Cuando es demasiado bueno para ser cierto…

Patricio Navia, El Líbero


patricio-navia-320x230Al igual que el fraude de AC Inversions debiera recordarnos que cuando las cosas parecen demasiado buenas como para ser ciertas, hay que dudar de su factibilidad, la lección de este gobierno que llegó al poder realizando tantas promesas nos debe recordar que cuando los candidatos prometen demasiado, la gente después tendrá más decepciones que alegrías.

El escándalo desatado la semana pasada por el fraude de tipo estafa piramidal que perpetró la empresa AC Inversions contra cientos de personas que depositaron su confianza en la promesa de altos retornos a su inversión se asemeja a la sensación que hoy tienen muchos chilenos que creyeron en las promesas que hizo Michelle Bachelet en su campaña presidencial de 2013. Porque cuando la limosna es mucha, hasta el santo desconfía, muchos chilenos equivocadamente creyeron que Bachelet podría transformar radicalmente el modelo económico y llevar a cabo todas las reformas fundacionales que prometió en campaña.

La estafa realizada por AC Inversions suena burda e inverosímil. Cualquier persona con capacidad de hacer búsquedas por Internet debió rápidamente darse cuenta de que se trataba de una estafa de tipo piramidal. El propio nombre de la empresa debiera llevar a sospechas. La palabra inversión tiene dos acepciones —una asociada con invertir tiempo o dinero en algo, y la otra asociada con dar vuelta el orden de las cosas—. La primera acepción se traduce al inglés como investment. Aunque una búsqueda en Google hubiera llevado a sospechar de una empresa que ni siquiera entiende el inglés, siempre hay incautos que se dejan llevar por las promesas de dinero fácil. Es cierto que pudiera haber responsabilidades de las entidades regulatorias respectivas que no ayudaron a descubrir el fraude más temprano —para evitar que aumentara el número de incautos—, pero la responsabilidad última es personal. Aquellos que han perdido dinero deberán asumir que su búsqueda de ganancias excesivas —lucro— los llevó a arriesgar demasiado en busca de algo que parecía demasiado bueno para ser cierto. Culpar al marco regulatorio por no frenar este tipo de estafas es como culpar al marco regulatorio por chocar a 200 kilómetros por hora. No es responsabilidad del gobierno forzar a las empresas que hagan autos que solo puedan acelerar hasta el máximo de la velocidad permitida. La responsabilidad de ser cuidadoso recae en cada conductor.

Pero resulta imposible no sacar lecciones políticas del engaño que realizaron los dueños de AC Inversions a sus ilusos clientes. En cada campaña electoral, hay candidatos que prometen mucho más de lo que parece posible lograr en un periodo de cuatro años. Prometen que ellos harán lo que nunca se hizo antes o que ellos lograrán solucionar todos los problemas que gobiernos anteriores fueron incapaces de solucionar, usan la estrategia de embaucar a clientes que buscan retornos más altos de los que ofrece el mercado. En 2013, Michelle Bachelet prometió que lo cambiaría todo. Desde la decisión de cambiar el nombre de su coalición hasta el compromiso con una nueva constitución, Bachelet prometió retornos mucho más altos de los que habíamos tenido en los gobiernos anteriores. La entonces candidata habló de que en su gobierno haría “reformas, no reformitas”. En la promesa de educación gratuita y el  compromiso con terminar con la selección, el lucro y el copago, Bachelet usó una estrategia de prometer mucho más de lo que cualquier gobierno sería capaz de cumplir.

Una vez en el poder, como suele ocurrir con las estafas de tipo piramidal, el gobierno decidió doblar la apuesta en vez de reconocer que había prometido más de lo que podía cumplir. La reforma tributaria dejó en claro que el gobierno no tenía una hoja de ruta clara para cumplir sus promesas. Los cálculos que hicieron para justificar que el aumento de tributos sería suficiente para financiar la reforma no cuadraban.  Peor aún, la reforma se hizo mal y hubo que corregirla.

Con la promesa de una nueva constitución, Bachelet hizo la misma promesa excesiva. Ni su gobierno iba a tener los votos para iniciar un proceso constituyente ni había consenso en el oficialismo sobre cuál camino seguir para impulsar una nueva constitución. Pero Bachelet insistió en que ella “cortaría el queque” y tomaría la decisión sobre cómo íbamos a tener una nueva constitución.

Hoy, a dos años de iniciado el gobierno, queda claro que las principales promesas de campaña de Bachelet eran irrealizables y que muchos chilenos votaron por la Nueva Mayoría creyendo que podrían tener retornos mucho más altos al votar por Bachelet que lo que ofrece el mercado de las elecciones. Ahora que se ha destapado el engaño, que este gobierno ha terminado siendo menos transformador que sus predecesores y que los chilenos ven que sus expectativas de desarrollo y más justicia social se han desvanecido, muchos se sienten engañados —y así lo reflejan las encuestas de aprobación presidencial—. Al igual que el fraude de AC Inversions debiera recordarnos que cuando las cosas parecen demasiado buenas como para ser ciertas, hay que dudar de su factibilidad, la lección de este gobierno que llegó al poder realizando tantas promesas nos debe recordar que cuando los candidatos prometen demasiado, la gente después tendrá más decepciones que alegrías.

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