmente para los residentes de esa región. Aunque sea tentador para la oposición agudizar las contradicciones y escalar la confrontación verbal respecto a las responsabilidades —aún por determinar— de la muerte del comunero mapuche, este no es el momento para intentar poner a la defensiva al gobierno y forzarlo a abandonar el Plan Araucanía.

Nadie puede negar que hay muchas cosas que no funcionan bien en la Araucanía.Todos los sectores involucrados tienen legítimas demandas y justificados reclamos respecto a cómo se ha manejado el conflicto hasta ahora. Hay muertos y heridos en todos los grupos que legítimamente sienten que ese es su hogar. Desde el retorno de la democracia, los esfuerzos de los sucesivos gobiernos han sido insuficientes o equivocados —dependiendo de las posiciones que tienen las distintas partes involucradas.

Cuando pase la rabia y frustración nacional por lo que ha ocurrido, el país se concentrará en otros problemas y la Araucanía seguirá siendo una zona consumida diariamente por la tensión y el conflicto.

Pese a los esfuerzos de todos los gobiernos por reducir las tensiones y encontrar una vía que permita ‘normalizar’ la vida en la zona —esto es, hacer que esa región vea los niveles de violencia reducidos a lo que se observa en el resto del país—, la evidencia acumulada muestra que, mientras el resto de Chile vive un innegable periodo de paz y progreso social, en la Araucanía hay demasiada incertidumbre, demasiada violencia, y demasiadas balas.

Aunque el conflicto allí es pan de cada día, el resto de Chile solo se acuerda de la región cuando ocurre una nueva tragedia. Cada vez que hay muertos, la ciudadanía se impresiona y la clase política se compromete a encontrar una solución. En cierto sentido, los casos de violencia en la Araucanía en Chile se parecen a los casos de muertos por armas de fuego en Estados Unidos: todos dicen tener a las víctimas en sus pensamientos y en sus plegarias, pero todos parecen resignados a que no hay nada que se pueda hacer para terminar con esa violencia. Por eso, después de que pase la rabia y frustración nacional por lo que ha ocurrido —y quede la tristeza de los familiares y amigos—, el resto del país se concentrará en otros problemas y la Araucanía seguirá siendo una zona consumida diariamente por la tensión y el conflicto.

Es tentador poner al gobierno de Piñera en la defensiva, pro esa estrategia es, además de peligrosa, dañina para el país.

Esta vez, las implicancias de este lamentable incidente que costó la vida a Camilo Catrillanca son mayores en tanto el gobierno había convertido el desarrollo económico integral y la paz social en la Araucanía en una de sus prioridades. El Presidente Piñera y el ministro Alfredo Moreno han invertido un enorme capital político en el intento por construir un espacio de diálogo y cooperación, de forma tal que todos los involucrados puedan dialogar y encontrar puntos en común para construir la paz y el desarrollo en la región a la que pertenecen. La muerte de Catrillanca es una oportunidad inmejorable para aquellos interesados en mantener y agudizar el conflicto. La tristeza, rabia y desconfianza que inevitablemente se producen cuando muere un civil por una bala disparada por carabineros se convierte en caldo de cultivo para los que quieren ver confrontación en vez de esfuerzos por construir la paz en la región.

Por eso, la oposición debiera resistir a la tentación de salir a pegarle al gobierno y echar leña al fuego que ya amenaza con descarrilar los esfuerzos de paz en la región. Es tentador poner al gobierno de Piñera en la defensiva, sumarle pasivos al capital político del ministro Alfredo Moreno o polarizar las posturas de tal forma que el gobierno aparezca defendiendo a los carabineros y la oposición aparezca como defensora del comunero fallecido. Pero esa estrategia es, además de peligrosa, dañina para el país. Primero, porque no sabemos todavía lo que realmente pasó. Si la evidencia eventualmente demuestra que carabineros actuó en defensa propia, la oposición pagará costos por prejuzgar los hechos. Segundo, porque las cosas no van bien. Todos los que viven en la región son víctimas del conflicto, ya sea porque sus demandas no son escuchadas, porque sus derechos son violados o porque el conflicto no les permite acceder a las oportunidades de desarrollo disponibles para los chilenos que viven en el resto del país.

Por eso, aquellos que ahora sienten la tentación de aprovechar la tragedia de la Araucanía para golpear al gobierno del Presidente Piñera debieran recordar que, mucho después de que Piñera haya dejado La Moneda, la Araucanía seguirá intentando apagar el el incendio que se puede producir si todos los actores políticos se ponen echarle leña al fuego que hace tanto tiempo viene quemando la zona.

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