Donde manda capital…

Carlos Meléndez, Revista Qué Pasa

La llegada de Pedro Pablo Kuczynski a la presidencia de Perú se ha convertido en un gran imán de la tecnocracia de su país. pero la falta de muñeca política del nuevo mandatario podría pasarle la cuenta a la hora de enfrentar un panorama adverso, que parte con el Congreso controlado por la oposición.

Tras ser designado presidente del Consejo de Ministros en agosto del 2005, Pedro Pablo Kuczynski acudió al Congreso para —como norma la Constitución peruana— refrendar su nombramiento. La deliberación del “voto de confianza” al último gabinete de Alejandro Toledo fue interrumpida por el parlamentario tacneño Ronnie Jurado, quien cruzó el hemiciclo para entregarle a Kuczynski una bandera chilena. “Toma la bandera del país para el cual estás trabajando”, le espetó en medio del escándalo por tal agravio.

Como financista privado, a Kuczynski se le indilgó entonces favorecer intereses empresariales chilenos en concesiones portuarias y exportaciones energéticas. Lo cierto es que en materia económica, un hombre de negocios como él no tiene bandera. El ex ciudadano estadounidense —renunció a dicha nacionalidad para legitimar su candidatura presidencial—, nacido en Lima, de padre judío-polaco y madre franco-suiza, ha demostrado en su última visita a Chile su disposición a restablecer un clima bilateral de confianza. Se hizo acompañar de su vicepresidenta, Mercedes Aráoz (ex ministra de Economía y gestora del TLC Perú-EE.UU.) y su anunciado ministro de Economía, Alfredo Thorne (ex managing director de JPMorgan), como gesto de priorización de las relaciones comerciales entre ambos países. Las gestiones diplomáticas retomarán su curso, despojadas de reflejos chauvinistas.

Desde el 28 de julio, Perú será gobernado por sus mejores tecnócratas económicos. Peruanos por el Kambio (PPK) ha logrado atraer cuadros tecnocráticos que comparten el sentido ideológico de la economía de mercado, forjados en el sector privado, el cabildeo y la consultoría para la administración pública. La transferencia Humala-Kuczynski da cuenta de la continuidad en los sectores de mayor eficiencia —por ejemplo, manteniendo en el cargo al ministro de Educación—. Asimismo, la transición devela la ausencia de censura contra profesionales que trabajaron para Humala, García o Toledo. El nombramiento de Fernando Zavala —ex ministro de Economía que integró el gabinete Kuczynski entre el 2005 y el 2006— ha sido recibido con optimismo de parte de las élites empresariales —Zavala se desempeñaba como gerente de la cervecería Backus y Johnston del grupo SAB Miller— y con escepticismo de sus rivales políticos, quienes lo perciben fuera de forma en la gestión pública.

Si cierta tecnocracia tenía reparos en colaborar con un gobierno de un ex militar sin partido ni tino político, la llegada de Kuczynski a la Casa de Pizarro se ha convertido en un gran imán. La administración pública peruana ha pasado de las puertas giratorias a las puertas abiertas. Además, PPK carece del burocratismo político que enlentece y obstaculiza las reformas económicas. Se perfila como el tipo de gobierno que desearía la derecha chilena: donde manda “capital”, no manda politiquero. Empero, la falta de manejo político podría pasarle factura.

El gobierno de PPK requiere de “muñeca política” para asegurar niveles decentes de gobernabilidad. Tendrá ante sí a un Legislativo controlado por el fujimorismo (el Frente Amplio de izquierda es la segunda bancada y PPK la tercera), pobre presencia territorial (con representantes en 8 de las 25 jurisdicciones) y conflictos sociales que han puesto en jaque a las principales inversiones en el país norteño. El cuestionado proceso de descentralización (iniciado en el 2003) y la necesidad de una reforma política integral asoman como los principales retos políticos de su gestión. Por ahora, los “pepekausas” —como se autodenominan los seguidores de PPK— confían demasiado en la ciencia de la economía y parecen menospreciar el arte de la política.

Kuczynski, sin embargo, tiene la virtud de la experiencia y la fortuna a su favor. Ganó una elección cantada para el fujimorismo, a pesar de proyectar estereotipos sociales distantes del peruano promedio. “Soy gringo, soy viejo, soy lobista…y ahora soy Presidente del Perú”, dijo en privado luego del triunfo, mofándose de los ataques que sufrió en campaña. Sarcasmo y optimismo son, quizás, algunas de las vitaminas que necesitará para los cinco años más duros de su carrera.

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