Escuchar a la otra mitad

La Tercera, Claudio Fuentes

Poco más de la mitad de la ciudadanía no concurre a votar hoy en Chile. Los estudios de opinión pública muestran que la principal razón para ello es por “desinterés con la política” (PNUD 2016).  Las hipótesis son múltiples, pero pocas de ellas se internan en los discursos de las personas que componen esa otra mitad, la que ni siquiera ve las elecciones por televisión.

Buscando algunos de esos discursos, la Escuela De Ciencia Política de la Universidad Diego Portales en conjunto con Subjetiva realizaron una indagación exploratoria través de 2 focus group con personas entre 18 y 50 años (hombres y mujeres) que no están interesadas en votar, de estrato socioeconómico medio (C3), habitantes de la Región Metropolitana, dado que allí se concentra el mayor grupo de quienes que rehúyen de las urnas. Horas de conversación donde emerge una y otra vez discurso basado en la desconfianza hacia todo aquello que se ubica fuera de la esfera hogareña, donde la participación ciudadana es valorada, pero siempre bajo la sospecha de que hay una cocina donde se toman las decisiones desde las que atañen al colegio de sus hijos, hasta las leyes que nos rigen.

El discurso del abstencionismo tiene un origen común, que solo algunos vivieron, y que los más jóvenes asumen como la causa también de la frustración de sus expectativas: “la alegría que no llegó”, la madre de todos los engaños posteriores.  Esta percepción se da con particular fuerza en la clase media que se declara huérfana del apoyo del Estado (concentrado en las clases más bajas, las mismas de la cuales algunos provienen) y sin las redes de los sectores más acomodados.  Todo logro es fruto del esfuerzo personal, algunas veces desmedidos y con altos costos como el endeudamiento y la carencia de tiempo familiar.

La desconfianza vuelve todo a un juego de suma 100%, pero donde solo mi parte aporta a esa cifra. No hay espacio para la transacción ni la gradualidad: si la gratuidad en la educación superior llega al 60%, es una demostración más de la mentira y la letra chica. Esa misma desconfianza atenta contra cualquier posibilidad de representación política: nadie puede representarme porque nadie es igual a mí y no confío en otros. Se apela a una representación descriptiva, alguien que sea el espejo de ellos mismos.

Un discurso circular y por lo tanto abriga pocas esperanzas de cambiar el eje de la desconfianza que lo estructura. Por una rendija en esa consistencia discursiva se filtra el valor que dan las personas (menos los jóvenes) al ser escuchado, aunque con menos intensidad en los jóvenes. En algunos casos, hay algo de terapéutico en ello, una suerte de desahogo, de sentirse escuchado. Esa valoración, sin embargo, choca con la percepción homogénea de una cocina donde acaba la participación y se toman las decisiones finalmente, tanto las de colegio de sus hijos, como las del Municipio, el Parlamento o políticas como el Transantiago (proceso icónico de la no participación señalado por los participantes)

No resulta raro, en consecuencia, que el valor de la escucha aparezca nuevamente al momento de definir posibles liderazgos. Un ejercicio difícil, donde la clase política queda fuera y donde las imágenes de liderazgo se asocian con personas que saben escuchar, cercanas (usualmente los referentes de los medios de comunicación o más “cercanos” que participan de campañas vinculadas a la gente: Don Francisco, Farkas, Pablito Aguilera, etc.). En los jóvenes la identificación de estos liderazgos es casi nula, pocos o ningún cumplen con el requisito de escuchar.

Se suceden las campañas para reducir la abstención. En cada elección la demanda sobre ellas, sumadas la franja de televisión y los programas políticos es mayor: se cree que la abstención es consecuencia de no ver los beneficios de acudir a las urnas y por lo tanto se trata de hacer la relación correspondiente. Obviamente es una expectativa desmedida. Mientras la clase política no tenga la voluntad de asumir una transformación cultural e institucional que abra espacio a la escucha y la asuma como un primer paso de participación efectiva y vinculante a las decisiones, las campañas serán un esfuerzo insuficiente. Escuchar para ser escuchados como la primera parte de una cadena para que la fiesta de democracia sea multitudinaria. Las campañas invitando a votar debiesen transformarse en esfuerzos estatales permanentes invitando a participar, y sobretodo, a formar parte de las decisiones.

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