El populismo: un viejo conocido

Cristóbal Rovira, La Tercera

Nuevas publicaciones se plantean el abordaje de un término muy usado y particularmente huidizo. Dos coautores chilenos de estos libros ofrecen su mirada al respecto. 

En octubre de 2006, el politólogo estadounidense Kurt Weyland escribió un texto para La Tercera donde constataba que “el populismo se ha vuelto una mala palabra en América Latina”. Y al igual que muchas malas palabras, proseguía el académico estadounidense, se usa demasiado a menudo: “A cualquiera que promueva políticas económicas ‘irresponsables’ o use una retórica agresiva, se le aplica el término.

Esta exageración obstaculiza cualquier debate productivo, por lo cual es imperioso clarificar el significado de este discutido concepto”. Diez años más tarde, la necesidad de usar el término y de entenderlo para poder usarlo apropiadamente- se ha hecho más acuciarte, por buenas razones y también por las otras. Puede que siga siendo una “mala palabra” en el espacio mediático yen las refriegas eleccionarias, pero a quienes se les cuelga ese cartel suelen ver en tal gesto las pruebas de la desesperación de las élites -del establishment- ante el avance de la ciudadanía de a pie.

De un pueblo que no se agota en las “clases populares” (basta recordar la reciente campaña de Marine Le Pen). E incluso hay quienes desde la academia reivindican este término “denigrado”: así lo adjetivaba el desaparecido teórico argentino -y kirchnerista- Ernesto Laclau, para quien “el rasgo distintivo del populismo sería sólo el énfasis especial en una lógica política que, como tal, es un ingrediente necesario” de la política a secas. Tras el triunfo de Trump y del Brexit, tras la campaña electoral francesa y en medio de los avatares del chavismo, ¿es posible hablar de un “momento populista”? Asumiendo lo jabonoso del término, Cristóbal Rovira declara que no es descaminado responder afirmativamente. Eso sí, añade el profesor de la Escuela de Ciencia Política de la UDP, teniendo en cuenta que el fenómeno no ha irrumpido con la misma fuerza en todas partes y que “muchas veces se etiquetan erróneamente partidos y líderes como populistas”.

Las actuales mutaciones del populismo, detalla, “logran canalizar el descontento de determinados segmentos de la ciudadanía mediante la politización de temas que han sido dejados de lado por las élites establecidas (la inmigración en Europa, la desigualdad en América Latina)”, al tiempo que se distinguen por “tener suficiente fuerza no sólo para ganar elecciones (Bolivia, EEUU, Hungría, etc.), sino también para modificar la agenda política (España, Francia, Suecia, etc.)”. Rovira es coautor, junto al holandés Cas Mudde, de Populism.

A very short introduction, libro publicado este año dentro de una serie divulgativa de Oxford University Press. No es el único lanzamiento relativo al tema: si en 2016 Jan-Werner Müller lanzaba What is populism? -en el que calificaba el fenómeno como “la sombra permanente de la política representativa”-, hace sólo unos meses el francés Eric Fassin hizo lo propio con Populisme: Le grand ressentiment, mientras otro chileno, el historiador Pablo Rubio, lanzaba con su colega español Pedro Martínez América Latina actual. Del populismo al giro de izquierdas. Tamaña convergencia no ha de ser casualidad.

Palabra de moda

“Populismo es una de las palabras políticas de moda en el siglo XXI”, apuntan Rovira y Mudde. “El término es usado para describir presidentes de izquierda en Latinoamérica, aspirantes de de- recha en Europa, y candidatos presidenciales de izquierda y derecha en EEUU”. Sin embargo, al tiempo que atrae por igual a periodistas y lectores, “su uso extendido crea confusión y frustración” (esto, sin mencionar que ni ayer ni hoy ha habido muchos que hagan suyos el concepto: no lo hizo ni el mismísimo Juan Domingo Perón). No queda, entonces, sino hacerse cargo.

En primer lugar, de las aproximaciones ya existentes: la del mencionado Laclau, por ejemplo, que considera el populismo “una fuerza positiva para la movilización de la gente (común) y para el desarrollo de un modelo comunitario de democracia”; la llamada aproximación socioeconómica (que lo ve como un tipo de política económica irresponsable); la que lo ve “como una estrategia política usada por un tipo específico de lí- der que busca gobernar basándose directamente en el apoyo de sus seguidores”, y esa que lo considera un estilo político “folclórico” que ciertos líderes usan para movilizar a las masas.

Los autores, por su lado, lo definen provistos del llamado enfoque “ideacional” : como una ideología laxa (“thin-centered”) que considera en último término la sociedad separada en dos campos homogéneos y antagónicos -“el pueblo puro” versus “la elite corrupta”- y para la cual la política debería ser una expresión de la voluntad general. ¿Es soluble el populismo en la democracia (liberal)? La respuesta no es absoluta. Hay, así, aspectos positivos (le da voz a grupos que no se sienten representados, puede integrar a sectores excluidos, puede mejorar la capacidad de respuesta del sistema político) y otros negativos (puede usar la regla de la mayoría para ignorar los derechos de las minorías, así como la praxis de la soberanía popular para erosionar las instituciones).

De larga duración

Tres son las áreas del planeta donde se concentra de preferencia un fenómeno con al menos 150 años, constata el libro: Europa, EEUU y América Latina. Este último es el que aborda la mencionada obra de Martínez y Rubio, para la cual “el giro a la izquierda y el retorno de determinados liderazgos populistas han experimentado un fuerte retroceso, lo cual obliga a plantear un punto de reflexión sobre las fortalezas y los límites de esos gobiernos, así como respecto de sus capacidades para entender y asumir los actuales retos y las demandas sociales surgidas”.

Los también coautores de América Latina y tiempo presente llevan adelante un examen de discontinuidades y rupturas que se obliga a redefinir y caracterizar. El populismo se ha manifestado en diferentes contextos históricos en la América Latina de los siglos XX y XXI, plantea Rubio a La Tercera. “Si entre los años 30 y 50 se caracterizó por un paradigma económico de industrialización vía acción estatal, de migración campo ciudad y de incorporación de amplias masas sociales a la vida política y económica, en el siglo XXI el contexto es muy diferente”.

Añade el historiador que en la región “el populismo – hay casos particulares que escapan a la regla, como Chile- ha movilizado políticamente mucho más que otros discursos, como el marxismo o las vertientes más conservadoras”, lo cual se explica parcialmente por una cultura política caracterizada por el autoritarismo, el militarismo, la violencia política y la escasa presencia de mecanismos institucionales formales a todo nivel, incluida la democracia liberal. Por ello ocurre que “el populismo parece ser un tipo de liderazgo que no surge en momentos excepcionales, sino que es parte inherente de la historia política latinoamericana en su larga duración”.

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