Espíritu gregario

Manuel Vicuña, El Mercurio

“…no hay que ser un genio para advertir el contrasentido de abogar por la tolerancia, el respeto a la diferencia y la eliminación de las bacterias del lenguaje, al mismo tiempo que se practica el sectarismo, sin nunca admitir un hecho básico avalado por la historia: la falibilidad humana…”.

Llevamos años en esto, y tenemos para rato. A diario se impone la moral del rebaño en nombre del progresismo, cuya manera más efectiva de silenciar a los incrédulos es el matonaje en las redes sociales. Con frecuencia, y a veces sin mediar más que un descuido, estalla la reacción en cadena que sacrifica al canalla de turno.

Llevado a este extremo, no corresponde hablar de moral, sino de moralina. Quienes la encarnan suelen considerarse los emisarios de un futuro mejor en misión de servicio en un presente aún poblado por costumbres retrógradas. No faltan los que creen en el progreso de las sociedades, en la arrolladora evolución ética de la humanidad, con una candidez similar a la de quienes combaten el insomnio con grabaciones del oleaje del mar. Pero la verdad es que esos modelos de virtud recuerdan a los beatos vociferantes de siglos anteriores, que el sentido común remite a otra galaxia mental, como si hoy viviésemos a años luz de ellos.

Nadie dice que los principios que defienden los nuevos redentores sean una barbaridad. O que los valores del pasado hayan protagonizado, invariablemente, un cuento de hadas que debiésemos enseñarles a los niños. Hay mucho que tirar a la basura. Es encomiable que el racismo esté declinando y la homofobia y la postergación de las mujeres vayan en retirada. Es saludable que entendamos el maltrato no solo como agresiones o coerciones físicas, sino también como agresiones psicológicas y morales.

El tema es otro. Una cosa es el avance en el respeto a los demás y en el reconocimiento de la igualdad como una condición que no se agota en el plano legal. Otra cosa es imponer esto de modo expeditivo, implantando la tiranía de los puros. Asoma, en esta costumbre, una forma de autoritarismo que se expresa en ataques de intolerancia.

No hay que ser un genio para advertir el contrasentido de abogar por la tolerancia, el respeto a la diferencia y la eliminación de las bacterias del lenguaje (que va camino a tener gusto a cloro), al mismo tiempo que se practica el sectarismo, sin nunca admitir un hecho básico avalado por la historia: la falibilidad humana y, por lo mismo, la conveniencia de cultivar el escepticismo.

Los puritanos del progresismo rechazan los valores que no son de su gusto, con una mala leche que busca acallar a quienes se salen de la línea. No les interesa persuadir con razones o trabar diálogos sin censura, desperdiciando así la oportunidad de acercarse, por medio de esas interacciones, a posiciones más depuradas. Prefieren forzar el acatamiento y sacar de circulación las opiniones disidentes. Intentan pastorear a chicotazos a los indómitos, pretendiéndose dueños de la verdad. En el fondo, actualizan el lema “la letra con sangre entra”.

Solemos olvidarlo, pero tal vez sea hora de recordar el lado odioso del ideal democrático en versión foro digital: darle la palabra a todo el mundo no conduce necesariamente a la expresión de una voz de tono liberal. En estas circunstancias, habría que reivindicar el valor del pluralismo y la resistencia del excéntrico al espíritu gregario y a las opiniones dominantes. Acordémonos de que la historia de la emancipación de la herencia asfixiante del pasado siempre ha supuesto el rechazo a los condicionamientos morales que nos obligan a prejuzgar y a asentir por anticipado.

Nietzsche, que debiese ser lectura obligatoria en los colegios, llamó a volverse inactual o intempestivo como antídoto a ese mal. ¿Contra qué debe luchar el sujeto libre? Eso se preguntó, esto respondió: “Contra aquello que lo convierte precisamente en hijo de su tiempo”.

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